LOS SIGNOS DE LOS TIEMPOS

 

 

1. Un lenguaje comprensible.

 

Corrían los años 60. Yo estaba iniciando la adolescencia, edad experimental muy influyente en nuestro futuro. Iba con mis amigos en bicicleta por la carretera de Triongu a Arriondas en la Asturias de mi infancia. Anochecía, y volvíamos para casa. En la curva del Portazgo, algo me hizo mirar a la derecha, al terraplén que caía sobre el canal de la Central de Coviella, y a pesar de la poca luz, me pareció ver una persona caída entre los zarzales.

 

Mi corazón dio un vuelco y paré en el borde para comprobar que efectivamente estaba allí inmovilizado. Era un paisano ya entrado en años, y estaba en pleno barranco, con peligro de caerse al canal y con una bicicleta encima. Comencé a descender como malamente podía, agarrándome a las zarzas que me arañaban sin piedad. Descubrí que el pobre hombre llevaba un tiempo caído sin esperanzas de salir, agotado y resignado a su suerte; había sido providencial que me percatara de su presencia. Mis amigos habían pasado delante sin darse cuenta, y extrañados de mi tardanza volvieron en mi búsqueda. Vieron mi bicicleta y se pararon a observar la lucha que mantenía con las zarzas. Por fin, no sin esfuerzo y cierto peligro, logré levantar la bicicleta que impedía la movilidad del paisanín. Me miraba contemplando inmóvil mis maniobras con una mirada infinita de agradecimiento. Les pedí ayuda a los de arriba y subieron la bici. Yo me afané en sujetar al “paisa” con cuidado de no caernos por el barranco y desenmarañarnos de las crueles zarzas.

 

Una vez arriba, observé su sencillez y pobreza. Llevaba una pequeña tartera de metal atada en la bici -su alimento de la jornada-, la bici tenia casi tantos años como él, y comparada con nuestras "orbeas" no era nada, pero le servía para ir todos los días al trabajo. El “paisa” no sabía qué decir, todo era humilde agradecimiento y buscando en su cinturón encontró "un duro" que quería dármelo a toda costa. Yo me negaba, me sentía suficientemente pagado con su alegría y no quería admitir "un duro" que para un jovenzuelo como yo era mucho, pero para él, seguro que era mucho más. Después de agradecerme todo desde lo más profundo de su alma, ayudándole a subir a su bicicleta, se fue alejando despacio y tambaleante, hasta que le perdimos de vista. No lo conocía y pienso que nunca más le he vuelto a ver.

 

Siempre recordaré con agrado este suceso, convencido de que el mismo Jesús me llevó a él, o quizás, que él fuera Jesús en persona. Pero para el caso da igual, pues "todo aquello que hiciereis con mis humildes hermanos, conmigo lo hacéis".

 

Tanto este suceso como otros más normales que ocurren todos los días, son signos de Dios que esperan nuestra respuesta. Tenemos que saber ver esos signos, sin esperar que sean espectaculares, más bien cotidianos y sencillos a lo largo de la jornada.

 

Nuestra incapacidad para discernir el signo de los tiempos, en concreto, del tiempo presente, nos impide ver con claridad los objetivos de nuestro vivir. Jesús nos echa en cara esta ceguera:

 

"Cuando veis que sale una nube por el poniente, enseguida decís: va a llover, y así sucede. Y cuando sopla el sur, decís: viene bochorno, y sucede. ¡Hipócritas! Sabéis interpretar el aspecto del cielo y de la tierra: entonces, ¿como es que no sabéis interpretar estos momentos? (Luc.12, 54-56)

 

"...sabéis discernir el aspecto del cielo y no podéis discernir los signos de los tiempos"

(Mat.16, 3)

 

Esta recriminación referida a los tiempos mesiánicos, se produce también hoy día. Dios nos sigue dando innumerables muestras de su predilección por cada uno de nosotros, y seguimos ciegos, nuestra vida carecería de rumbo, y estaría abocada al fracaso más estrepitoso si no sabemos leer estos signos y darnos cuenta a tiempo para poder encauzar una vida, la nuestra, que es corta, que se acaba.

 

¿Como discernir sucesos con los que Dios quiere transmitirnos sus designios? ¿Como descubrir el sentido de estos sucesos que por menudos y cotidianos no dejan de ser providencias, y que Dios nos envía para nuestro bien? ¿Como responder?

 

Dios ha creado el mundo de la nada, y lo mantiene en el ser; si por un instante dejara de pensar en él, volvería a la nada. Todo ocurre porque Dios lo quiere o lo permite. Pero algunos sucesos tienen un significado muy especial para nosotros, para la sociedad, para nuestro mundo. Son esos sucesos de los que el Señor reprende a los judíos diciéndoles que están ciegos porque no quieren verlos, sucesos que también en nuestros días se nos transmiten "con toda claridad", "en un lenguaje comprensible", pero que nos empecinamos en no querer ver ni entender.

 

El sucedido que he contado de mi infancia es perfectamente comprensible: la providencia de Dios provocando un encuentro personal. Hay otros mucho más claros, más trascendentes, la mayoría muy sencillos y otros dramáticos. Todos tenemos innumerables vivencias personales a las que a veces no encontramos sentido, pero que han supuesto un cambio en nuestras vidas, queramos o no. Si estas vivencias son interpretadas correctamente, quizás nos dicen mucho más de lo que a primera vista parece. Hay sucesos en nuestra sociedad que ocurren porque Dios quiere intervenir decisivamente ahí, y así quiere que lo comprendamos, sin buscar otras explicaciones. Todo es un misterio, pero recordemos las advertencias de Jesús, urgiéndonos a que salgamos de la hipocresía. El Espíritu de Dios -el Espíritu Santo- nos ilumina en esta tarea de discernir la verdad que encierran los aconteceres de este mundo.

 

 

2. Dios es exigente, pero ofrece su ayuda.

                       

Trata con exigencia a las personas que corresponden a su amor. Por eso otros muchos no quieren escucharle, no quieren oír sus llamadas, pero merece la pena estar atentos, con toda la atención puesta en esas señales de los tiempos actuales que inequívocamente Él nos hace llegar y nos ayudan a no desviarnos del camino hacia la felicidad, que es el único objetivo de nuestra vida terrena.

 

Sucedió en 1993, yo me encontraba de viaje en Pamplona. Ese día notaba una especial alegría, y a la vuelta hacia Bilbao, unas tremendas ansias de estar hablando con Jesús, de rezar todo el camino, de no apartar mi mente del espontáneo agradecimiento a Dios por todos sus dones, los que me había concedido, los que me estaba concediendo y los futuros dones que me concedería de considerarme digno.

 

Llegué a Bilbao y en mi casa estaban ¡sorpresa agradable! tres de mis mejores amigos. Mi mujer, Teresa había sido hospitalizada para hacer unas pruebas en principio de poca importancia. Ellos venían a comunicarme que en la biopsia practicada a Teresa unos días antes, el análisis era terrorífico: tenia un adenocarcinoma gástrico en el peor lugar del estomago, muy avanzado (Mariano, que es medico, me lo explicaba con todo detalle), y se le daba tres meses de vida. Efectivamente, fallecía a los tres meses. Dios me había preparado ese día para esta noticia. Teresa tenía 37 años y me dejaría con 6 hijos de corta edad. Yo, resignado, admití los hechos y se los transmití en el hospital a mi esposa. Los dos aceptamos la voluntad de Dios con paz.

 

¿Es explicable este hecho si Dios no actuase antes?

 

Cuantas desgracias vienen y nos desesperan, pero si somos capaces de escuchar antes a Dios, las recibiríamos con paz.

 

Y a nivel social. ¿Cuantas calamidades vienen en este mundo por no saber interpretar los signos que Dios nos envía?, los signos de nuestros tiempos, que nos previenen de guerras, epidemias, conflictos entre hermanos, miserias morales y físicas, etc., por no saber interpretarlos y dar la respuesta adecuada.

 

El papa Juan Pablo II, era un estorbo para determinadas ideologías, y decidieron eliminarlo. No era el momento para Dios, la bala atravesó su cuerpo pero sin tocar ninguna víscera vital. Pudo el Santo Padre proseguir su misión.

 

 

3. ¿Qué nos dicen los tiempos de hoy?

 

En muchas zonas del planeta, las personas se alejan de Dios, sustituyéndolo por el bienestar material sin Dios, que se extiende como mancha de aceite, donde se pierde la dignidad de hijos de Dios por la de hijos de la banalidad, de lo efímero y hedonista, donde el nuevo dios es uno mismo… En otras zonas del planeta, con más sufrimiento y más dificultades, las personas se acercan a Dios, hay un mayor número de conversiones y vocaciones a la entrega a Dios. Conocen el bienestar material del llamado primer mundo, pero conservan la dignidad intacta y eligen lo mejor: el bienestar material y espiritual.

 

En todo el mundo globalizado clama un rechazo a esta irracionalidad que es la causa de un apego perverso a ciertos bienes y como consecuencia, la causa del sufrimiento de tantas personas en tantos lugares del planeta, sean del llamado primer mundo, sean del llamado tercer mundo.

 

En la Constitución Europea y en el rumbo político que quiere tomar mi país, se ve una clara intención de considerar del pasado toda referencia a Dios. Más aun, se desprecia no solo la religión, sino la cultura cristiana empapada de expresiones religiosas populares. Muchas personas sobrevivirán esta ola de poder político autosuficiente y absolutizador, pero otras se perderán con la extenuante opresión mediática en manos del poder. En aras de la tolerancia se hace un mundo falso, la ley de la selva, la ley del más poderoso. La Iglesia nos previene desde hace tiempo: vienen tiempos difíciles.  Pero contamos con la ayuda de Dios que a todos tiende su mano para que  la encuentre el que le busca.

 

 

4. Dios se hace visible.

  

En este contexto ¿como discernir el sentido de nuestro mundo? ¿Que señales nos envía el Creador para ayudarnos a encauzar esta sociedad? Abundan y sobreabundan, pero no las vemos, unos porque no saben ver y otros porque no les interesa.

 

Después del atentado, el papa Juan Pablo II prosiguió su abnegada peregrinación por los corazones de todas las gentes de buena voluntad, y entregando su vida, removió conciencias, abrió los ojos de muchos, las mentes, movilizó masas, murió mártir y transformó el mundo. ¿No es esto una clara e impresionante señal de Dios a toda la humanidad? y ¿Qué nos quiere decir? Yo solo encuentro una explicación: estamos haciendo un mal uso de nuestra libertad y el Espíritu de Dios ha hecho surgir un hombre santo, que ha clamado por nosotros, ayudándonos en las flaquezas a fin de superar esta ola de materialismo egoísta que ataca nuestras conciencias y limita nuestra libertad, para educar a nuestros hijos, para oponernos a leyes inmorales que ofenden a Dios y degradan al hombre. Para soportar las persecuciones y limitaciones que se nos imponen, para salvar una generación que se pierde diluida en el hedonismo.

 

Dios no deja de guiarnos, y utiliza para ello a personas que de alguna manera hacen de mediadores entre Él y nosotros, algunas conscientemente y otras menos conscientes, de forma muy sencilla y personal o de manera más pública; en las pequeñeces o en grandes manifestaciones.  

 

Una vez que se supo la grave enfermedad de Teresa, mucha gente deseaba estar con ella para confortarla. Era ella la que confortaba a todos: personas llorosas que salían transformadas, serenas y alegres. Solo les hablaba de Dios y de la aceptación de su voluntad. Los días antes de morir, nos agolpábamos a su alrededor para darle nuestra cariñosa despedida, recibíamos reproches por nuestros afanes humanos, cuando ella sentía el gozo de estar viviendo la autentica vida, la más sublime y feliz que se puede desear. Fue un martillazo en nuestras conciencias, un aviso a no afanarnos tanto por cosas mundanas, que pasan.

 

Las vidas de Juan Pablo II y de Teresa, tienen algo en común, uno en su misión de dirigir la Barca de Pedro, y otra en la sencillez de la vida corriente; los dos con su entrega personal, dándolo todo. Dándonos un aviso de que por el camino que recorren tantos y tantos, sin Dios, se acaba en el abismo y la desesperación. Estos avisos se multiplican. Todos podríamos dar testimonio de muchas personas y circunstancias que nos vienen a decir lo mismo: nunca se logrará la paz sin un respeto a la naturaleza creada con criterios éticos y morales y unos principios basados en la ley de Dios. Y sin paz solo hay guerras, odios, autodestrucción.

 

Lo que voy a contar ahora, me sucedió en Pamplona en mi primer año de estudiante universitario.

 

1.968, estaba recién llegado a Pamplona. Un día me fui a una entidad bancaria de la ciudad y mientras esperaba junto a la caja, observé en una papelera un periódico arrugado con papeles que parecían billetes de banco, los cogí y efectivamente, entre las hojas de periódico había 5.000 pesetas. Algo me hizo depositarlas ante el cajero que, asombrado de mi insistencia en asegurarle que estaban en la papelera, me dijo que aunque el dinero era mío, lo guardaba e iba a estar pendiente por si había alguna reclamación. Yo insistí en dejarlo allí porque seguro que lo reclamarían, y allí se quedó.

 

Pasaron un par de semanas y recibo un aviso del Secretario General de la Universidad, quien me recibió en su despacho felicitándome orgulloso de que un estudiante -siempre escaso de dinero- hubiera tenido ese gesto de devolver el dinero, que, para mi satisfacción, pertenecía a un pastor del Roncal que había recogido la venta de la lana de ese año. Ese dinero era casi la mitad de su venta. Por esto el banco decidió llamar a la Universidad en vez de llamarme a mí.

 

Yo me quedé pensativo: Dios hace las cosas bien y no deja tiempo a titubeos cuando de gente sencilla se trata.

 

No soy un erudito, ni versado en asuntos teológicos, eclesiásticos o filosóficos, pero soy un cristiano que estoy con la voz de la calle. Transmito mis inquietudes similares a las de otros muchos, que solo queremos respeto a nuestras creencias, a poder transmitirlas libremente e nuestros hijos, y solicitamos a los estamentos públicos apoyo a estas creencias, que en definitiva ayudan al bien común y a la paz y concordia entre los ciudadanos.

 

Los cristianos muy poco tenemos que decir, pues está suficientemente claro lo que Dios ha querido decirnos en las Sagradas Escrituras y en la Tradición de los Apóstoles. Solo pretendo expresar a la clase dominante, lo que la gente de la calle estamos convencidos y es que los tiempos no son buenos, se siguen unos derroteros que irán llevando este mundo hacia "no se sabe donde". Por lo menos, nosotros sabemos hacia donde debe de ir, a pesar de nuestras debilidades humanas. La sociedad del bienestar no se conseguirá si no se nos respeta, a todos, a nuestras convicciones -siempre que no atenten la libertad individual-, si no atendemos el clamor del espíritu, que Dios nos trasmite continuamente a través de la naturaleza y de las personas sencillas que en Él confían.

 

Etty Hillesum (1914-1943), escribía en su diario poco antes de morir en un campo de concertación alemán:

 

"Bastaría con un solo hombre digno de este nombre para que se pudiera creer en el hombre, en la humanidad.

 

¿Que tiene el ser humano para querer destruir así a sus semejantes? Para ellos un judío no es un ser humano. De pronto uno de los innumerables uniformes que nos rodea ha tomado un rostro (ha hecho una buena acción con un judío). Es probable que haya entre nosotros otros rostros en los que podríamos leer un lenguaje comprensible para nosotros. Él también sufre. No hay fronteras para los que sufren. Se sufre en ambos lados de todas las fronteras y hay que rezar por todos.

 

Esta mañana tiene un valor histórico, no por padecer los rugidos de un miserable miembro de la Gestapo, sino por tener piedad de él y no indignarme. Lo que es criminal es el sistema que utilizan tipos así. Y si hablamos de exterminar, seria mejor exterminar el mal en el hombre que no al hombre mismo."

 

El mal siempre ha estado en este mundo, y si lo ignoramos, sus dominios aumentan, y con ello aumenta el sufrimiento de la humanidad, sobretodo de los más débiles. Tenemos derecho a sufrir, pero sin sucumbir en el sufrimiento. Somos dueños de dejarnos manipular por los “iluminados” de este mundo, pero nunca llegarán a dominar nuestro interior, nuestro espíritu, nuestra alma.

 

El testimonio de Etty Hillesum es valiente, de una persona libre, con una libertad que nadie puede arrebatar, ni aun en los peores momentos de opresión y tortura, ni con la muerte. Aquí está la dignidad humana, aquí está la huella de Dios. Una impresionante fuerza interior la lleva a tener piedad de sus torturadores, a considerar el sufrimiento como purificador, inherente a toda persona humana. Esto rompe con los esquemas que se nos quieren inculcar de rechazo total a todo sufrimiento y de odio al adversario.

 

El testimonio de Etty es para nosotros una advertencia, uno más de los infinitos testimonios que alimentan nuestra fe como manantiales de agua viva; son luces que iluminan nuestro caminar, y como decía, advertencias para quien sepa ver y oír en su corazón. Dios nunca se olvida de los que le buscan, nos hace llegar sus designios a través de personas concretas, mediadores entre Dios y nosotros, y con sus testimonios, proclaman los caminos que llevan a la felicidad humana, a la verdad de este mundo, por los que debemos ir y que nuestros políticos deben tener muy en cuenta. "La felicidad es aquello que deseamos todos, sin exclusión" (Aristóteles). Deseo de origen divino, que lo ha puesto en nuestros corazones para atraernos hacia El. "Solo Dios basta" (Sta. Teresa).

 

El cielo existe y muchas de estas personas comienzan a vivirlo aquí, pero el infierno también. Jesús nos lo ha dicho en innumerables ocasiones, no como una amenaza sino como una advertencia, como un estado de autoexclusión de Dios permanente al que llegaremos si nos obstinamos en vivir la vida solo a nuestra manera y capricho, sin tener en cuenta estas mociones del Creador, que son, en lenguaje actual "el manual del fabricante".

 

Dios se hace visible a los hombres en momentos especiales de la vida de cada persona, a través de mediadores o directamente. Momentos que descubrimos si nuestra alma sabe escuchar y ver. Momentos que pueden ser muy decisivos para nuestra existencia. Buscamos estos momentos deseando verlos con nuestros ojos carnales, y por eso no los vemos; o sentirlos con nuestras percepciones sensoriales, pero no los sentimos. Podemos ver sufrir a una persona y pensar ¿Qué hacen los responsables de atender a esta gente? Podemos pasar junto a ella y no darnos cuenta, ensimismados en nuestra forma egoísta de ver a los demás, sin un espíritu sensible al sufrir ajeno.

 

 

5. ¿Podemos discernir los misterios?

 

"...sabéis discernir el aspecto del cielo y no podéis discernir los signos de los tiempos"

 

En todas las épocas de la historia surgen personas con una gran fe en Dios, valientes, que se enfrentan abiertamente a la injusticia, que sufren por sus ideas y nos dejan una huella profunda, a veces inexplicable pero con un aroma que todo lo invade. Ese aroma proviene de Dios mismo que se ha acercado a los hombres a través de ese mediador.

 

No vulgaricemos los acontecimientos cuando el misterio sobrevuela en ellos. Sepamos hacerlos reales en este mundo de percepciones sensoriales. Sepamos ver el misterio que conllevan. Llegaremos a ser hombres y mujeres de otra dimensión, con una sensibilidad especial que supera lo carnal y mundano, que nos sitúa frente a lo eterno, frente a lo divino, frente a Dios.

 

Miremos al horizonte. Miremos más allá. La historia de la humanidad está llena de sucesos terribles. Solo en el último siglo ¿Dios nos ha prevenido de lo que iba a suceder? Sí, en múltiples ocasiones, a través de signos y mediaciones, el Espíritu de Dios ha actuado y actúa en todo tiempo y lugar, y en cada alma, a través de innumerables inspiraciones, que son "todos los atractivos, movimientos, reproches y remordimientos interiores, luces y conocimientos que Dios obra en nosotros, previniendo nuestro corazón con sus bendiciones, por su cuidado y amor paternal, a fin de despertarnos, movernos, empujarnos y atraernos al amor celestial, a las buenas resoluciones; en una palabra, a todo cuanto nos encamina a nuestra vida eterna" (San Francisco de Sales). Su actuación en el alma es "suave y apacible (...); viene a salvar, a curar, a iluminar (San Cirilo de Jerusalén).

 

 

Mi padre tenía un cáncer en fase terminal. Le habíamos ingresado en la Clínica Puerta de Hierro de Madrid. Allí había un capellán dispuesto a atender a cualquier enfermo que se lo pidiera; yo se lo propuse a mi padre, quien me contestó con la mirada y sonrisa de siempre: “dile a ese sacerdote que en esta habitación siempre será bien recibido”.

 

 

Si dejamos actuar a Dios y siempre es bien recibido en nuestra alma, aunque a veces nos envíe dolor y sufrimiento, mantendremos una sonrisa interior permanentemente, que aflora hacia el exterior, como fruto de nuestra aceptación y abandono en el mejor aliado: Jesús.

 

Las personas movidas por este Espíritu, y dóciles a él, avanzan seguras hacia la paz interior, que de alguna manera transciende a los demás, a la sociedad entera. Saben recibir las mociones, responder y luchar en la búsqueda del bien para sí y para los demás.

 

Si sabemos desprendernos de ataduras terrenales y escuchamos el Espíritu de Dios, llegaremos al conocimiento e interpretación de los signos de los tiempos; pero si no nos dejamos imbuir del Espíritu, seremos lo que otros hagan de nosotros, nos dejaremos llevar por las corrientes del mundo, nuestro espíritu se irá difuminando y pondremos el corazón en el éxito, el prestigio, el poder, el bienestar, los goces que nos proporciona el mundo moderno. Terminaremos ahogando nuestra capacidad de ver a Dios en sucesos cotidianos.

 

Solo lo espectacular sería atractivo para nosotros, llegando a considerar lo sencillo como vulgar, a querer pruebas tangibles -eso es tentar al mismo Dios-, a construir un mundo a nuestra medida, haciéndonos insensibles al sufrimiento de la gente, a sus necesidades a veces vitales. Solo si personalmente vivimos una experiencia de extrema necesidad, comprenderíamos esas situaciones. Pero con frecuencia reaccionamos de forma utópica y discriminatoria porque estamos inmersos en la dictadura del relativismo, que persigue la ceguera de todos, para poder absolutizar en todo, imprescindible -según ellos- para la democracia.

 

Efectivamente, si el alma queda ciega, no podría discernir las señales claras de que llegan tiempos de sufrimiento, amargos y dramáticos para los afincados en lo mundano, tiempos de prueba y purificación para otros.

 

Establecida esta dicotomía, se puede hacer el siguiente análisis: el papa Juan Pablo II ha desgastado su vida y todo su pontificado buscando la paz, la fraternidad, la mejor distribución de los recursos, la justicia, la igualdad de derechos, hablando de Dios, siendo ejemplo de trato con Dios...  Para unos, sus palabras han penetrado en el interior del alma, pues venían de un hombre de Dios. Para otros no dejaban de ser buenos deseos, pero irrealizables, sobre todo si afectaban a sus intereses personales.

 

Dos maneras de interpretar mociones del Espíritu de Dios a través de un mediador, en este caso muy cualificado. Sabemos que vienen de lo alto, que nos previenen sobre la consecuencia de nuestras actitudes en hechos futuros. Lo dramático es que chocan con intereses económicos, políticos... y nos cerramos a la verdad.

 

Mociones mucho más sencillas, que tenemos y ocurren a nuestro lado, también se pueden interpretar de muy diversas maneras.

 

Pensemos en el "paisanin" que estaba caído en el barranco sin poder salir, abandonado a su suerte. Dios orientó mi mirada a pesar de la poca visibilidad. No fue una casualidad. En este mundo creado, las casualidades no existen. Pero Dios espera nuestra reacción ante estos hechos, y aquí interviene nuestro buen espíritu o nuestra indiferencia.

 

Sucesos como este ocurren en infinidad de ocasiones y todos ellos son toques del Espíritu a nuestra alma, toques que en muchas ocasiones no nos damos cuenta porque estamos distraídos o porque nuestro espíritu no sabe oír, toques que casi siempre se adelantan a sucesos que no han ocurrido y que podríamos remediar solo con tener el alma preparada y atenta, o estar pendientes de personas buenas, capaces de escuchar las mociones del Espíritu de Dios, por insignificantes que parezcan.

 

 

6. Los poderes de los hombres.

 

¿Podemos pensar que una persona creyente tiene poderes adivinatorios? No exactamente, pero una persona creyente está más en sintonía con los designios de Dios sobre lo creado y sus criaturas, obra según el fin con que han sido creadas y no altera su recto uso, por lo que existe una mayor penetración en la realidad de este mundo. Siempre que ponga los medios para cumplir la voluntad de Dios sobre las cosas y se esfuerce en formar su espíritu -pues la persona se compone de materia y espíritu- como Jesús nos enseñó, y como su Espíritu nos sigue orientando a cada uno y a través de la Iglesia de Jesucristo, pues Él mismo nos prometió que hasta el final de los tiempos el Espíritu de Dios nos diría cuanto tenemos que decir y obrar.

 

"si tuvierais fe como un granito de mostaza, diríais a esa montaña que se arroje al mar y os obedecería".

 

Como he expresado al principio, es cuestión de saber escuchar y entender, lo demás depende de nosotros, de nuestras disposiciones y voluntad.

 

En la anécdota que he contado de Pamplona, lo normal es que una persona que encuentre dinero en una papelera, se quede con ello, pero en mi interior ocurrió algo que me hizo sin dudar llevárselo al cajero para que lo guardara hasta que vinieran a buscarlo. Dios cuida a la gente humilde y pobre; el cabrero consideraría imposible recuperar lo que suponía casi la mitad de su sustento anual, un desastre, pero según me han dicho, desde el mismo banco lo localizaron, le dijeron que recontara el dinero y efectivamente, tenia menos de lo que le habían dado. El pobre cabrero del Roncal habría pensado que la lana ya no daba ni para comer.

 

Dios arregla las cosas si confiamos en El y estamos atentos a su voz, sobre todo las de la gente humilde, y también las de la sociedad: los conflictos, los desastres naturales, los dramas de poblaciones enteras, las guerras... Cuantas personas podrían evitar estos males si está en Dios evitarlos. Pero si está en los hombres no evitarlo, Dios respeta escrupulosamente nuestra libertad. Está "atado" ante la liberad, y así ha querido crearnos, para bien y para mal, pero dándonos los medios suficientes para el bien.

 

Pilatos intentó evitar la muerte de Jesús, cuando supo por su mujer que ese hombre ere inocente. Después no tuvo la valentía necesaria, y por miedo lo entrego a la muerte. Políticos de hoy, aun sabiendo por personas buenas lo injusto de emprender una guerra, con enorme sufrimiento para poblaciones inocentes, no se atreven a evitarla por oscuros intereses que solo ellos saben. Males sociales, epidemias, hambrunas, muertes de inocentes..., originadas por transgresiones a la ley de la naturaleza, vengan de donde vengan estas transgresiones, no se evitan, a pesar de innumerables esfuerzos de personas buenas que ven con claridad el problema y aconsejan a los mandatarios, pero no son escuchados, tampoco se sabe por qué motivos o intereses y de quienes.

 

La visión del mundo que tienen unos y otros es divergente. El que tiene el poder, normalmente tiene una visión plana, pues está inmerso en la vorágine de los intereses de los que le han dado ese poder y a ellos se debe. Las personas sin ataduras en este mundo y con el Espíritu de Dios en sus corazones, tienen una tercera dimensión que les permite ver con más claridad los designios de Dios e interpretar "los signos de los tiempos". Pero los políticos no atienden sus consejos. Viven otro mundo y, de alguna forma más o menos represiva, nos lo imponen.

 

Dios creó el mundo para que lo domináramos, lo mejoráramos a nuestra medida, pero el mal hace muy difíciles las cosas, nos aparta de Dios, nos enfría el espíritu y consigue que en muchas sociedades el desarrollo se identifique con el bienestar material exclusivamente, donde todas las necesidades materiales están cubiertas y la corrección -lo correcto- es la base de toda relación social.

 

Las sociedades del bienestar no dejan de ser organizaciones donde los valores espirituales -morales- no son comprendidos. En algunas son votados como si la ley natural y la Ley de Dios pudieran someterse al dictamen de la mayoría. Sociedades instaladas en el más absoluto relativismo moral, que deciden las leyes en función exclusivamente de la conveniencia material, económica, organizativa, no del bien del espíritu, de la conveniencia moral, de la ley natural impresa por Dios en todo lo creado, ni del fin eterno de nuestra alma y cuerpo. Funcionan con mente plana, como si la vida aquí fuera eterna, como si nunca fuéramos a morir. Y la preparación para la muerte es tan importante como la preparación para la vida. La soberbia humana no tiene límites, por el hecho de que nadie haya venido de la otra vida a contarnos lo que allí sucede. Jesús dice que si tal ocurriera, no le haríamos caso, le trataríamos de loco, por eso vino el mismo Dios en persona, y aun así, nos resistimos a creer la evidencia.

 

Voy a contar otra historia muy elocuente pero con resultado dramático:

 

Sucedió en el Madrid del 36, durante la represión de los milicianos contra el clero. Un asesinato en plena calle y al día siguiente se corría de boca en boca ¡han matado al cura Escrivá!, ¡han matado al cura Escrivá! Pobre hombre, confundido con el que llegaría a ser San Josemaría Escrivá. Con esto, el santo sacerdote tuvo una temporada de cierta libertad, que le permitió ver y confortar a sus hijos, vocaciones incipientes. Nunca dejaría de rezar todos los días por esa persona asesinada en su lugar, y de agradecer a Dios que le permitiera continuar la misión que Él le había encomendado de sacar adelante el Opus Dei.

 

Dios tenía un plan para San Josemaría, y saldría adelante aunque tuviera que recurrir a sucesos extraordinarios como la forma de librarle de la persecución, haciendo que lo confundieran con otra persona. Sabía el bien que su fidelidad iba a hacer a la humanidad y a su Iglesia, y así fue.

 

En el caso de Teresa, una persona que luchaba por aceptar siempre la voluntad de Dios, y aceptó lo más duro, Dios lo sabía y le mostró su ayuda dándole una gran serenidad y paz, y me ayudó a mi en ese momento dramático, preparándome para su enfermedad, su muerte y después para intentar sacar adelante mi familia.

 

De todo esto, se deduce que las personas, tengan una vida sencilla y sin relieve o un cargo relevante en la vida profesional o en la vida publica, reciben luces necesarias y ayuda constante de Dios si le oyen y saben escuchar. En otro caso, necesitarían tener la humildad de dejarse guiar por personas con el espíritu abierto a las mociones de Dios, que pueden guiar e iluminar nuestra alma, hasta discernir los signos de los tiempos.

 

 

7. Más claridad.

 

Dios se nos ha entregado, busca corazones humildes, simples, sencillos, que en medio de este mundo pongan un rayo de su luz en cada alma, en la sociedad entera.

 

Según progresa la acción del Espíritu en el mundo, se van perfilando los misterios ocultos hasta ahora.

 

La humanidad avanza paso a paso. Ha sido capaz de concienciarse que estábamos desequilibrando nuestro mundo debido al mal uso de sus recursos, y sensibilizarse hacia el ecologismo; ahora es capaz de convivir con la naturaleza, no contra la naturaleza. Hemos salvado especies en vías de extinción y protegido muchos ecosistemas. ¿Tenemos motivos para pensar que el espíritu humano, imagen del Espíritu de Dios está también en vías de extinción? No, siempre el Espíritu de Dios actuará sobre hombres y mujeres abiertos a Él, y esta sensibilización hacia la naturaleza acerca a su Creador, pues las leyes impresas en ella hablan de Él, y la naturaleza misma transmite el Espíritu de Dios.

 

Pero la autosuficiencia social, el relativismo moral y el hedonismo avanzan en las sociedades tecnológicamente punteras, no hay que asustarse, las carencias espirituales son patentes y reaccionaremos, tarde o temprano.

 

Los países mal llamados tercermundistas, son nuestra esperanza. Nosotros debemos ayudarles en su desarrollo y progreso económico y social, renunciando a parte de nuestros recursos para destinarlos a formación y educación de inmigrantes que volverán a sus países como impulsores del progreso. Ellos, sin embargo, tienen unos valores espirituales que serán de gran ayuda al mundo civilizado para recuperar la sensibilidad perdida, más bien, oculta tras el activismo -actividad desaforada y a veces estéril- y el estrés del mundo moderno.

 

Los misterios que rodean la relación de Dios con los hombres, se han hecho más patentes. Los siglos de la luz -siglos XI al XV- eran épocas de desarrollo místico y humano, pero por caminos no siempre convergentes. Hoy en día, lo divino y lo humano se juntan. El papa Juan Pablo II ha humanizado a Dios y ha divinizado al hombre, ha sensibilizado los corazones humanos hacia lo humilde, lo sencillo, donde se refleja la predilección de Dios. El humanismo ético por el que tanto ha luchado, tiene sus frutos, y avanza en este mundo globalizado de mano de personas luchadoras y de una gran fe en Dios y en el hombre, como Mary Robinson, por nombrar solo una gran persona relevante y humilde.

 

 

He visto en Copenhague a muchas personas contemplando enternecidas una menuda estatuilla, convertida casi en un símbolo del país. Al mismo tiempo, en frente, en Malmo -Suecia- también he visto el escaso interés de la gente hacia una extravagante torre -no dudo que es una obra importante de arquitectura e ingeniería-, casi convertida en símbolo -muy controvertido- del país. El edificio, de 185 metros de alto, me recuerda la torre de Babel, pretenciosa y arrogante. La estatuilla me sugiere a la jovencita humilde de Nazaret. Nuestro corazón aun no ha perdido la sensibilidad del espíritu y se enternece con lo humanamente frágil, humilde y sencillo.

 

¿Quiere esto decir que hemos dejado atrás la barbarie y nos hemos adentrado en la civilización que reconoce la dignidad del hombre cuerpo y espíritu?

 

Si, porque Dios se ha hecho más próximo, está en nuestras cosas sencillas, en lo cotidiano, en nosotros si le abrimos las puertas del alma; y es un invitado agradecido pues comparte lo suyo, nos adentra en sus misterios, nos acepta como hijos, herederos de su gloria.

 

Y así, viene el amor, vienen los frutos, pues el amor, para crecer y sobrevivir, necesita expresarse en realidades: la comprensión, la cordialidad, el optimismo, el orden, la afabilidad..., son frutos que Dios espera hallar cuando se acerca cada día a nuestra vida corriente. Con el tiempo y una lucha tenaz, lo lograremos y haremos un mundo más humanizado, y no daremos lugar a que Jesús nos tenga que decir las fuertes palabras que dirigió a la higuera porque solamente encontró en ella hojas, apariencia de fecundidad, follaje: "Nunca jamás coma nadie fruto de ti, y al momento se secó”. Palabras dirigidas a los hipócritas que actúan falsamente, no sienten con el corazón ni entenderán “los signos de los tiempos”.

 

 

8. Nosotros ponemos las dificultades

 

La hipocresía se instala en los soberbios obstinados en su autocomplacencia. La soberbia hace que haya deportistas incapaces de soportar la derrota. Para ellos es una humillación. Voy a contar dos casos, uno justamente castigado por los hombres y otro justamente castigado por Dios:

 

En el Gran Premio de Mónaco de Formula 1 -2006-, Mikael Shumaker, pretendió obstaculizar la última vuelta lanzada de Fernando Alonso, simulando una avería, previendo que le iba a quitar la primera posición. Así lo interpretó la organización del Gran Premio y le castigó a salir en última posición. Castigo ejemplar al juego sucio de los orgullosos que no admiten su derrota.

 

El segundo caso ha pasado más desapercibido: En la final de tenis del Roland Garros, a principio del segundo set, iba dominando hasta entonces Roger Federer a Rafael Nadal. Queriendo Federer romperle el servicio, asintió en dar como mala una bola de Nadal cantada por el linier como "fuera", cuando había sido claramente buena. El árbitro la vio buena, pero como Federer no estaba de acuerdo, tuvo que bajar a confirmar que era buena. Federer, con su mala conciencia a cuestas, sacó de nuevo, en vez de adjudicarse el punto. Desde entonces comenzó a fallar en el juego hasta que fue derrotado por Nadal. Aquí Dios ha hecho justicia, pues el orgullo de Federer que quería ganar "como sea", no le permitió jugar con la suficiente concentración desde ese momento. “Es un tenista arrollador, pero le falta humildad”, comentaba después del partido el famoso tenista Emilio Sánchez Vicario.

 

Quizás son dos ejemplos muy simples de actitudes orgullosas, pero la soberbia si no se corrige a tiempo, es el principio de todos los males, pues por soberbia, el ser más excelso de la Creación -Luzbel- se cayó a lo más profundo del abismo, y con él ha venido el mal a este mundo.

 

El soberbio no descansa, no tiene paz, vive errante, no admite sus errores. ¿De que se engríe un soberbio si todo lo que es y tiene, lo ha recibido? Ha recibido hasta sus magníficas cualidades para llegar a ser un nº 1.

 

El soberbio no acierta a perdonar, el rencor le quema, las criticas le hieren, los fracasos le hunden, las rivalidades le asustan, desea imponer su voluntad, eliminar al rival, desea vengarse, no perdona de corazón, no acepta la contradicción, no acepta correcciones, no hace autocrítica, no soporta desprecios, olvidos ni indiferencias, es infeliz en los anonimatos, busca autosatisfacción en sentimientos, palabras y hechos, es susceptible, simula dolor, tristeza, enfermedad, etc. para que le compadezcan…

 

La soberbia es el más ridículo de los pecados, se viste de apariencia, se llena de vacío, se engríe como el sapo de la fábula. El soberbio es desagradable hasta humanamente, se contempla a sí mismo y desprecia a los demás, que le corresponden burlándose de su vana fatuidad. El soberbio ignora los bienes espirituales por ceguera hacia ellos.

 

Sería terrible que en una persona se acumulara toda esta enumeración de características que definen al soberbio, pero como he dicho, el mal ha entrado en el mundo por un pecado de soberbia de Satán y todos los suyos. La hipocresía que tanto desprecia Jesús, proviene de la soberbia, y el mundo está lleno de hipócritas, en todos los estamentos, capas sociales, entre ricos y pobres, jóvenes y ancianos…, las apariencias muchas veces engañan, pocas veces se saben las verdaderas intenciones de los actos humanos…, solo Dios sabe. Solo Dios tiene una paciencia y una bondad infinita con nosotros. Él no pone las dificultades en la vida, somos nosotros quienes torpemente dificultamos el progreso hacia el bien, hacia la concordia, hacia la paz, hacia la felicidad.

 

¿Cómo?

 

Esta época de relativismo, donde cualquier cosa es justificable y la verdad objetiva se está perdiendo, convertida en lo que para mi es verdad, en lo que me interesa que sea, es una época difícil para que los hombres hagamos un mundo mejor, como ha sido concebido por el Creador y entregado en nuestras manos para perfeccionarlo.

 

Lo dicho hasta aquí parece muy negativo, pero es la realidad y hay que tener los pies en el suelo. Nuestra arma es rezar por las personas, por todas, por cada una, por nosotros mismos y los nuestros, para que se conviertan al Dios que es humilde, bueno, que siempre perdona, es justo, es nuestro Padre y nos quiere con locura aunque estemos alejados de Él.

 

Como he mencionado, es muy difícil que alguien tenga "todos" los defectos de soberbia enumerados. Lo normal es tener alguno: todos somos un poco soberbios en algunas cosas y más humildes en otras. Nuestra lucha se centraría en ir poco a poco ganando en humildad, saliendo más de nosotros mismos, volcándonos más con los demás, en detalles de cariño, ayuda, comprensión..., nuestra mejora personal no estaría en ser mas eficientes, capaces, deportistas, estupendos, simpáticos..., eso también, pero habría que comenzar por ser más humildes a fin de darnos más en servicio a los demás. Pondríamos nuestro granito de arena en hacer una sociedad mejor.

 

Por desgracia hay personas vulgarmente llamadas “trepas”, que ponen todo su empeño en adquirir una posición social dominante, con unos fines nada claros que no son la búsqueda del bien común, del bien de todos, sino del suyo propio y de su grupo. Normalmente son soberbios con muchos de los defectos mencionados, simulan hipócritamente lo que quieren aparentar ante los demás y de esta forma adquieren una gran capacidad de engañar. Si alguna de estas personas son nuestros líderes, nuestros dirigentes políticos, económicos, sociales…, es decir, que influyen decisivamente en nuestro deambular por este mundo, la cosa se pone difícil.

 

De nosotros depende elegir bien a nuestros gobernantes y líderes, que sean al menos honrados, consigo mismo y con los demás. Pero ¿cómo distinguirlos? “por sus frutos los conoceréis”, y los “frutos” no son las palabras, sino las obras.

 

En este país, existe una especie de personas que se llama charlatanes, finos y hábiles embaucadores, te convencen de que serás el más fuerte, guapo y poderoso, y te venden algo sin lo que no puedes vivir. Una vez que han sacado el "durillo" todo es humo, se volatiliza y fin de la historia. Si todo se redujera a esto, no pasaría gran cosa. Lo malo es cuando estos “charlatanes” tienen poder de decisión en nuestros asuntos temporales. Nos pueden llevar a la catástrofe.

 

Por contra también existen en este país personas parcas en palabras y largas en hechos, que normalmente pasan desapercibidas, pero dejando un poso imborrable a los que con ellas conviven.

 

 

Mi padre era Maestro Nacional en Arriondas de los años 30 a los 70 y en Madrid de los años 70 a 80. Me veo en la obligación filial de hablar de él, y por justicia como ejemplo del segundo caso: “parco en palabras y largo en hechos”.

 

Su arma era el dialogo, el razonamiento, suave, pausado, tendido, sin perder la paciencia, aunque se encuentre frente a un comportamiento grosero y airado. De esta manera convencía a mentes rudas, campesinos de pocos recursos de la Asturias rural, con economías familiares muy limitadas. Les convencía de que "su hijo vale para estudiar", de que merecía una profesión de más futuro, y les conseguía las becas de estudios, y les daba clases particulares después de salir del Instituto, pero si tenían dificultades para pagar esas clases -cobraba poco-, ya le pagarían. Normalmente le enviaban un par de litros de leche o un pollo y con eso se consideraba pagado. Mi madre completaba la labor enseñando a coser, bordar, escribir a maquina, las cuentas y operaciones aritméticas con problemas, leer y escribir, sobretodo a las chicas que sus padres relegaban a las labores del campo y de la casa, porque..., ¡ya se echarían un novio!

 

Para mí fue un ejemplo continuado de exigencia, dialogo, comprensión y ante todo respeto a mi libertad de decisión. Si yo fracasaba, él me había prevenido, y "animo", la próxima será la buena. No buscaba que fuera el mejor, sino, que fuera yo mismo, con libertad y ante todo con responsabilidad, asumiendo las consecuencias de mis actos. Nunca intentó llevarme por otros caminos distintos de los que yo elegía, pero me aconsejaba y me apoyaba siempre, con una sonrisa, mirada comprensiva y hasta cierto punto cómplice, ánimos y toda la ayuda que podía prestarme.

 

Era un hombre de fe, de fe sencilla en Dios y de fe en las personas. Una de sus frases era "prefiero que una persona me engañe, antes que dudar de ella". Confiaba plenamente en sus alumnos, sus hijos, en todos los que con él convivíamos. Si alguien le engañaba o lo decepcionaba, callaba y sufría.

 

Siempre tenía la frase oportuna, el ánimo dispuesto, la ayuda desinteresada, el consejo amable. Para mi madre era el bálsamo que ponía paz y sosiego, pendiente de sus hijos y previsor con el futuro de todos.

 

Murió como vivió, sin dar la lata, con una gran paz interior, una sonrisa y mirada que nunca se me olvidarán. Esa fue la última lección magistral de un maestro de pueblo volcado con todos, sin distinción.

 

 

Podría extenderme indefinidamente contando sus bondades -tenía también defectos, como todos tenemos- pero no quiero dar más que una pincelada, y la  considero suficiente para el fin que pretendo con esta breve semblanza.

 

Es una utopía pensar en un mundo lleno de bondad y servicio a los demás, en personas que no desean para otros lo que no quieren para sí mismos. Pero podemos aspirar a mejorar nuestra realidad, que indefectiblemente va unida a la de los demás, al pequeño servicio que continuamente podemos prestar a las personas que están a nuestro lado. Rara vez se nos ofrecen grandes ocasiones de servicio a los demás, pero pequeñas ocasiones, continuamente, y “el que es fiel en lo poco, será constituido en lo mucho”. Son las cosas pequeñas las que hace perfecta una obra de arte, la cincelada, la pincelada, el toque final, todo hecho con maestría. “Por sus obras los conoceréis”.

 

“conozco tus obras, y que tienes nombre de viviente y estás muerto (…). Porque yo no hallo tus obras cabales a los ojos de Dios”. (Apocalipsis 3, 1-2)

 

De nosotros depende el camino que siga la historia, de cada uno de nosotros que formamos este mundo. Dejarnos orientar por Dios, que nos desvela los misterios de la naturaleza y sus sendas, o recorrer el camino de los hipócritas que solo se reconocen a sí mismos, aunque aparenten otro sentimiento, en el fondo, por ignorancia. Los creyentes rezamos a Dios a menudo por nuestros dirigentes, que sean sinceros, que lleven a la sociedad por el camino de la justicia y del bien, por encima del progreso. Este progreso irá unido a la justicia y al bien común, sin distinciones, porque de otra manera sería un progreso hacia “ninguna parte” o mejor dicho, un progreso de unos pocos hacia su propio poder sobre los demás y su propio enriquecimiento material, dando una idea pagana de la vida, como si Cristo no hubiera venido a redimirnos y a recordarnos que nos espera el Cielo.

 

A la historia se le puede imprimir un rumbo distinto porque no está predeterminada al mal y Dios nos ha dado la libertad para que sepamos conducirla a Él.  Y veremos cómo en tantos casos se cumplen aquellas palabras de Tertuliano referidas al mundo pagano, que rechazaba la doctrina de Jesucristo: “…dejan de odiar, quienes dejan de ignorar…”.

 

Tenemos que optar y apoyarnos siempre en personas que den buenos y abundantes frutos, sobradamente conocidos, que no defrauden, que sean dignos de dirigir nuestro destino en la tierra. Por honradez, una persona no dispuesta a entregarse en beneficio de los demás, de todos, sin distinción, debería renunciar a ocupar cargos para los que no sería digno. 

 

 

9. Alcanzar nuestro verdadero destino. 

 

“… ¡hipócritas!...sabéis discernir el aspecto del cielo y no podéis discernir los signos de los tiempos"

 

Sigue siendo dura esta acusación de Jesús. Nos llama ¡hipócritas!, no nos llama ¡ignorantes!, ¡ciegos! o simplemente ¡despistados!, no, nos llama ¡hipócritas!, nos acusa de hipocresía porque nos ha expuesto con toda la claridad posible el sentido de este mundo, el sentido de la Creación. Nos ha desvelado lo esencial de los misterios de Dios, nos ha abierto un camino seguro para andar por la vida hacia la felicidad en Dios. No es hipócrita quien una vez conocidas estas verdades decide no aceptarlas y optar por otro camino, simplemente se ha equivocado, sino el que dice seguir a Dios pero su corazón está lejos de Él.

 

Nuestro verdadero destino es el que forjamos nosotros mismos, pero sabiendo todas las opciones que tenemos. Seríamos unos insensatos si no profundizáramos en cada una de esas opciones hasta ver con claridad la que de verdad nos interesa. Aferrarse a una de ellas sin conocer suficientemente las demás, sería arriesgado. Es una decisión que afecta a toda nuestra existencia, y llega un momento que ya no es posible rectificar.

 

Esta es la posición lógica ante cualquier negocio en este mundo: barajar y estudiar a fondo todas las posibilidades que se ofrecen. ¿Y que mayor negocio que nuestra felicidad y la de los que nos rodean? Y si además buscamos un buen socio, Dios, nuestro compañero de camino nos ha prometido una Vida para siempre, que es eterna porque Él es eterno. Es como un Padre que quiere lo mejor para sus hijos, nosotros, los que le seguimos y los que no le siguen, creados por Él y adoptados como hijos.

 

Este es nuestro verdadero destino, solo se alcanza recorriendo el camino de la humildad, conociéndonos como verdaderamente somos, saliendo de la hipocresía y dándonos a los demás, que en realidad es darnos a Jesús.

 

Voy a contar un “cuento de Navidad”, de los que nuestros padres nos contaban de pequeños y escuchábamos embelesados:

 

Érase una vez un osito de peluche que vagaba por la ciudad, deslumbrado por sus luces de colores. Era Navidad.

 

Buscaba servir de juguete para algún niño, pero un niño bueno. Había servido siempre a un niño malo, déspota con todos los juguetes. Los rompía y maltrataba, despreciando todo lo que tenía, sin querer saber que otros niños no tenían nada con qué jugar. Era un niño cruel e inhumano, caprichoso y envidioso con otros niños. A todos odiaba y los innumerables juguetes que tenía le parecían pocos. Siempre quería más, era insaciable.

 

Hasta que un día, el osito de peluche, harto de servir de juguete a tal amo, decidió huir. Una noche saltó por la ventana y una vez en la calle se alejó de la casa.

 

Así, seguía paseando por la ciudad, deslumbrado de sus luces, descubriendo un mundo nuevo. La vida le parecía maravillosa y su felicidad sería encontrar a ese niño bueno a quien deseaba servir. No sabía donde buscar, pero el osito caminaba y caminaba sin rumbo hasta que poco a poco, alejándose de la ciudad, se perdió entre bosques y praderas.

 

Caminaba sin saber a donde ir. Pero llegó la noche y el miedo le invadió todo el cuerpo. Pensaba: “los ositos de peluche no comemos ni pasamos frío ni sueño, pero eso de no tener miedo es otra historia, buscaré algún sitio donde cobijarme hasta que amanezca”.

 

En ese afán estaba cuando comenzó a escucharse un rumor, como de un grupo de gente que se acercaba. El osito de peluche se escondió asustado para no ser descubierto, y al rato observó una caravana de personas que se aproximaban, con unos grandes animales que nunca había visto. Se parecían a un camello de juguete que tenía el niño malo. Eran unos animales rarísimos y venían con gentes vestidas de forma muy extraña.

 

De pronto el osito de peluche gritó ¡ahí va, si son los Reyes Magos con todo su séquito! Los había reconocido por unos libros que había ojeado en la casa del niño malo. ¡Que alegría, ellos me podrían ayudar a encontrar al niño bueno, a quien servir de juguete!, pero ¡como hacerlo si no se hablar!

 

Se acercaban. El osito temblaba de emoción. Eran unos animales gigantescos, iban cargados de grandes fardos ¿que contendrán? Les fue siguiendo desde lejos, sin acercarse mucho para que no le descubrieran. Llegaron a las afueras de la ciudad y allí distribuían el contenido de la carga a los pajes y ¡oh sorpresa! eran juguetes que repartían por las casas donde había niños.

 

El osito de peluche les observaba tan extasiado que fue descubierto. De pronto oyó una fuerte voz a sus espaldas ¡que haces tú aquí! El osito se llevó tal susto que de un salto se encaramó en la pata de un camello, y este le lanzó con violencia ante las carcajadas del rey Baltasar que decía: ¡que osito más divertido!, ¿se habrá caído de alguna caja?, ¡pero, es curioso, nunca había visto un osito así, parece que me oye y me entiende!

 

Se miraban con complacencia. ¡Ven conmigo, osito! le dijo, y le llevó donde estaban los demás:

 

-Nosotros queremos hacer felices a los niños y les traemos regalos en estas fechas. Los mejores regalos son para los niños buenos y a ti como me has caído simpático te regalaremos al mejor niño que encontremos-

 

El osito de peluche no cabía en si de felicidad. Por fin se iban a cumplir sus deseos de servir a un niño bueno, al más bueno, para hacerlo todo lo feliz que pudiera.

 

Desde entonces les acompañaba a todos los hogares donde había niños durmiendo. Como el no podía ayudar mucho, se conformaba con dejar bolitas de caramelo en todos los zapatos para añadir ¡sorpresas! a los regalos.

 

Observaba que los Reyes Magos se inclinaban ante las imágenes del Niño Dios que iban encontrando en las casas. El osito de peluche dedujo que ese era el niño más bueno, a quien el iba a servir y se quedaba mirándole todo el tiempo que podía, pensando ¿donde estará este niño?, ¿como podré encontrarle?

 

Un día, los Reyes Magos le observaban mirando al Niño Dios con cariño y le explicaron:

 

-El Niño Dios está en el cielo y en nuestros corazones. Nosotros le hemos adorado en persona hace muchos años aquí en la tierra. Ha dicho que lo que hiciereis con otros niños es como si lo hicierais con Él, por eso nosotros todos los años repartimos juguetes a todos los niños del mundo. Sabemos que esa es su voluntad y le hace feliz -

 

El osito de peluche había entendido, también se daba cuenta que ese era su destino y su felicidad: servir al Niño Dios haciendo feliz a un niño de la tierra.

 

Pero algo más le pedía el corazón. Al Niño Dios le gustaría ser amado por todos, y también por en niño malo. Le entró un temblor que recorrió todo su cuerpo de muñeco, pero buscar la felicidad haciendo feliz a un niño bueno no era lo mismo que buscar la felicidad haciendo feliz al Niño Dios; decidido se fue a la casa del niño malo. Pensaba: con mucha paciencia, respondiendo amablemente las iras del niño malo hasta hacerle agradable su compañía, y buscando la colaboración del resto de juguetes, podrían llegar a transformarlo en un niño bueno, a gusto del Niño Dios. Sabia que el sacrificio iba a ser muy grande pero merecía la pena hacerlo por el Niño Dios, así fue. Después de un tiempo, consiguió sacar lo bueno del corazón del niño malo.

 

Jesús-niño, quedó prendado de la bondad del osito, y como Él todo lo puede, decidió llevárselo consigo al Cielo, donde van los niños buenos; un osito de peluche feliz, amigo de los niños y con un corazón así de grande.

 

 

Es un relato infantil, pero sencillo y entrañable. El osito había descubierto el verdadero motivo del actuar de muchas personas. Un muñeco inanimado que entretiene a un niño, está cumpliendo aquello para lo que ha sido creado, con la colaboración del hombre que le ha dado forma de muñeco. Un ser animado cumple su misión para la que ha sido creado actuando según sus instintos de supervivencia, mantenimiento de la especie y protección de los suyos, aunque a veces parezca cruel la vida salvaje donde el más fuerte se alimenta del más débil.

 

Los seres humanos tenemos un alma espiritual que nos hace semejantes a Dios, porque espera mucho más de nosotros. Espera que con nuestra inteligencia y nuestro corazón le descubramos y le amemos por habernos creado, desinteresadamente y de la nada, pues nada éramos.  Espera que usemos nuestra inteligencia y sentido común para discernir el significado de la creación, el sentido del bien y el mal, de lo justo e injusto (con la justicia de Dios, no la de los hombres), de lo verdadero y lo falso, de la bondad interior que da frutos buenos y de la hipocresía que da malos frutos.

 

Él se nos ha revelado y se ha hecho hombre como nosotros, y con eso nos ha prestado una ayuda inestimable, desvelando gran parte de los misterios divinos. Nos ha puesto en bandeja salir de las dudas existenciales si abrimos nuestro corazón, nos ha dado la vuelta a la tortilla poniendo a los humildes por encima de los poderosos, a la pobreza por encima de la riqueza, a apreciar el dolor, la humillación, la incomprensión, la burla…, la muerte. En fin, nos ha desvelado un camino de amor, que aunque sigue lleno de misterios y dificultades, también está lleno de esperanza y fe.

 

Y este es nuestro verdadero destino. Cualquier otro camino, aunque está en el pensamiento de Dios, no es el que desea para nosotros. Nos ha creado para Si, para compartir con nosotros su gloria, para siempre.

 

 

10. La verdad está en nosotros.

 

Voy a contar un suceso que le ocurrió a Roberto, mi hijo, estudiante de primaria.

 

Estaban en clase de matemáticas, el profesor tenía costumbre de organizar de vez en cuando “olimpiadas matemáticas” -pruebas de cálculo mental-, con el fin de motivar a sus alumnos. Era suficiente premio el honor de haber ganado.

 

En una de ellas, Roberto había quedado finalista contra Rubén, su mejor amigo. Comienza la final, reñida, intensa, muy igualada, hasta que en la última prueba ¡gana Rubén! Un instante de perplejidad y cuando Roberto es consciente de lo que ha ocurrido, se abalanza al cuello de su amigo Rubén felicitándolo efusivamente, con grandes alardes, subiéndolo en sus hombros para pasearlo triunfalmente por la clase…¡incomprensible!, pero ¡Roberto!, ¡si tú has perdido!, ¡si él te ha ganado a ti!... Roberto seguía eufórico y no dejaba a Rubén, ¡es mi amigo!, ¡es mi amigo!, decía insistentemente. Si, ya sabemos, pero él te ha ganado a ti ¿de que viene esa alegría? Estoy muy contento porque Rubén es mi amigo y ha ganado la olimpiada.

 

Le había salido del alma, y los niños son sinceros de pura espontaneidad, no había decepción por haber perdido él, podía mucho más la amistad y ¡Rubén era su amigo!

 

Por suerte para nosotros, Dios ha impreso el bien en nuestras almas, y cuando por descuido o despiste nos olvidamos un momento del mundo y de nuestros egoísmos, brota del corazón lo mejor de cada uno: la bondad, la solidaridad, la comprensión, el cariño, el amor y la necesidad de ayuda desinteresada a otras personas. Después, poco a poco, vamos aplicando la lógica humana y todo vuelve a devaluarse. Es como una luz que se enciende y nos ilumina “horizontes más lejanos” que nos sacan de nuestro ensimismamiento, y por un momento nos hacen soñar..., pero la luz se apaga y volvemos a la rutina de la ceguera humana que no quiere ver más allá por..., comodidad, miras bajas, evitar compromisos, saturación de cosas de este mundo y... no hay sitio para más, no hay sitio para Dios.

 

La verdad está en nosotros, podemos ir eliminándola poco a poco a base de no hacerle caso y suplantarla por otra verdad más asequible y llevadera, aunque no sea del todo la auténtica verdad que Jesús nos enseñó con su ejemplo y predicación.

 

¿Que diría yo? Creo que desde la más tierna infancia, debemos fomentar en nuestros hijos y en nosotros el esfuerzo de seguir los valores más nobles que salen de nuestro interior, porque Dios los ha puesto ahí, y Él los hace brotar en muchas circunstancias a lo largo de la vida. No debemos cerrarnos a esos momentos, debemos descubrirlos, provocarlos, querer sacar lo bueno a flote, que lo humanamente mezquino no lo impida. Llegar a ser nuestro mejor yo. Se nos descubrirán más misterios que de otra forma seriamos incapaces de ver. Nuestra vida sería otra, mucho más cercana a la Verdad.

 

 

11. El camino del éxito.

 

El 13 de diciembre de 1978, nacía mi segunda hija, Teresita. Tenía Síndrome de Dow –mongolismo-. Otra prueba más que nos enviaba el Señor a Teresa y a mí. O no, o ¿sería un delicado regalo? Pronto lo averiguaríamos. Algunos médicos y psicólogos nos aconsejaron no tener más hijos y que dedicáramos todos nuestros esfuerzos por entero a esta niña. El panorama no estaba muy claro.

 

Contactamos con personas de la Asociación de Síndrome de Dow, que tenían hijos, hermanos o familiares a los que estaban sacando adelante en su minusvalía, y nuestra primera sorpresa fue grande.

 

Todos nos hablaban maravillas de ellos: cariñosos, agradecidos, felices, muy dependientes, pero devolvían con creces nuestros desvelos. Un matrimonio nos contaban con qué fuerza había unido a su familia desunida. Mientras vivían los padres, su hermano -síndrome de Dow- estaba atendido, ellos le visitaban frecuentemente. Entre los hermanos no había buenas relaciones, hasta que murieron los padres y tuvieron que hacerse cargo de él. Todos querían tenerlo, llegaron a un acuerdo de pasar temporadas junto con él y de tenerlo por turnos en cada familia. Esto unió a los hermanos y desde entonces se olvidaron resquemores y rencillas.

 

Observábamos a las personas que tienen un síndrome de Dow -o cualquier tipo de minusvalía que le hace dependiente- a su cargo. Eran personas muy humanas, dispuestas al sufrimiento y a la entrega, y mucho más comprensivas con los demás, con sus penas, quitándoles importancia, muy positivas. En fin, se nos fue abriendo un nuevo mundo, por eso dudábamos si nuestra hija había sido una prueba de Dios o un regalo. Empezábamos a pensar en lo segundo: un regalo muy entrañable de Dios.

 

Así fue. El esfuerzo que le dedicábamos, sobretodo Teresa, era grande, pero nos devolvía cariño y agradecimiento en tal proporción que compensaba con creces todos nuestros desvelos. Mediante una "estimulación precoz" que le hacían en la Clínica Universitaria de Navarra, todos los meses pasaba unas revisiones y planificaban ejercicios diarios de estimulación psicológica y física. Teresita iba evolucionando positivamente en su capacidad mental y corrigiendo su atonía general. Adquiría fortaleza en sus músculos y no recuerdo un momento mayor de alegría y regocijo que cuando consiguió levantar la cabeza por sí misma. La niña con sus 10 meses se daba cuenta del logro y lo expresaba alborozada con toda su alegría y emoción. Era una delicia.

 

Teresita murió con 13 meses. El golpe fue un muy duro, pues el cariño que todos le teníamos era inmenso. Habíamos conseguido con el programa de estimulación precoz, subir su coeficiente intelectual de 50% a 70%; dominaba mucho mejor sus miembros, el progreso había sido muy positivo, pero Dios tenia otros planes y se la llevó consigo.

 

Teresita había cambiado muchas cosas en nuestras vidas: nos dejó un buen sabor de boca, inolvidable, nos hizo ser más comprensivos con los demás, con sus defectos, mirarnos menos a nosotros mismos, reconociendo nuestros defectos, nos ayudó a ser más abnegados, experimentados en el sufrimiento y en la entrega sin reservas a nuestras obligaciones diarias, a nuestros compromisos con los demás. La suya fue una vida corta, pero muy llena de contenidos, de humanidad, de vida auténtica, con una lucha que no comprendes en personas de tan corta edad. A veces, cuando pienso en los conflictos que los hombres “normales” nos creamos, me viene a la cabeza la sensación de que ellos son los normales y nosotros los subnormales. 

 

Tienen un sentido de la bondad con frecuencia superior al de las personas “normales”, pues muchas veces no sabemos lo que es bueno para nosotros; "…y lo que hace aún peor la confusión es que creemos saberlo. Nosotros tenemos nuestros propios planes para nuestra felicidad, y demasiado a menudo miramos a Dios simplemente como alguien que nos ayudará a realizarlos. El verdadero estado de las cosas es completamente al contrario. Dios tiene Sus planes para nuestra felicidad, y está esperando que Le ayudemos a realizarlos. Y quede bien claro que nosotros no podemos mejorar los planes de Dios" (San Josemaría) 

 

Los planes de Dios con Teresita estaban claros. En su corta vida acumuló más méritos que muchas personas de vida longeva. Hizo mucho bien a sus padres y a todos los que nos rodeaban, testigos de su progreso, del sufrimiento en sus constantes enfermedades debido a las bajas defensas de su organismo, de la serenidad con que todos afrontamos su muerte. Teresita "ha triunfado en la vida", me decía un amigo, ¿y a nosotros? aun nos falta, y no tenemos el triunfo asegurado.

 

Este es el verdadero éxito, no el que proclama el mundo, que al final se desinfla, sino el que Dios tiene destinado para cada uno, que perdura siempre. Por eso tenemos que buscarlo aquí, no dejarlo escapar y subir a la presencia de Dios con nuestras buenas obras a cuestas.

 

Nunca comprenderemos el sufrimiento de un niño, sabemos que todo sufrimiento es purificador, pero, ¿necesita un niño purificarse? Quizás se aplique a esta humanidad impura por el pecado desde su origen, causa del sufrimiento de inocentes. ¡Cuánto debemos a los niños!

 

Pero el día se apaga, y al final de la tarde nuestra sombra se alarga. El sol, fuente de vida terrenal, cae en el horizonte. Se va desvaneciendo nuestra vida corpórea, y con ella su sombra, cada vez más larga y difusa, tímido recuerdo de lo que era salud, energía, belleza, vida. Se acerca el gran paso y "todo debe estar en orden". La imagen del misterio también se alarga, crece hacia nosotros y llegará a cubrirnos. En ese momento se hará realidad, dejará de ser misterio y recibiremos el fruto de nuestra esperanza, "nos examinarán del Amor". En ese momento " el que sabe, sabe, el que no, no sabe nada". A Teresita el día le duró poco, pero se llenó de sabiduría, de la Verdadera Sabiduría.

 

 

12. Inquietudes de juventud.

 

Dios, siempre ha tenido un atractivo especial para mí desde la más tierna infancia. Pero era un desconocido, y yo, tímidamente sentía curiosidad por las cosas sagradas, por los misterios que emanaban de la observación del mundo y de las palabras de la Sagrada Escritura que nos explicaban en las misas dominicales. Iba a catequesis en la Parroquia y al Instituto, donde un sacerdote nos explicaba religión católica; mis padres me enseñaron a rezar y sobretodo a hacer el bien y despreciar el mal, y predicaban con su ejemplo. Me llegaban historias que ocurrían en los colegios religiosos, de personas que marchaban al seminario, de vocaciones de entrega fuera de la vida normal, y de alguna forma despertaban esta curiosidad en mí. No me conformaba con lo que leía en los libros de texto de religión.

 

Mi curiosidad iba más por descubrir la bondad de las personas normales, que no tenían vocación concreta (eso creía yo). ¿A que se debía la actitud de personas buenas, frente otras que engañaban, mentían, eran fanfarrones, soberbios...? Sabía que esa actitud era la verdadera y formaba un todo uno con la naturaleza, con el bien, con la verdad del mundo, con Dios. Me daba cuenta que debía enfocar mi vida en la búsqueda de esa coherencia, en la vida normal. Si formaba una familia, con los míos, en mi ambiente, enfocando mi futura profesión en poder ayudar a otras personas en materias para las que yo podría cualificarme altamente, en fin, llegar a hacer de mi vida un servicio a los demás. Dios actuaba silenciosamente en mí.

 

Estos pensamientos rondaban mi cabeza. Me esforzaba en estudiar, en obedecer a mis padres, me entretenía observando cualquier cosa, me imaginaba todo sobre mis observaciones, pues era un soñador, la música me transportaba a otros lugares maravillosos, y mi infancia era feliz. Me di por vencido de la falsedad del mito de la cigüeña con 10 años. Había visto parir a conejos, cerdos, vacas... pero eso de que nuestras madres se parecieran a las vacas, era para mi inaceptable.

 

Varios sucesos encauzaron esta etapa, pero lo primero era la disciplina, el cariño y la ayuda que recibía de mis padres. Los campamentos a los que acudía en verano, organizados por Don Víctor, el párroco de Infiesto, en parajes de los Picos de Europa y junto al mar; parajes solitarios donde se practicaba el orden, la disciplina, la responsabilidad, la supervivencia, la defensa ante emergencias…, todo eso en un niño de 11 o 12 años, era impactante; y después las charlas con Don Víctor y la confesión. Ahí me acostumbré a la confesión periódica.

 

La juventud siguió por los mismos derroteros: un chico tranquilo, tímido, buen estudiante, aficionado a la música moderna. Con mis amigos habíamos formado un grupo musical e íbamos de fiesta en fiesta sacando un dinero para pagar las guitarras y amplificadores. De paso nos divertíamos. Intentaba seguir siendo coherente sin transigir con lo que sabia que estaba mal. Iba a misa todos los domingos, me confesaba todos los meses y tenia una novia a la que respetaba y quería, con un amor de juventud.

 

Con 18 años me fui a la Universidad, comencé a descubrir otro mundo. Un chico de pueblo en un ambiente universitario, muy fuerte. Comencé a ir a misa todos los días, a ver sentido práctico a la idea de ser bueno, a secas, y ayudar a los demás, sin concretar. Seguía profundizando en mi fe, leyendo el Evangelio y libros espirituales, hablando con un sacerdote, etc., y dando forma a estos anhelos que sentía y que en el fondo eran anhelos de seguir a Dios, anhelos de santidad. Fue una etapa muy positiva.

 

Allí descubrí que el camino que intuía ya estaba abierto para todo tipo de personas en cualquier edad y estado, en cualquier trabajo honrado, inmersos en el mundo, sin salirnos de él, más bien, participando abiertamente en todas las actividades para las que Dios nos ha dotado, y luchando en hacer con perfección nuestras tareas de todos los días. Este camino era el Opus Dei, al que me adherí como miembro Supernumerario.

 

A partir de este momento las cosas comenzaron poco a poco a ordenarse en mi mente, adquiriendo sentido y lógica desde el punto de vista de la fe, muy rudimentaria al principio. Todas las cosas que había aceptado porque si, porque todo el mundo lo hacía o lo admitía, comenzaron a pasar por el filtro de la fe y la razón. Ya no estaba tan claro que tuviera que vivir de una determinada forma, dejándome llevar por la corriente o admitir ciertas cosas que flotaban en el ambiente. Eso suponía en momentos tener que plantar cara, algunos se reían de mí, pero otros me apoyaban. Veías como muchos jóvenes de mi edad se dejaban arrastras por ideologías de izquierdas, sin ningún fundamento, solamente porque estaba bien visto y era una forma de oponerse a lo establecido, pero sin usar la razón y analizar el porqué de las circunstancias actuales políticas, económicas, sociales, religiosas…, se oponían porque si.

 

Yo, que era muy sensible a la injusticia de todo tipo, tampoco estaba de acuerdo con la irracionalidad, la consideraba otra injusticia, y el dominio de las masas o el sentimiento de masas, los consideraba irracionales, pues no había debate serio previamente, sino, manipulación. Eso veía yo. No dudo de que pudiera estar equivocado, pero mi conciencia iba adquiriendo importancia y me servía para discernir.

 

En todo este debate, me quedé sin novia. Era una pena porque estaba convencido de que mi vocación pasaba por formar una familia, pero ya llegaría el momento. Seguía estudiando 3º de carrera y a mitad de curso llegó Teresa, la que sería con el tiempo mi mujer. No quería que me pasara como con la primera novia y me preocupé de que tuviéramos planteamientos parecidos en lo fundamental, sino, nunca llegaríamos a comprendernos del todo y no tendríamos futuro, pues surgirían problemas entre nosotros y en la educación de los hijos, algunos de muy difícil solución. Yo veía en ella una persona muy valiosa que podría avanzar mucho en su fe y… también, nos habíamos enamorado... Ella entendió la idea y comenzó a profundizar en nuestros planteamientos cristianos.

 

Una vez terminada la carrera, nos casamos, se inició para nosotros una nueva vida llena de ilusiones y fantasías.

 

 

13. Volvamos a la justicia perdida.

 

Hasta aquí he ido desbrozando sucesos y circunstancias que marcan una vida, que definen los signos de nuestros tiempos, los de cada uno. Estos sucesos, no son casuales las circunstancias en las que se desarrolla nuestra vida, tampoco. A nosotros nos corresponde discernir el sentido y significado de cada uno de los pequeños aconteceres del día, intervenir en ellos y marcar decisivamente el recorrido futuro de todos ellos. No es preciso saber con toda claridad como van a suceder, sino, por qué cauces van a discurrir, de manera que cualquier nueva prueba o circunstancia que Dios nos envíe, forme parte, sin sorpresa, del devenir de los acontecimientos a los que nos abrimos y asumimos como piezas que componen nuestro camino, del que conocemos el final, pero no los pasos intermedios, al menos no del todo.

 

El viaje por la vida nos permite descubrir bellos paisajes, inimaginables, innumerables experiencias, pero son muchos más los paisajes que no vemos y las experiencias que no vivimos. Existen muchas limitaciones propias de nuestra condición humana. Dios las supera todas y exige a cambio una fe inmensa en Él, sin titubeos. “Seremos dioses”, nos ha dicho, todo llegará, en su debido tiempo y momento. Como la luz de la aurora vence a la noche, así, los designios de Dios se verán cumplidos y bienaventurados los que puedan llegar a esa dicha.

 

Los signos de nuestros tiempos se van clarificando, por un lado siguen un camino de perversión de los valores más humanos y por otro un camino de prueba en la fe de los creyentes. Para muchos el camino es irreversible, la espiral no tiene salida posible, el mal se ha adueñado de su ser y no está dispuesto a soltar la presa. Las pruebas de los creyentes se presentan duras, muchos se dejarán contaminar y correrán la suerte del maligno. Otros vivirán el Amor en medio de tanto desamor, iluminando pequeños rincones de este mundo, luz que iluminará otros corazones y en medio de las tinieblas constituirá una esperanza en la regeneración de la semilla del mal, que no llegará a florecer sino que se volverá a marchitar para convertir sus anteriores maldades en buenos frutos.

 

No nos dejemos engañar: lo justo es lo injusto, lo moral es lo inmoral, lo sano es lo podrido, lo correcto es lo pervertido, lo absoluto no existe y el relativismo es lo inteligente. Este camino no tiene salida, huyamos de él. Volvamos a la justicia, aunque nos cueste la miseria económica, volvamos a la honestidad con la naturaleza, aunque nos cueste pagarle su tributo, volvamos a lo saludable, no a lo corrupto, aunque nos cueste el desprecio de muchos, salgamos de las perversiones, descontaminémonos hacia una vida limpia, aunque no tengamos un techo donde dormir, propaguemos a los cuatro vientos ¡Dios existe! y está aquí, aunque se mofen de nosotros.

 

Algunos dirán "depende", ¿depende de que?, de que Dios entre en mi juego. Sin comentario, ¡y a eso le llaman ser inteligente! Lo inteligente no es que Dios entre en nuestros planes, es entrar nosotros en los suyos, aportando todo nuestro buen hacer, nuestro sello personal, de personas libres que seguimos las sendas del Creador, convencidos de estar en la Verdad de este mundo.

 

 

14. Lo que impide llegar al bien supremo.

 

Esto es el Cielo: el perdón de un Dios bueno a sus criaturillas, la ternura de un Padre con un hijo minusválido y débil. La humildad nos lleva a esta relación íntima con Dios Padre, deliciosa, autentico anticipo del Amor eterno, de la felicidad para siempre, fin primordial de nuestra creación. Solo se opone a este fin el pecado, la visión sesgada de la realidad.

 

Voy a describir un tipo de persona de la que tenemos que huir como de la peste, y para ello cuento una tira grafica publicada en la prensa:

 

En un dibujo del gato Garfield, famoso por su filosofía de vida ególatra y comodona, aparecen tres viñetas:

 

Viñeta 1- Garfield a la derecha, ajeno a todo y con mirada indefinida, en el centro un pájaro relamiéndose del suculento bocado que tiene a su derecha, una araña asustada que pide socorro a voz en grito.

 

Viñeta 2- Garfield se acaba de zampar al pájaro, aun le salen las plumas por la boca, la araña, entusiasmada le dice ¡¡¡gracias, mi salvador, gracias!!!

 

Viñeta 3- Garfield, sin inmutar su gesto, ¡¡¡plaff!!! Aplasta a la araña de un pisotón.

 

Es muy grafico este ejemplo, puede ser aplicable a personas individualistas, que solo viven para si, sin importarles lo que sus acciones puedan afectar a los demás. No se inmutan si para sacar adelante sus intereses tienen que hundir física, psíquica o económicamente a otras personas. Inmersos en el relativismo moral, todo lo justifican, todo vale para conseguir sus fines -muy loables según ellos-, pero claro, alguien tiene que caer, por tontos -eso dicen-, pues se consideran más listos y..., los tontos no tienen derecho al éxito, ni a la vida, bueno, solo a la vida ruin y servil.

 

Creo no exagerar con expresiones como estas: "Yo estoy en otra galaxia comparándome con esta panda de despreciables, que como se muevan les machaco. Les dejaré vivir su cutre vida, no permitiré que nadie levante cabeza ni que me molesten, yo a lo mío". Es el colmo de la soberbia, de la inmoralidad y del despotismo. La pobre araña pide ayuda a un individuo de este pelaje, no existe en ellos la ayuda desinteresada, más al contrario, utilizan a los demás mientras les son útiles para sus fines, pero los destruyen cuando dejan de serlo, o les molestan.

 

Seamos positivos. Si confiamos en Dios y centramos nuestra lucha en la entrega desinteresada a los demás, compensaremos la acción de los que así actúan, porque, aunque pocos, se hacen notar en la sociedad, pues les gusta dirigirnos y especular con nuestros bienes. Pero la inmensa mayoría los desprecia y no dudamos que tendrán el merecido castigo de Dios, aunque aquí aparentemente todo les vaya bien. Se les ve a distancia, y ellos mismos se delatan por su hipocresía, pues así como "se le nota antes al mentiroso que al cojo", yo diría que antes se delata el hipócrita que el mentiroso, pues el primero hace el ridículo con solo tenderle una pequeña trampa a su "ego".

 

Nos ayudan a ser fuertes ante las insidias y calumnias y a poner la lucha en lo que de verdad merece la pena. Su ejemplo nos hace ver el contraste entre una persona de bien y otra atrapada por la vorágine del poder, el dinero y la miseria moral, entre una persona que aspira al Amor de Dios y otra inmersa en su propia idolatría, incapaz de salir de sí mismo.

 

Es muy extrema esta comparación, pero la mejor manera de comprender las posturas medias es entender las extremas. El Amor de Dios no es un extremo, es una realidad palpable que merece todo nuestro esfuerzo, sin embargo, los pecados como ofensa a Dios, a las criaturas y a todo lo creado, sí son extremos a los que no debemos llegar porque nos privan del bien supremo.

 

Por eso, no quisiera caer en sus manos, más prefiero que sus manos caigan muy lejos de mi y de persona alguna, y que no se levanten nunca. Que queden para siempre atadas con sus ruines planes. Salvo que se produzca un milagro y se conviertan al Dios de salvación, Él les sanará y les perdonará.

 

Pues la vida es elección, y cuando una persona libremente elige un camino, ya no existen para él los demás caminos. Duro tiene que ser toparse contra un muro, y comprobar que el camino elegido se acaba bruscamente, o que su final es un abismo de perdición. Pero para Dios no hay nada imposible.

 

Sabemos que Dios todo lo puede, hasta la conversión del más depravado, que le está esperando con los brazos abiertos, como al hijo prodigo. Necesitamos rezar para que se hagan realidad estos milagros. Dios busca conversiones de personas no conformes con su vida presente, dispuestas a cambiar hacia el bien, cueste lo que cueste. Dios se vuelca, como en la parábola del Buen Pastor, da toda su ayuda en el sacramento del perdón, y después a recomenzar, cuantas veces haga falta.

 

 

15. Lo visible y lo invisible

 

Hay personas que  solo ven lo que quieren ver, entienden lo que quieren entender, escuchan solamente lo que les interesa oír; las cosas toman en estas personas la forma del recipiente que las contiene, es decir, su propia forma, su gusto, su conveniencia; son moldeadas a su estilo.

 

No nos puede extrañar lo que dice San Juan en su Evangelio, que algunos, aunque habían visto muchos milagros, no creían en Jesús; hasta los mayores prodigios pueden ser mal interpretados, intencionadamente, pues…no conviene a sus intereses. El milagro es sólo una ayuda a la razón humana para creer, pero si faltan buenas disposiciones, si la mente se llena de prejuicios, sólo verá oscuridad, aunque tenga delante la más clara de las luces.

 

Carecían de buenas disposiciones aquellos fariseos que piden al ciego de nacimiento, a quien ha curado Jesús, una nueva explicación del milagro: ¿Qué hizo contigo? ¿Cómo te abrió los ojos? Y la respuesta del ciego descubre que los prejuicios de aquellos hombres les impiden entender la verdad; oyen, pero no escuchan.

 

Lo mismo ocurre con Pilatos: oye a Jesús estas palabras: “He venido al mundo para dar testimonio de la verdad. Todo el que es de la verdad, escucha mi voz. Entonces le preguntó el procurador romano: “¿Qué es la verdad?“ Y como no estaba dispuesto a escuchar, dicho esto volvió a salir fuera. Se vuelve de espaldas a Jesús, sin dejar tiempo a una respuesta que en el fondo no le interesaba. A Pilato no le interesa la verdad; quiere averiguar el modo de salir de aquel asunto, que le resulta incómodo.

 

A muchos fariseos su orgullo los dejó ciegos para lo esencial. De igual modo muchos hombres y mujeres se encuentran hoy también como ciegos para lo sobrenatural por su soberbia, por el empeño en no rectificar su juicio cargado de suspicacias, por su apegamiento a las cosas de aquí abajo, por su desmedido deseo de confort y de bienestar, por su hedonismo y sensualidad.

 

Si nos cerramos a determinadas cuestiones, estas siempre serán invisibles para nosotros, nunca podremos penetrar en ellas, ni ellas en nosotros. Pero si nuestra disposición ante Dios es abierta, el Señor, por caminos muy diversos y a veces insospechados, nos dará abundancia y sobreabundancia de señales para seguir avanzando en el camino que hemos emprendido. Tendremos la alegría de poder contemplarle en lo que nos rodea, en la naturaleza, en otras personas, en nuestro interior, en lo profundo de nuestra alma. Dios se ha hecho visible para nosotros y todo lo llena.

 

Jesús decía a sus discípulos:

 

A vosotros se os ha concedido conocer los secretos del reino de los cielos y a ellos no. Porque al que tiene se le dará y tendrá de sobra, y al que no tiene se le quitará hasta lo que tiene. Por eso les hablo en parábolas, porque miran sin ver y escuchan sin oír ni entender. Así se cumplirá en ellos la profecía de Isaías:

 

"Oiréis con los oídos sin entender; miraréis con los ojos sin ver; porque está embotado el corazón de este pueblo, son duros de oído, han cerrado los ojos; para no ver con los ojos, ni oír con los oídos, ni entender con el corazón, ni convertirse para que yo los cure."

 

¡Dichosos vuestros ojos, porque ven, y vuestros oídos, porque oyen!” (Mateo 13, 10-17)

 

¡No estamos seguros de querer ver! ¡No estamos plenamente dispuestos a querer ver!, a afirmar al menos que existe una serie de razones y de sucesos que descubren la presencia de Dios en nuestra vida. Sabemos que para ello se precisará un esfuerzo, hablar valientemente con un buen sacerdote o persona de confianza, y luchar decididamente para desprenderse de toda rémora, de pasiones que tiran hacia el polvo de la tierra; es necesario purificar el corazón de amores desordenados para llenarlo del amor verdadero que Cristo ofrece.

 

Si quitamos el velo que cubre nuestros ojos, se hará la luz, veremos con nitidez.

 

 

Y ¡Oh dichosos!

resulta que a los que ven con nitidez,

y luchan,

y no cejan,

y perseveran en la lucha,

 

Dios les hace ver más claramente sus maravillas,

y no dejan de alucinar,

pues el avance espiritual nunca acaba,

y cada vez es más,

y continuamente sorprende

 

¡Oh maravilla!

El amor de Dios se desborda en nuestra pobre alma.

Y gritamos:

¡Señor, que no te he pedido tanto!

Y escuchamos:

"yo doy lo que tengo. ¡Maravillas verás y no te saciarás!”.

 

El secreto está en perseverar hasta el final.

 

 

16. Un alma en busca de Dios

 

Mi alma se había adentrado en la búsqueda de Dios en lo cotidiano de la vida diaria de una persona normal, como muchas otras que sin apartarse del mundo, de la profesión, de la familia, de los suyos, inmersa en las batallas de todos los días, intentaba encontrar a Dios en todo ello.

 

Me había casado con Teresa, nuestra familia aumentaba, el día no me llegaba para hacer todo lo que debía, el dinero tampoco, y la aventura adquiría visos de no ser fácil. Los signos de los tiempos no eran muy favorables, pronosticaban grandes contradicciones e incomprensiones por parte de muchos, incluso de personas que lo hacían “en nombre de Dios”. La prudencia humana.

 

Yo buscaba a Dios en mi trabajo, en mi familia, en mis amigos y en todas las personas que me encontraba a lo largo del día. Fui descubriendo los momentos de Dios, que cada momento tiene su acto de amor a Dios, hecho de infinitas formas: una llamada de teléfono, un momento familiar entrañable, un encuentro, una gestión determinada, una palabra al cruzarme con otra persona, un servicio que pasa desapercibido, un esfuerzo final para rematar un informe, una conversación con un hijo... Actos de amor al Creador a través de la cotidianeidad en lo creado, que se engarzan uno detrás de otro y componen nuestro camino de perfección.

 

Ningún momento es inoportuno ni inútil, ningún momento se pierde, Dios saca maravillas de las cosas más aparentemente prosaicas y sin importancia, convirtiendo esos momentos vividos con amor en pequeñas joyas. Desconocemos el valor sobrenatural de esos instantes que pueden cambiar una vida. Nosotros damos el paso, Dios hace el resto y con el tiempo llegaremos a saber el bien que hizo en un alma aquel insignificante y espontáneo acto de amor a Dios.

 

 

Señor, se que pasas cerca de mi todos los día muchas veces.

Quiero descubrir esos momentos,

descubrir tu huella en las cosas cotidianas,

tu providencia en mi encuentro con otras personas,

tu presencia en ellos,

tu voluntad en los aconteceres tristes y alegres de cada día,

tu amor de Padre en las contradicciones.

Quiero responderte a estos detalles de cariño y amor

con que salpicas todos los instantes de cada día.

 

 

De alguna manera, iba centrando mi caminar por la vida en la entrega a lo que Dios me pedía, desechando otras opciones que podían prometer mejores perspectivas económicas y profesionales. En lo sencillo, en lo cotidiano, en el esfuerzo personal diario para hacer mejor las cosas, en la rectitud de intención para no hacerlas solo por aparentar, en no buscar el reconocimiento y la alabanza, en admitir las críticas, en pedir consejo y ayuda, en mejorar mi formación como profesional, en rezar, en formarme en mi vida espiritual, en frecuentar los sacramentos, en mi actitud de servicio, etc. En todos estos aspectos centraba la lucha con constancia, sin prisa pero sin pausa.

 

Estaba convencido de que Dios quería eso de mi, y no otras cosas que en principio podían ser más eficaces apostólicamente ayudando a los demás allí donde lo necesitan, pero lejos de mi lugar.  Sabía que mi llamada era esa. Dios me lo había hecho ver de muy diferentes maneras, y yo me había comprometido con Él a intentarlo con todas mis fuerzas.

 

 

17. La manzana

 

“Hay que fomentar virtudes, no erradicar defectos”. Este dicho tan sabio, tiene una enorme trascendencia en la educación de los hijos. Pero ¿que ocurre cuando el defecto ha echado raíz?

 

Voy a narrar un sucedido ocurrido en mi casa, con mis 6 hijos, de edades entre 8 y 18 años. Eran niños como todos, que hoy se pelean y mañana están como si nada. Yo -estaba viudo en ese momento- intentaba seguir inculcando virtudes en ellos, las que para su madre y para mi eran importantes.

 

Un buen día observo antes de comer que en el frutero había una manzana "la manzana" con un mordisco y colocada tal cual, como si nada. Pregunto en voz alta para que todos me oigan: ¿quien ha mordido esa manzana?, mutis, no hay respuesta. Insisto: ¡repito que quiero saber quien ha mordido esa manzana!, silencio, cada uno está a lo suyo y no oyen. Vuelvo a repetir: ¡hay mucho sordo en esta casa, ya veo, pero me gustaría saber quien ha mordido esta manzana!, nada, desesperante. ¡Bueno, estaré por aquí hasta la hora de comer y si alguien de manera reservada quiere decirme algo, yo le escucho!

 

Quería facilitar la autoinculpación, nunca la delación, no lo admitiría, puesto que el objetivo era que uno se sintiera arrepentido y reconociera su mala acción.

 

Pasaba el tiempo y nada había variado, las mismas posturas, las mismas actitudes, todos esperaban la hora de comer para moverse. Llega ese momento, nos sentamos, colocamos en la mesa los humeantes espaguetis con tomate, y antes de bendecir la mesa les digo: ¡no empezaremos a comer hasta saber quien ha mordido esa manzana! Caras de sorpresa, nadie había sido; me levanté para esperar en la sala hasta que alguien me dijera algo, pero advirtiendo antes:

No voy a castigar a quien lo haya hecho, ni siquiera a reñirle, simplemente le colocaré la manzana junto a su plato y ese será su postre, para que termine de comérsela y aprenda que las cosas no se dejan a medias. Quería suavizar lo más posible el asunto y hacerles después algún comentario sobre la virtud de la sinceridad.

 

Se quedaron discutiendo entre ellos que ya esta bien, ¡el que haya sido que lo diga!, nadie había sido, y los espaguetis tan buenísimos se estaban enfriando. Al poco, me levanto, recojo la fuente de espaguetis y los llevo a la cocina. ¡Ya se ha pasado el tiempo de comer, se acabo la comida, hasta la merienda, y que no vea a nadie rondando por la nevera! Caras largas, de incredulidad, de enfado -no se con quien-, cada cual a lo suyo.

 

Llegó la hora de merendar, seguía allí la manzana, yo no tenia noticias y los bocadillos se ausentaron, mejor dicho, ni siquiera he tenido que prepararlos. Para el que tenga sed, ahí está el lavabo. Hasta la cena.

 

A la hora de cenar, estaban más callados, pero observaba unas miradas entre ellos, no se si acusatorias o de complicidad. Se quejaban de que tenían hambre. ¡Pues uno de vosotros es el responsable de vuestra hambre, y parece mentira el poco cariño que os tenéis, no parecéis hermanos porque os importáis un rábano uno a otro...! Se iban compungiendo cada vez mas hasta que uno ya no pudo más y exclamo entre lagrimas ¡yo he sido!, ¡a ver si así se acaba todo esto!

 

Yo sabía que no era, pero tenía que ser cauteloso. ¡Bueno, me agrada mucho tu buena voluntad, pero tengo que comprobarlo!, le hice abrir la boca y colocando la manzana junto a sus dientes, les dije ¡estos no son sus dientes!, ¡el mordisco es de otra persona! Se quedaron pensativos hasta que alguien dijo: ¡Papa, puedes ir comprobando a cada uno y así sabrás quien es!, a lo que yo contesté ¡no!, os considero personas que sabéis qué es la sinceridad, la lealtad y la fraternidad, solo espero que el que haya sido, nos pida disculpas, a mí y a vosotros. ¡Pero papa, por lo menos al que ya sabes que no es, le dejaras cenar! ¡No!, ya veis que yo tampoco he comido ni merendado, ni cenaré si el que lo ha hecho no es sincero y leal con todos nosotros, ya no es una cuestión de estomago, es para que aprendáis a no ser egoístas y penséis en los demás. El asunto se quedó así, les he dejado cenar algo, sobretodo agua, y todos a dormir.

 

Esa noche no podía conciliar el sueño pensando en que las virtudes se fomentan para que esto no ocurra, pero una vez que alguien adquiere el vicio de, por ejemplo, no ser sincero, actuar solo en beneficio propio y no decir las verdades que le puedan perjudicar, entra en una dinámica de relativismo muy peligrosa, que puede repercutir negativamente en su futuro. Me daba igual que tuviese 8 o 18 años, era un mal comienzo.

 

La historia parece ridícula: una manzana, pero me defraudó mucho el asunto y en lo sucesivo he intentado hablar más con mis hijos de estos conceptos, basándome en el dicho de mi padre "prefiero ser engañado antes que dudar de una persona", quien miente está traicionando la confianza que se deposita en él, pues la mentira es el fundamento de la desconfianza. Un niño miente para que no le descubran que ha cogido una chocolatina, y si no pasa nada, volverá a hacer lo mismo otra y otra vez. Cuando es mayor, mentir es muy grave porque no solo miente cuando le conviene, alterando la realidad de las cosas, y llegando a pensar que todos hacen lo mismo. Así el mundo sería un infierno, un engaño, todo relativismo, apariencias, el mundo que por desgracia vive mucha gente de hoy.

 

Por eso les hablé de actuar siempre con rectitud de intención -la buena voluntad está por encima de las buenas obras-, cara a Dios, con sinceridad y mucha paz interior; que no actúen pensando en ¡que dirán! o en quedar bien cara a los demás. Que lleguen a ser hombres y mujeres que no mienten jamás, ni en asuntos de poca importancia, que rechacen de sus vidas lo que tiene sabor de disimulo, de hipocresía, de falsedad, y que sepan rectificar cuando se han equivocado.

 

Confío que Dios ayude a mis hijos a conseguir ese objetivo. Todo comenzó por una manzana.

 

 

18. Sensaciones y realidades

 

Siempre he tenido la sensación de no haber estado casi nunca satisfecho en mis situaciones –gracias a Dios, en la actualidad ya no es así-, las que el destino me deparaba, en mis circunstancias del momento; la sensación de sentirme como si esas situaciones fueran provisionales, que no iban a llegar a ser definitivas, como si tuviera que haber una segunda parte, un cambio, algo que mejorara el presente.

 

Quizás eran imaginaciones mías, pero de lo que estoy seguro es de haber vivido estas sensaciones muchas veces, acaso demasiadas, y estoy convencido que con el tiempo han ido creado ansiedad en mí.

 

También me venía la sensación de haber sido en demasiadas ocasiones un perezoso, un cobarde para sumergirme a fondo en las situaciones que la vida me iba deparando, quizás por miedo, quizás por indecisión, quizás por cansancio. De haber jugado al juego del amor con los míos, ignorando su verdadera profundidad y misterio, sin haber sido del todo consciente de la entrega total que ello conlleva.

 

Sin embargo, pienso que gracias a Dios, solo eran sensaciones y analizaré la parte de certeza que puedan contener; porque, también es justo reconocer que me he volcado con mi esposa, con mis hijos, con mi familia, en mi trabajo profesional, en la búsqueda de Dios, de mi identidad y la de los míos.

 

He querido ser condescendiente con todos sin saber decir que no, he querido colaborar, participar, estar disponible para todos, todo me parecía bien. Pero llegaba un momento que el voluntarismo me impedía ser realista y me agotaba, entonces venía el pinchazo y el desinfle. Parecía que me quedaba expectante, poco participativo y aparecían las sensaciones que he mencionado.

 

También me asaltaba la imaginación con frecuencia en dos aspectos: uno, sugiriéndome que lo que estaba haciendo se podía hacer de otra forma, lógicamente para mejorar lo presente, pero, en definitiva, alterando el buen resultado, porque eran ideas menos elaboradas y no compensaba el cambio. El segundo aspecto del asalto imaginativo consistía en sugerirme otro asunto que nada tenía que ver con en que me ocupaba, en el que estaba centrado, con el consiguiente descentre y progresiva ausencia por mi parte, por no decir absentismo. De todas maneras, opino que es positiva la imaginación cuando hay un claro orden de prioridades, y puede ser un buen freno a la intransigencia.

 

Es un error querer contentar a todos. Me he dado cuenta hace años de ese aspecto. Es de cobardes tener miedo a decir que no, a oponerse claramente a los postulados de otra persona, ¿miedo a una respuesta airada? Es un error la falta de claridad en la propia postura ante un asunto. El que calla otorga, el que calla no dice nada, el que calla no opina. Esta última ha sido muchas veces mi postura, ¿por desinterés? ¿Por no discutir?

 

Mi carácter tímido me lleva a evitar los enfrentamientos verbales, en los que casi siempre soy superado y no por falta de argumentos, más bien por aplastamiento del contrario y falta de tiempo para coordinar mis ideas; es decir, en la mayoría de los casos, por exceso de verborrea. Otras veces se hablan idiomas diferentes y como no existen traductores, las conversaciones se convierten en monólogos, sin llegar a resultados ni conclusiones. Considero que la vida no es tan compleja y con pocas palabras y más hechos, se resuelven los conflictos.

 

Se puede deducir que me dejo dominar con facilidad, aunque después actúe según considere oportuno; no es que falte a mi palabra, es que en el momento no soy capaz de comunicar mi decisión, pues no se me da el tiempo que necesito. Por eso me encuentro más identificado con personas que respetan el dialogo, que hablan y dejan hablar, que escuchan y razonan según dos argumentaciones, no solo con la suya, que no tratan de imponer, y por eso, tampoco tratan de dominar.

 

Nunca he sido un buen tertuliano, no tengo la capacidad de otras personas, siempre me ha gustado más ser investigador que relaciones públicas. No comprendo la política, no estoy al día en muchas cuestiones: fútbol, literatura, música..., me interesa más lo científico, pero tampoco me dedico a ello. En fin, un día me dijo un amigo al que quería explicarle una cuestión política: "si te dedicaras a la política, ganarías muchos adeptos, pero para el partido contrario". Ya se ve que tampoco tengo capacidad de convicción. Los tímidos generalmente somos sosos y poco expresivos ¿Y que puedo hacer yo con todo esto?: sobrevivir. Tengo alguna cualidad buena, pero creo que no soy el más adecuado para hablar de ellas.

 

Dios se sirve del roce con los demás para pulir las aristas de nuestro carácter, y para ello nos pone a veces junto a otras personas para que seamos más canto rodado. No quiero hablar de esas personas, pero le doy muchas gracias a Dios por ello, aunque me haya costado. He intentado mejorar y trabajar bien; puede que no vea los frutos, llegarán y quizás otros los recogerán.

 

La entrega a los míos siempre la he considerado como un estar disponible, pendiente de cada uno, sin ingerencias ni proteccionismos por mi parte, enseñando a pescar en vez de darles el pez, inculcando inquietudes, enseñando a respetar y a pensar en los demás, enseñando a convivir y a no querer ser protagonista ni la salsa de todo, poniendo nuestras convicciones y valores espirituales como guía de nuestro actuar, buscando la paz interior, estando en paz con Dios. Otras personas pueden tener criterios diferentes, todos son respetables y se debe exigir respeto al de cada uno.

 

Voy a contar un suceso muy significativo:

 

Iba Teresa en su coche Citroën 2CV, por cierto, un coche para gente encantadora, sin estrés, pues nunca te permite tener prisa. Bien, iba en su coche, y vio a su amiga Mary que había hecho un alto en una esquina de la acera, contemplando ensimismada.

 

¿Que haces aquí, Mary? ¿Yo?, ¡estar!, le contestó sorprendida de que le hiciese esa pregunta, puesto que era obvio.

 

¡Estar!, para muchos es pérdida de tiempo, para otros puede ser recuperar el tiempo perdido, y para otros aprovechar al máximo el tiempo en lo más importante: la contemplación. Seguro que Mary estaba en este tercer estadio. Se oxigena el espíritu, elevamos nuestra mente si la tenemos pegada al suelo, soñamos, creamos hilos conectores de nuestra realidad mundana con Dios, nos transformamos, nos endiosamos.

 

Yo he buscado esos momentos con todas mis fuerzas, y puedo asegurar que pocas veces los he tenido. Me he diluido en los quehaceres del mundo, mirando poco hacia arriba. Todo me absorbe, no soy capaz de despegarme -que no es dejadez ni irresponsabilidad- y contemplar el mundo desde otro prisma, una necesidad del espíritu que nos sitúa en la realidad del hombre, cuerpo y alma. He buscado la paz, muy alterada en mi caso. ¿Como puedo transmitir paz si no la tengo yo en mi interior? Si solo tengo angustias e inquietudes, trasmitiré angustias e inquietudes. Gracias a Dios esa etapa ya ha pasado.

 

En este momento siento la paz que da la lucha, el deber cumplido -hasta ahora-, y la confianza de que Dios me permita llegar hasta el final en paz.

 

 

19. Dios siempre sorprende, si le dejamos.

 

“Conoce el buey a su dueño, y el asno el pesebre de su amo. Israel no conoce, mi pueblo no discierne”. (Is. 1,3)

 

Muchos no creen en la Providencia porque nunca la han experimentado, y no la han experimentado porque nunca han dado el salto en el vacío, el salto de la fe, no le dejan a Dios la posibilidad de intervenir en sus vidas: lo calculan todo, lo prevén todo, tratan de resolverlo todo por sus propios medios en lugar de contar con Dios.

 

Creen, entre otras muchas cosas, que es una insensatez tener una familia numerosa. Es cierto que la sociedad actual ha puesto muy difícil sacar adelante una familia tan grande, pero Dios pide que no pongamos trabas a la vida, que seamos generosos, y “lo que Dios nos pide está siempre por encima de nuestras posibilidades naturales”. Si pensamos con lógica humana nos salen como muchos dos hijos, más es una locura; pero Dios supera toda lógica humana y debemos contar con Él, si no, nada cuadra, la vida misma no cuadra.

 

Falta fe, y sin ella el mundo se convierte en luchas de poder, de poseer, de dominar, no controlaremos la barbarie, las tremendas desigualdades, el afán de dominio y sometimiento de unos sobre otros. No habrá paz en nuestro interior, pues esta proviene de la justicia y la justicia proviene de Dios. Por eso, la verdadera paz solo la da Dios, el mundo nunca podrá darla, seria un espejismo, una apariencia de paz.

 

Si somos honrados con nosotros mismos, deberíamos darle a Dios una oportunidad, pues aunque no creamos en su existencia, Él si cree en nosotros y cuenta con nosotros, y nos podemos llevar una sorpresa si le dejamos intervenir en nuestra vida, aunque sea por un poco de tiempo. ¡Dios siempre sorprende cuando acudimos a Él de buena fe!

 

Yo tengo una fe muy titubeante, pero en momentos concretos le he pedido a Dios insistentemente ayuda, y Él me ha respondido. Voy a contar uno de esos favores concedido a mi hijo Roberto, al poco de nacer:

 

Su madre, Teresa, observaba que el bebé tenía la pupila de los ojos menos nítida que otros de nuestros hijos con esa edad. En la visita al pediatra le comentamos si era normal. Observó detenidamente al niño y cambió de semblante. Nos dijo que podía ser muy grave, llamó a un oculista que nos recibió al momento.

 

Se confirmó la gravedad, el niño tenia glaucoma congénito en ambos ojos, con una tensión ocular altísima, pues llevaba cuatro meses sin drenar, desde su nacimiento, y había que operarle inmediatamente. Tendría los ojos dañados y de seguir así, con ocho meses o un año se quedaría ciego por la presión sobre el nervio óptico. En esos tiempos, solo se podría operar en Barraquer -Barcelona- o en Estados Unidos, pero en ambos sitios tardarían meses en cogerlo y para entonces el niño si no estaba ciego, ya tendría una lesión muy importante. El oculista nos dijo que no podía hacer nada más, por mucho que se lo pidiéramos.

 

Nos quedamos sin saber que decir, con el corazón encogido, Teresa lloraba y encomendábamos a Dios la suerte de nuestro hijo. Mientras el oculista redactaba el informe, nosotros en la sala de espera con Roberto en brazos, no salíamos de nuestra congoja y seguíamos rezando. Dios nos escuchó.

 

No habíamos reparado en un joven que también era oculista -estaría haciendo prácticas- y no dejaba de observarlo todo. Conmovido ante la escena, salió escalera abajo en nuestra búsqueda. Nos llamó, nos pidió cautela con su información, pero que efectivamente íbamos a tener dificultades en ambos sitios, y si así era, él conocía un oculista que había operado durante diez años de glaucoma en Barraquer, pero ya no estaba allí, y nos dio su teléfono.

 

Todo fue providencial, en Barraquer nos daban cita para tres meses, a Estados Unidos no llamamos -nuestras disponibilidades económicas eran muy justas, aunque hubiéramos ido de no tener otra salida- y llamamos al teléfono que nos había dado.

 

Seguíamos rezando, y Dios cuando ayuda, se vuelca. Le contamos la historia por teléfono al oculista e inmediatamente salíamos en coche hacia Santander mientras él reservaba el quirófano y preparaba todo lo necesario. Una vez allí le hizo muchas pruebas y comentó que era una operación delicada por la dificultad de acertar a la primera y en cada ojo, que habría que hacer varias intervenciones lo más seguidas posible hasta corregir el drenaje de los ojos, el tiempo iba en nuestra contra, pero había que ser optimistas.

 

Nosotros transformábamos el optimismo en fe y seguíamos rezando intensamente. Dios continuó escuchándonos. La operación fue un éxito. A la primera había acertado, y en los dos ojos.

 

En sucesivas observaciones, el oculista tenía reservado el quirófano para intervenir, pero nunca era necesario, había quedado bien “a la primera”, hasta que se estabilizó del todo, y dejó de reservar quirófano. “Este niño está perfecto, se han regularizado los ojos del todo y lo que es más importante, apenas tiene secuelas, son imperceptibles, su visión será normal”

 

Gracias a Dios, salimos de este trance. Nos escuchó, porque intentamos rezarle con el corazón y con nuestra fe imperfecta. Dios escucha a los que se dirigen a Él con humildad, aunque su fe sea muy escasa o ninguna:

 

 

Señor,

no se si existes,

si es verdad que has hecho todo lo que ven mis ojos,

si yo existo porque te has fijado en mí y me has querido,

ojalá sea cierto,

lo deseo con toda mi alma,

te pido que me des fe para creer en ti,

para llegar a conocerte,

para llegar a quererte.

 

 

No escucha a los que confunde la oración con palabras y palabras, pero que no salen del corazón:

 

“…si no escuchas lo que dices con tus palabras ¿pretendes que te escuche Dios?” (Fray Luis de León)

 

 

20. Historia de Amor

 

Nuestra vida, nuestra existencia, es la historia del Amor de Jesús. Nuestro Dios, une su suerte tan íntimamente a la de los hombres, que cualquier cosa que se haga por otro, por Él se hace. Sufre ante esta falta de correspondencia de los que no creen en Él, se vuelca con ellos, les habla con compasión, con verdad, pero muchos cierran su corazón al Amor.

 

Hay pasajes en el evangelio (Juan 5,36…, y otros más), donde se aprecia esa tristeza profunda de Jesús por la falta de fe, la incredulidad, el desprecio de su testimonio... Se vuelca con sus discípulos, en los que estamos representados todos los creyentes, les llama "hijitos míos", se enternece con ellos, se aflige y busca su intimidad; escenas muy humanas pero muy dramáticas de un Dios incomprendido y despreciado. Por eso nosotros tenemos que darle todo el consuelo que podamos con nuestra fidelidad y correspondencia, pero si el amor propio nos lleva a despreciarlo, el lance de amor se decanta hacia seductores señuelos, que nos atraen y son nuestra perdición. Es una historia triste que acaba con la muerte en esta vida terrenal, pero hasta ese momento se le puede dar la vuelta con un decidido golpe de timón. Nuestra voluntad y nuestra capacidad de amar tienen la palabra.

 

El Amor de Dios es un gran misterio, es el motor de la vida, y para nuestro gozo, no es un Amor inaccesible, es humano, como el nuestro, pero con la sensibilidad, el cariño y la entrega infinita de Jesús, perfecto Dios y perfecto Hombre.

 

"El Señor es mi pastor, nada me falta.

Me hace recostar en verdes praderas

Y me lleva a frescas aguas...."

(Salmo 23)

 

Están ciegos los que no quieren verlo, ni seguir sus pasos. La Verdad de esta vida está en el Amor de Dios, no hay otro camino tan auténtico; cualquier otro camino sigue la senda de la huida de Dios, de la pérdida de Dios para las personas que por ellos transitan. El amor a Dios redime a la persona y a su inteligencia limitada, hace inteligible la Verdad definitiva sobre el mundo y sobre Dios.

 

Esta maravillosa historia de Amor, origen de toda Creación, amarga y dulce, apasionada y apasionante, ha tenido, tiene y seguirá teniendo a lo largo de la vida de este mundo, paralelas historias de correspondencia de las criaturas hacia su Creador. Historias de amor imperfecto, pero que enternecen la Santa Humanidad de Jesús, que espera como el Padre del hijo pródigo una mínima respuesta de nuestros corazones.

 

Muchos santos canonizados e innumerables personas sencillas, desconocidas para los hombres, con una vida santa que solo Dios conoce, hacen las delicias del Señor. Todos podemos descubrir personas que pasan por esta vida sin meter ruido, pero dejando una estela de paz, de entrega, de buen aroma, de fe y de amor que Dios percibe, agradece y recompensa de la mejor manera que solo un Dios puede hacer.

 

 

El 23 de octubre de 1.993, me encontraba en la habitación de la Clínica de San Juan de Dios con mi esposa Teresa. Debía comunicarle los resultados de una biopsia; no quería ocultarle nada, pero le quedaban tres meses de vida. No encontraba la forma de decírselo. Tere está contenta, aunque sospecha algo, y “no debe ser bueno”, pensaba.

 

- Mariano ya tiene los resultados de la biopsia -comencé a decirle-. Lo que tienes no es nada bueno.

 

- ¿No es bueno?

 

- No. Es un tumor maligno. Hay que operarlo rápidamente. Existen muchas posibilidades de que salga bien y no se extienda más.

 

Sin cambiar en nada la expresión serena de su cara, quedó unos momentos pensativa y después me comentó:

 

- Y si no, será porque Dios ha decidido que me tengo que ir... Espero haber cumplido bien mi misión... Ahora te toca seguir a ti.

 

De esta manera me ponía más fácil darle todo tipo de explicaciones. Su aceptación era envidiable.

 

- Tere, te vas al Cielo. ¡Qué suerte!, le decían dos meses después alguna de sus amigas, cuando ya no había nada que hacer y el tumor estaba invadiéndole todo el cuerpo.

 

- Ya entiendo que me tengas envidia.

 

- Allí estará Teresita, esperándote, y ya verás qué felicidad.

 

- Qué felicidad no, es la Felicidad, con mayúsculas. Hay que ser muy fieles para ir al Cielo. Yo lo he intentado siempre. Por favor, sed fieles, para que nos encontremos allí. Sed fieles, no hagáis tonterías, sed fieles y con eso ya está todo. Os puedo asegurar y os aseguro que no miento; me estoy muriendo y no lo haría, que vale la pena, que ser fieles a Dios es lo único importante.

 

- Pero Tere, ¿no te angustia dejar a tus hijos, a tu marido?

 

- Os quiero aclarar una cosa: yo no dejo ni a Roberto ni a mis hijos. El Señor me llama a su lado, y yo voy. Si abandonara a mi familia para irme a América, entonces les estaría abandonando efectivamente, pero en este caso el Señor me llama y yo me apresuro a ir a su lado. Esta felicidad que yo siento, no os la puedo explicar, porque no la entenderíais. Vosotros los terrenos, basáis vuestra felicidad en la primitiva, en un coche nuevo, en unas buenas notas de los hijos..., y esa no es la felicidad. La felicidad total y absoluta, es la que tengo yo en estos momentos, es la Felicidad Eterna.

 

- Tere, ¡que suerte!, respondieron.

 

- No, suerte no. Eso es un trabajo día a día desde hace muchos años.

 

Poco antes de entrar en coma, le preguntaba:

 

- Tere, ¿por qué sonríes?”.

 

- Estoy muy contenta, he perseverado, he perseverado hasta el final, Jesús me lleva con Él, veré a la Virgen, a todos los seres queridos…

 

A los pocos días, fallecía, tenía 37 años, era el 19 de enero de 1.994.

 

 

Es un sencillo ejemplo de la muerte santa de una persona que, en vida intentó cumplir la voluntad de Dios, y llegó a saborear su Amor, y Él la llevó joven, como si tuviera prisa por poseerla en su plenitud y eternizar el instante.

 

Su muerte edificó a muchas personas, y ha dejado un perfume en el ambiente que perdurará por mucho tiempo: el aroma de lo eterno, del Amor.

 

La vida está formada en su esencia por infinidad de historias de Amor en correspondencia al Amor de Jesús, que nos amó primero. Estas historias no salen en los medios de comunicación, solo interesan a Dios y a la gente sencilla que capta con ternura estos “idilios”.

 

Un alma que sabe reconocer a Dios en los sucesos más normales de una vida corriente, va descubriendo los signos de los tiempos, se va enamorando del Señor, admirada de su misericordia continua con los hombres, y en el momento final de la vida, reconoce a su Señor que viene, con la paz y esperanza de Teresa, ilusionada de ir a su encuentro. Millones de personas “desconocidas” están gozando del Amor de Dios en el cielo. Ojalá seamos nosotros contados entre ellas. Solo falta un instante.

 

 

21. Todo ocurre para nuestro bien

 

Todo cuanto nos ocurre a nosotros y en nuestro entorno, por insignificante que parezca, tiene su sentido, lleva consigo un signo, positivo o negativo, que discernimos al momento, y este sentido se encadena en nuestra vida como un eslabón más, como un suceso importante para nosotros, con independencia de cual sea su signo.

 

Una acción negativa unida a otra positiva, puede ser más grata a Dios que una sola acción positiva pero mediocre. "Porque eres tibio, y no eres ni frío ni caliente, estoy para escupirte de mi boca”, nos dice San Juan en el Apocalipsis.

 

"un jefe en el campo de batalla estima más al soldado que, después de haber huido, vuelve y ataca con ardor al enemigo, que al que nunca volvió la espalda, pero tampoco llevó nunca a cabo una acción valerosa" (San Gregorio Magno).

 

No sólo se santifica el que nunca cae sino el que siempre se levanta. Lo malo no es tener defectos -porque defectos tenemos todos- sino pactar con ellos, no luchar. Cristo nos cura como Médico (en el Sacramento de la Confesión) y luego nos ayuda a luchar, a convertir esas acciones negativas en positivas. Jesús saca bien del mal, envía males que transforma en bienes para otros -y en consecuencia, para nosotros mismos-, porque sabe que cuenta con nosotros, con nuestra capacidad de realizar acciones positivas. Pero solo Él es capaz de hacer esa transformación, cuando le correspondemos con nuestro amor, con nuestra entrega incondicional.

 

San Juan de la Cruz nos dice: "El Amor sabe sacar provecho de todo, del bien como del mal que encuentra en mí, y transformar en Él todas las cosas".

 

“Se cuenta de un alma santa que al ver cómo todos los sucesos le eran contrarios y a una prueba le sucedía otra, y a una calamidad un desastre mayor, se volvió con ternura al Señor y le preguntó: Pero, Señor, ¿qué te he hecho?, y oyó en su corazón estas palabras: Me has amado. Pensó entonces en el Calvario y comprendió un poco mejor cómo el Señor quería purificarla y asociarla a Él en la redención de tantas gentes que andaban perdidas, lejos de Dios. Y se llenó de paz y de alegría”. (Garrigou-Lagranje)

 

“El camino de la pobreza, es decir, de estar realmente desprendido de las cosas de este mundo, es también el camino del amor, es el más eficaz para hacernos crecer, para ir adquiriendo progresivamente todas las virtudes y para purificarnos de nuestras faltas. Dios será nuestra riqueza…. Sólo el amor es fuente de crecimiento; sólo él es fecundo; sólo el amor purifica profundamente del pecado, saca bienes del autentico mal que es el pecado…. Alcanzaremos la santidad el día en que nuestra impotencia y nuestra nada no sean un motivo de tristeza y de inquietud para nosotros, sino un motivo de paz y de alegría…. (La paz interior, Jacques Philippe)

 

Cuando San Agustín cita la frase de San Pablo: "Todo coopera al bien de los que aman a Dios", añade: "¡incluso el pecado!", porque nuestros pecados se han convertido, para nosotros, en una fuente de humildad. Para ello, necesitamos saber distinguir el auténtico arrepentimiento, el verdadero deseo de corregirnos -que siempre es tranquilo, apacible y confiado; no nos quita la paz-, del falso arrepentimiento, de esos remordimientos que nos conturban, nos desaniman y nos paralizan, fruto de nuestra soberbia.

 

Las caídas "no nos deben quitar la paz", nos hacen reconocer nuestra fragilidad, que solo con Jesús podremos vencer, pidiéndole nuevamente su perdón. Y a recomenzar con más empeño, sabiendo que cualquier suceso, sea bueno a malo, ocurre para nuestro bien. En muchos casos no lo entenderemos, pero con humildad, lo aceptamos y seguimos caminando más conscientes de que solos nada podemos hacer. “Sí, incluso los pecados, de los que Dios en su bon­dad nos defiende, contribuyen al bien de los suyos. David no hubiera estado nunca tan lleno de humildad si no hubiera pecado, ni Magdalena tan amante de su Salvador, si Él no la hubiera perdonado tantos pecados, y nunca se los hubiera perdonado si ella no los hubiera cometido. Si Dios os hace caer, como tiró a San Pablo por tierra, es para elevaros has­ta su gloria”. (San Francisco de Sales)

 

En la vida cotidiana, ocurren hechos que a veces nos caen como un jarro de agua fría, pero con el tiempo nos vamos dando cuenta de lo positivo de ese momento vivido a contrapelo. Todos tenemos infinidad de casos que podríamos contar, pero lo importante sigue siendo nuestra confianza en que la finalidad de estos sucesos forma parte de nuestro destino en Dios, y si nos oponemos o los alteramos, estamos variando el curso de ese destino, normalmente para peor,  aunque Dios se adapta y acepta nuestras decisiones libres.

 

Cuantas veces no aceptamos una nueva situación porque consideramos que nos perjudica, o altera nuestro “estatus” de manera importante y “no estamos dispuestos”. Con el tiempo vamos descubriendo que lo sucedido, aunque inicialmente nos parecía malo, ha sido positivo y hemos mejorado personalmente en muchos aspectos que de otra manera hubiera sido imposible. No hace falta entrar en detalles, pero si aceptamos estas nuevas situaciones de manera positiva, puesto que es la voluntad de Dios, en vez de plantar una oposición abierta y obstinada, se hace mucho más llevadero y sin remordimientos al final.

 

Todo es para bien, y las decisiones libres, meditadas y sopesadas que adoptamos de buena fe, son acertadas siempre, aunque sean equivocadas para algunos; sobretodo si se pide a Dios ayuda para que sea su voluntad, sabiendo que si no es así, Él se encargará de sacar un bien de ese error nuestro, pues conoce nuestras limitaciones y nuestras necesidades.

 

Voy a intentar describir un tipo de personas con las que nos solemos topar frecuentemente: “la gente perfecta”.

 

 

Hacen sentirnos culpables de lo que somos culpables y de lo que no somos, pues ellos nunca lo son, ya que son perfectos.

 

Muchas veces humillan a los demás con sus recriminaciones infundadas, fruto de un temperamento voluble y de una visión unipolar: las cosas son solo de una manera, de la suya, no existe otra.

 

Suelen ser personas muy inteligentes (hay excepciones que empeoran el caso), que la mayoría de las veces están en la razón, pues captan con rapidez el fondo de las cuestiones, pero esta capacidad puede llevarles a creerse siempre en la razón.

 

Si pensaran más en los que tienen al lado, serían personas encantadoras en muchos aspectos de la vida -trabajo, diversión, familia, etc.-. Seguro que todos conocemos a alguien del que estamos orgullosos de ser su amigo, colega, familia, compañero...

 

Es un pequeño paso el que hay que dar entre creerse superior y creerse como los demás, aunque Dios les haya dotado de unas cualidades superiores a la media: la humildad de pensar que todos somos hijos de Dios, iguales en dignidad, que todos merecemos un respeto y una consideración con nuestro derecho a opinar y expresar libremente las ideas, que todos tenemos nuestras buenas cualidades y nuestras carencias, en definitiva, que nos necesitamos unos a otros.

 

Generalmente no sirven para trabajar en equipo, tienen que dirigir, y algunos valen pero otros no. En este caso solo pueden desarrollar un trabajo personal con personas bajo su mando, aunque suelen ser malos dirigentes, pues difícilmente reconocen el buen hacer de sus subordinados, al no admitir que en gran medida suplen sus propias carencias, ocultas en forma de paternalismo.

 

 

Si convivimos con personas así, en nuestra familia, en nuestro trabajo, amistades, etc., no debemos olvidar que “todo es para bien”. Podemos influir positivamente en estas personas siendo comprensivos y ponderando sus buenas cualidades, pero debemos hacerles ves las injusticias y faltas de caridad que cometen.

 

Dios nos coloca al lado a personas -aquí solo he expuesto un ejemplo, pero todos tenemos nuestras virtudes y defectos, y por lo tanto podemos ser apoyo o cruz para otros-, que aunque nos hagan difícil la convivencia, son un bien para nosotros en cuanto que nos hacen reflexionar sobre nuestro carácter, nos ayuda a ser comprensivos, a ofrecer a Dios esta mortificación y a vivir la caridad con esas personas de la manera que Dios nos pida.

 

Nos ayudan a examinarnos a nosotros mismos si somos espina para alguien en vez de bálsamo, si somos un “don” para otros, imitando a Jesús que nos colma de “dones”, si nuestro comportamiento es un reflejo fiel del de Jesús, si ponemos a un lado nuestros defectos y limitaciones para ser mas eficaces, si de verdad nos sirve para aprender que “amar es darse” y, en definitiva, tenemos que estar agradecidos por la predilección que nos muestra el Señor al permitirnos “sufrir por Él”.

 

 

22. Los planes de Dios

 

Muchas veces planteamos la vida a nuestro gusto y conveniencia, contando poco con los planes de Dios, o simplemente no contamos. Algunos cristianos, por estar excesivamente apegados a sus ideas poco flexibles, le dicen a Jesús que se retire de su vida, posiblemente cuando más cerca está y cuando más le necesitan: al llegar la enfermedad, la contradicción, una ruina económica, la muerte de un ser querido, un desastre familiar, etc. Reaccionamos con miras muy de tejas abajo, no levantamos la vista, no oteamos otras rutas en nuestra vida, pues Él llega en ocasiones por caminos diferentes a los nuestros.

 

¡Cuántas veces la lógica de Dios no coincide con la lógica de los hombres! Pero si somos humildes terminaremos reconociendo que ¡Dios sabe más! y exclamaremos: ¡Gracias, Señor porque Te has presentado, aunque haya sido por donde menos te esperaba! Acepto lo que me quieres decir y me pides.

 

 

A partir de la muerte de Teresa, comenzó un calvario para mí. El hecho de haberme quedado viudo con seis hijos de cortas edades y una situación económica nada  buena, me exigió un imposible.

 

Al poco tiempo vino la muerte de mi padre. Poco después, iban a ser embargados todos mis bienes por una mala gestión de un familiar en un asunto inmobiliario. Se pudo solucionar, y yo he continuado adelante con la cabeza sobre los hombros, mi sistema nervioso alterado definitivamente y mi economía peor.

 

La dedicación a mis hijos era insuficiente, cada vez necesitaba más ayuda de mi familia política para organizarme con ellos y de mi familia en ayuda económica. Rezaba insistentemente, pedía soluciones, y se lo pedía a Tere.

 

Para poner un poco de orden y estabilizar mi vida personal, decidí casarme de nuevo. Mi hija mayor también decidió casarse e ir a vivir a Asturias. Pero surgió otro problema profesional, que a duras penas he podido solucionar, y me dejó económicamente escuálido. Yo confiaba en Dios para que esto se estabilizara. Todo fue sucediendo como Él quiso. Yo así lo iba aceptando.

 

Comenzaron desavenencias con mi nueva esposa y cuatro de mis seis hijos se marcharon de casa a vivir con mi familia política y con mi hija mayor. Hasta hoy solo uno ha vuelto. Un largo camino de reclamaciones judiciales y todo tipo de situaciones irracionales.

 

Poco a poco fue viniendo la serenidad -cada uno en su lugar-, yo muy mermado psicológicamente para la edad que tengo. Quiero seguir adelante apoyándome en las personas que me quieren y en Dios, aunque muchas situaciones no las comprenda, pero sé que Dios las ha querido y las quiere así, o por lo menos las permite. Este es mi camino, mi vida, la única que tengo.

 

 

La acción de Dios en nosotros es imprevisible, ¡todo es para bien! Aceptando con humildad ese querer divino sobre nosotros y los nuestros, sobre nuestras circunstancias, nuestro comportamiento, nuestro pensamiento, nuestro ser, avanzaremos en comunión con la creación. Al fin y al cabo, Dios ha decidido nuestra existencia y no es lógico haber sido creados de la nada si luego volvemos a la nada.

 

Este es un gran misterio: los planes de Dios han contado desde la eternidad con nuestras decisiones libres y se han adaptado a ellas, siempre que le hayamos dejado un resquicio para darnos su Influjo y su Luz. Somos colaboradores activos de Dios en el destino de este mundo. De nosotros dependen los derroteros por los que transcurran los acontecimientos, con garantía de un final feliz si le llevamos a Él a nuestro lado

 

Solo necesitamos confianza en Dios. Él sabe más. Él abarca la vida entera, la nuestra y la de aquellos a quienes amamos, toda la vida y la eternidad... y nosotros apenas vislumbramos un poco de lo inmediato. Él no quiso curar a Lázaro, quería resucitarlo. Él no es un Poderoso Señor que somete a sus criaturas, es un Padre que nos ama con ternura y compasión, buscando nuestro bien.

 

Él nos enseña a disculpar, y así, ni siquiera tendremos que perdonar, porque no nos sentiremos ofendidos. Yo he disculpado a mis hijos, a los que han actuado de buena fe, a veces mal aconsejados, pero sin odios ni rencores, sin perder el amor paterno.

 

Reflexionando sobre todo esto, acude a mi memoria la frase que San Pablo dirige a los cristianos de Corinto: “No os apocáis en nosotros, sino que os apocáis en vuestros corazones". A menudo me sentía agobiado por estas situaciones, familiares o de mi entorno, pero el problema residía en el corazón, donde me angustiaba porque amaba poco, en él está el origen de mi falta de libertad: en el poco amor.

 

Si amo más, el amor daría una dimensión infinita a mi vida y nunca volvería a sentirme oprimido, un amor como el del Padre Dios: tierno…., la ternura es una medida del verdadero amor. Aunque tenga un corazón como una piedra, es cuestión de voluntad y de aprendizaje con la práctica continuada, es…, exteriorizar lo que verdaderamente siento; hasta las piedras se ablandan, se suavizan y ofrecen reposo a las almas angustiadas. Y viene la paz.

 

 

23. Buscar la perfección en Dios

 

Nos encontrábamos Carmen y yo en el Pirineo, eran días de vacaciones, perfectos para hacer un poco de montaña, relajarnos, airearnos y descansar el espíritu. Subíamos desde Benasque por la ruta del río Esera hasta Hospital de Benasque, y allí tomamos un transporte de montaña hasta la base del Aneto. Los paisajes eran maravillosos y el tiempo bueno. Todo animaba a pasar un día estupendo. Habíamos planeado subir al tuc de Mulieres, un 3.000 m. a caballo entre el Aneto y el valle de Aran. Prometía una subida larga pero suave entre ibones y neveros, con alguna que otra pedrera, y unas vistas a los cuatro vientos, espectaculares.

 

Efectivamente, la caminata -dificultad media según las guías de montaña- era muy divertida, con desniveles no muy fuertes en caminos bien señalizados y alguna trepada en roca, fácil. Las vistas cada vez más bonitas, hacia Francia y al macizo del Aneto. Bordeamos un nevero y comenzamos a pisar un suelo cárstico liso, después la subida, más penosa, por piedra suelta de tamaño medio, hasta la cumbre -5 horas-. Habíamos rezado el ángelus y allí hicimos un rato más largo de oración con Dios. Son lugares donde Le palpas con solo contemplar la magnífica obra de la Creación.

 

Decidimos hacer el descenso atravesando otro lugar que la guía catalogaba también de dificultad media, y con la buena experiencia de la subida, y el tiempo que nos restaba, considerábamos que era factible. La senda atravesaba Barrancs y en su centro un ibón alargado. Estaba situado en la misma base de los glaciares del Aneto y su macizo. Iniciado el descenso y la bajada a Barrancs, observamos que las pendientes eran mucho más bruscas y largas, la dificultad aumentaba. Llegamos a la parte alta del valle y surgió otra dificultad: las rocas almacenadas en Barrancs provenían directamente de los glaciares y eran enormes. No había senderos y apenas señales, pero nos orientamos bien aunque el paso era lento y cansino, pues se había convertido en un continuo subir y bajar rocas que tapaban la visión del lugar.

 

Estaba atardeciendo, un helicóptero de la Guardia Civil de montaña sobrevolaba el valle y dio dos vueltas sobre nosotros observando, supongo, el ritmo de nuestra marcha. Penosamente llegamos al ibón. Allí se nos complicó aun más el descenso, pues seguía sin haber marcas, y las rocas se hacían impracticables. El lago era muy profundo y las rocas cercanas a sus orillas estaban en una peligrosa pendiente. En el lado opuesto, junto a la ladera ocurría lo mismo. Solo podíamos avanzar en difícil equilibrio zigzagueando entre uno y otro flanco. Estábamos muy cansados, la luz disminuía y el helicóptero se había posado en un pequeño llano observándonos si éramos capaces de pasar el lago. Levantó el vuelo y desapareció en el momento que logramos atravesarlo.

 

Nuestro estado era bastante penoso y nos quedaba una caminata de al menos una hora. Estaba casi de noche, por lo que nos apresuramos en buscar algo que se pareciera a un sendero y continuamos descendiendo junto a un torrente de desagüe del ibón. No estábamos acostumbrados a marchas tan largas y difíciles, había pocas señales y teníamos que retroceder con frecuencia por la escasa visión y el miedo a perdernos, además teníamos que llegar para tomar el último vehículo que descendía hacia Hospital de Benasque. Rezábamos para que no ocurriera nada y llegar a tiempo. Con la escasa luz, logramos enlazar con el camino que habíamos recorrido en la subida y ya sin luz pero conociendo mejor el terreno, llegamos al lugar donde estaba para salir el pequeño autobús de montaña. ¡Por fin!, gracias a Dios terminamos nuestra caminata, helados, sin fuerzas y con el propósito de no volver a improvisar una ruta en la montaña sin conocer el terreno.

 

 

Quizás este suceso no tenga mucho que ver con “la búsqueda de la perfección en Dios”, pero me han hecho reflexionar tanto este asunto como otros similares ocurridos en mi vida, en todo tipo de circunstancias, pues afectan a mi forma de afrontar situaciones comprometidas, y después de los años, claramente tenía que cambiar en bastantes aspectos.

 

En concreto, aquí no éramos conscientes del peligro que habíamos pasado. Cuando recordamos esa aventura, difícilmente nos explicamos como hemos salido bien parados de allí. Nuestro Ángel de la Guarda ha tenido que deslomarse para conseguirlo, porque nosotros no veíamos ni donde poníamos los pies. Esta y otras duras experiencias vividas por imprevisión, por inconsciencia, por negligencia o por irresponsabilidad, pueden pasar factura, a veces muy elevada. En la vida ordinaria, a todos nos ocurren situaciones similares por causas parecidas. Todo es experiencia y Dios va tutelando nuestro avance y sacando bien de todas las situaciones, como en esta experiencia montañera.

 

Yo, como decía, me he parado a reflexionar sobre mis 56 años de vida, con una trayectoria más bien irregular, pero muy rica en contenidos positivos y, como no, algunos negativos. Ante actitudes que he tenido que adoptar en situaciones comprometidas, normalmente me he frenado, a veces por temor, otras por inseguridad, otras por impotencia. Pero ahora, estoy seguro que para mí ha llegado el momento de seguir avanzando, con más seguridad, con más experiencia, con más fe, consciente de que estamos pasando un momento nada fácil para los cristianos y para las personas que quieren ser honradas con su conciencia.

 

El escenario ha cambiado de manera significativa, yo diría que se ha simplificado. Veo con más claridad el nuevo paganismo en el que nos estamos introduciendo, los nuevos ídolos, el caparazón que cada uno fabrica para “proteger” su vida, las intransigencias, los fanatismos, las sinrazones, el poder del bienestar económico, la hipocresía ante las dramáticas desigualdades, el proteccionismo inhumano, caiga quien caiga… Muchos males aquejan a nuestro mundo. “Algo muy importante no estamos haciendo bien”, pues el Señor nos llama a la perfección: ¡Sed perfectos como mi Padre celestial es perfecto! Y no al enfrentamiento entre hermanos por…un plato de lentejas.

 

El mundo sigue otros caminos y se hace difícil, quizá imposible, ser buen cristiano y no chocar con un ambiente aburguesado, comodón, y paganizado, pues la fe, cuando es auténtica, derriba demasiados intereses egoístas. Yo seguiré el mío, y en ese camino, no estoy solo. Los primeros cristianos se abrieron paso en un mundo pagano y corrompido, sembrando la semilla del amor.

 

Hoy sería un error no echar la simiente por temor a que una parte cayera en lugar poco propicio para que fructificara, por pereza, por falsas disculpas. Dejar de hablar de Cristo por temor a no saber sembrar bien la semilla, por temor a que alguno pueda interpretar mal nuestras palabras, o nos diga que no le interesan, o... Hay que ser decidido, contamos en estos tiempos con muchos más medios para extender la buena semilla: medios de comunicación social, foros de opinión y debate en Internet y otros medios, asociaciones de todo tipo, ONG con una labor social impresionante, paginas Web muy buenas y participativas, Web propias, etc., sin olvidar nuestro ejemplo y trato personal. Dios valora el esfuerzo sin importarle los resultados, que los pone Él, como y cuando conviene. Nosotros nos batimos el cobre en este mundo, avanzando hacia Dios.

 

La búsqueda de la perfección no consiste en comportarse de un modo irreprochable, sino en amar más. El que acepta ser débil, pequeño, caer con frecuencia, no ser nada a sus propios ojos y a los de los demás, sin preocuparse excesivamente por ello, pues le anima una gran confianza en Dios, sabiendo que su amor es infinitamente más importante y pesa mucho más que sus propias faltas e imperfecciones. Ese ama más que aquel cuyo afán por su propia perfección le empuja al desasosiego cuando no salen las cosas como tiene previstas.

 

Con el primero cuenta Dios, con el segundo no, aunque Dios habite en los dos. El primero hace la voluntad de Dios por encima de todo, el segundo le pone condiciones.

 

“Bienaventurados los pobres de Espíritu porque de ellos es el Reino de los Cielos”: Bienaventurados los que, iluminados por el Espíritu Santo, han aprendido a vivir desprendidos y no hacer un drama de su pobreza, sino a aceptarla alegremente porque no ponen su esperanza en ellos mismos, sino en Dios, pues Él será su riqueza, su perfección, su santidad, sus deseos... porque dan a Dios una ocasión maravillosa para manifestar la inmensidad de su Amor y su Misericordia. Estos son los verdaderamente sabios y este debe ser mi caminar hacia delante, convencido de que la vida es bella y merece la pena vivirla buscando la perfección en Dios, que me lleva al bien, a la verdadera sabiduría y a la felicidad.

 

“¡Si no soy capaz de hacer cosas grandes no me descorazono, porque hago las pequeñas!” (Sta. Teresita)

 

De los humildes, de los desprendidos de cosas mundanas, de los que hacen la voluntad de Dios y no le ponen condiciones, proceden las palabras sabias. Pero hay que estar atentos, pues la palabra sabia cuando llega a oídos necios origina burlas maliciosas y reacciones grotescas, para disimular su ignorancia o un temor a la verdad que perjudicaría sus fines egoístas. El extremismo, sea del signo que sea, no escucha, se alimenta de “su” verdad, no de “la verdad”. Conocemos innumerables casos en nuestros tiempos, de personas radicales que rechazan cualquier otra forma de concebir la realidad, y muchos se dicen demócratas, y todos alaban la libertad y la liberación que traen a los oprimidos, que somos los demás, y rompen lo que para ellos son nuestras cadenas, pero nos ponen las suyas que sí son auténticas cadenas.

 

A los necios no les interesa la verdad, por eso ignoran a los sabios, a los que conocen el camino del bien, de la verdad, de la felicidad, pues como dice la Escritura: "La lengua del sabio cura nuestras heridas"

 

 

Roberto Sola