Caminar por esta vida es un “arte”, ese es mi destino, esa es mi libertad, esa es mi elección, estar de paso peregrino hacia la luz, sin un lugar de descanso, pero… con un amigo fiel que me acompaña donde voy. Yo quisiera seguirle a Él, pero… mi amor es pequeño y atolondrado, no como el suyo que siempre está vigilante esperando a su amado, y cuando llega no le abandona, le acompaña en el camino hacia la Casa del Padre. Él la conoce bien, allí el tiempo no pasa, todo es luz, todo lo llena el Amor...

 

Caminamos, caminamos, solo paramos el tiempo de calmar nuestra sed, nuestra fatiga, y proseguimos, ansiamos la llegada, el abrazo del Padre, el final de nuestro sufrir, la paz cósmica, la paz del Amor.

 

Al finalizar la dura jornada nos retiramos a descansar. Despertamos de madrugada, le saludo y le ofrezco todo mi ser. Él siempre está despierto, pienso que nunca duerme, vela por mi, vela por todos nosotros. Hablamos un buen rato organizando el camino que nos espera este día, con sus dificultades y alegrías, tomamos fuerza, le recibo en mi intimidad y 'a caminar'.

 

El día parece duro, pero no es tanto, cuestión de orden y flexibilidad, teniendo 'in mente' a los que puedo y debo ayudar. Yo me aproximo, Jesús -ese es su nombre- les habla al corazón con mis acciones, mis palabras, mi presencia, mi ayuda... Camino paso a paso, sin prisa pero sin pausa pues el tiempo para merecer es corto y las necesidades de paz, consuelo y amor, muchas.

 

Huyo de la rutina: El sol sale y se pone cada día, sin rutina, haciendo su labor benefactora, al ritmo de Dios. Las olas del mar se suceden una a otra y rompen contra las rocas, cada una trae un nuevo impulso, diferente, dan gloria al Creador con su aparente rutina. Ordenadamente yo voy dando pasos, uno detrás de otro: hacia un hermano que me necesita, en una labor domestica, meditando un escrito que tengo que enviar, en mi puesto de trabajo, una llamada, un asunto difícil de resolver, otro que parece rutinario... Jesús disfruta con mis cosas dándome luces... de vez en cuando.

 

La jornada se termina, las piernas están cansadas, nuestros pasos continúan hasta entrada la noche, muchos sucesos no se volverán a repetir, otros si. Es el arte del caminante, el arte de lo cotidiano: buscar perlas en las asperezas del camino.

 

Día a día nuestra meta se acerca. Solo el Padre sabe el día y la hora, pero Jesús me mira y con un guiño me da a entender que Él y el Padre son una misma persona. Yo sigo y acepto, porque estoy en las mejores manos.

 

Jesús pasa haciendo el bien, imitarle es lo único que importa para un caminante, y eso es lo que yo pretendo en mi camino, a pesar de mis deficiencias y flaquezas, libremente lo he elegido, libremente lucho por llegar al final.