536 - Hombre y mujer lo creó (2)

 

Dios lo creo así: sumió al humano llamado Adam -masculino y femenino- en un profundo sueño -la intervención iba a ser traumática- y lo dividió en dos, separando su parte masculina y su parte femenina en dos personas. Lo realizó así por propio deseo del Adam que quedó admirado del poder y la maestría creadora de un Dios admirable, imprevisible...

De un solo cuerpo hizo dos personas libres e independientes para amar, para dar vida por la propia voluntad de cada uno. No son las dos mitades de dos humanos que se unen en una, son las dos mitades de un único ser humano; dos personas lo forman, libremente se buscan porque se necesitan pues han salido una de otra, se encuentran y dan vida: La vida es unión de voluntades que se complementan para trascenderse a sí mismos.

De manera figurada Dios extrajo una costilla de Adam y con ella conformó a Ewa. También se puede deducir de las fuente escritas y de la tradición oral que de un solo cuerpo y espíritu conformó dos cuerpos y espíritus independientes -hombre y mujer- complementando las peculiaridades de cada género.

Misterio prodigioso fruto de la voluntad humana y del querer y poder divino. La causa de este maravilloso sacramento que es la unión para siempre de hombre y mujer en cuerpo y espíritu es el amor de Dios a las criaturas en las que se complace. De igual manera que un cuadro no es solo el lienzo y la pintura sino la obra creadora del artista, así ocurre con los humanos a diferencia del resto de especies animadas.

Y no ha sido capricho de un ser inferior y egoísta, ha sido voluntad del primer humano creado a imagen de Dios, su hacedor, con todos los dones preternaturales -inmortalidad, sabiduría, inteligencia,...-, con inmensa bondad y amor filial..., intuyendo perfectamente lo que suponía compartir el amor, un verdadero y auténtico encuentro entre dos personas, en el que la sexualidad significaría una inestimable ayuda en la unión plena de cuerpo y alma, un estupendo complemento del amor para abrir fronteras en el alma experimentando la unión en lo corporal.

Pero Adam no previó entonces que el humano pudiera quedarse sin dones preternaturales. La corrupción entra en escena con el pecado y el amor se disocia de la sexualidad y se busca solo el placer propio disipando más y más los estímulos sexuales. Ello arrastra a prácticas sexuales extremas degradando a la pareja a la condición de simple estímulo. El amor ya no es un intercambio espiritual y corporal entre dos personas, se reduce a un intercambio puramente genital, indiscriminado, a veces agresivo, otras hiriente, sádico y destructivo. Su expresión corporal es la muerte, la negación del espíritu. Pero con ella, quien sabe, puede comenzar una metamorfosis...

Hemos sido redimidos y se nos concede a los humanos la posibilidad de que esta muerte no sea para siempre. Solo el verdadero amor supera las fronteras del yo, destruye la unilateralidad, equilibra la sexualidad, restablece el encuentro fuera del yo, el intercambio espiritual.

Este renacer exige morir previamente al yo que ha buscado en la materia algo que no está ahí: la vida. Si nos desprendemos de él, reencontraremos la vida en el amor, que no sobrevive en el yo sacrificando el tú, mas al contrario, sacrifica el yo para encontrar el tú y formar la unidad perdida con el amado sintiéndolo como si fuera él mismo.

El amor no teme la muerte, porque el amor es vida. Porque con la negación del espíritu y la muerte que ello provoca, resurge la metamorfosis tan anhelada por muchos humanos sin esperanza que vuelven a renacer penitentes en busca de perdón.

Perdón porque han defraudado al hacedor de todo bien, tratando con desprecio lo mas íntimo de sí mismos, voluntad hipócrita que vive sin vida lo que solo es muerte. Solo el amor hace renacer, con el perdón que olvida para siempre y devuelve el ser a nuestro yo, poniéndolo nuevamente frente a frente con el tú, para así formar un único ser: nosotros.