535 - ¿COMO DISFRUTAR DEL MOMENTO?

 

El día está lleno de innumerables momentos que podemos vivir en toda su intensidad, en nuestro cuerpo y nuestro espíritu plenamente unidos.

Son instantes irrepetibles, pequeños y menudos pero llenos de sabiduría divina: en nuestro caminar, en el trabajo, en familia, contemplando, conversando, en el juego, en el sosiego... un árbol que tiene pequeñas ramas brotando por el tronco... ¡qué curioso! Instantes regalados que nos dan mucho más de lo que parece.

Caminamos sintiendo como se mueve cada musculo de nuestro cuerpo, cada vertebra, sintiendo nuestra respiración, nuestros pálpitos con su inconfundible ritmo; nuestro espíritu percibe las sensaciones del momento, todo se contempla con ánimo expectante...

Cada instante es una imagen llena de detalles que cobran vida en ella, parece una imagen fija, como una fotografía, pero no, la vida rezuma con intensidad; instantes que no excluyen los anteriores ni se desentienden de los siguientes, pues existe una concatenación que llamamos tiempo, un regalo de Dios que nos permite infinitas vivencias de lo que Él ha creado.

No pasa desapercibido el rostro preocupado de una persona conocida que se aproxima, nos viene al corazón todo lo que esa persona es para nosotros y todo lo que podemos hacer en ese momento por ella: En un instante volcamos nuestros respectivos mundos uno en el otro, sin ni siquiera mediar palabras.

La contemplación del mundo que nos rodea sensibiliza nuestro espíritu. Vemos la mano del Creador en cada uno de sus detalles, intimamos con Jesús y le pedimos luces para hacer que cada instante trascienda de lo propio y personal, que sea cosa de al menos dos personas, no una vivencia egoísta y estéril.

Nos adentramos en la vida. Un solo día puede ser toda una eternidad de sensaciones llenas de ilusión e ingenio en cada detalle que estamos viviendo plenamente, con todos sus infinitos matices.

Si alguien nos roba esos instantes, nos está robando el tiempo, nos está robando la vida.

¿Quién es?, ¿quién nos roba el tiempo y la vida?... quizás no deberíamos mirar a nadie, mas bien a nosotros mismos, a nuestras obsesiones, precipitaciones, ofuscaciones que cierran nuestra mente a la contemplación del mundo. De ser así, podríamos vivir ignorando cómo es nuestro mundo, su influjo en nosotros, pobres humanos invadidos de miedos, resentimientos, frustraciones que nos incapacitan para la vida. Llegaremos a ser pequeños monstruos cerrados sobre sí mismos con la amargura y la muerte en su interior.

No solo perderíamos los momentos, insignificantes por sencillos, pero deliciosos; además, pasaríamos ante lo sublime sin percatarnos de ello: en un concierto de infinitos sonidos y melodías, mirando la hora ¡cuánto falta para que termine!... En un instante en que el mismo Dios baja a un trocito de pan para estar con nosotros..., presentes, pero ajenos.

O vivimos cada instante con toda su intensidad o ‘matamos el tiempo’. ¡Qué frase más terrible!..., y se mata el tiempo con esa comezón de cabeza por el orgullo herido que no nos deja vivir y nos ciega para contemplar con paz a nuestros hermanos que pasan al lado..., infinitos momentos perdidos para siempre. Vamos abstraídos con insignificancias mezquinas que ciegan nuestra percepción del momento.  

Propongo una terapia que nos puede llevar a disfrutar de nuestros infinitos momentos. Exige esfuerzo, tesón y orden:

Limito mis actividades: pocas, claras y siempre positivas.

No hago crítica basada en murmuraciones.

Fe en lo que hago y confianza en lo que Dios me inspira.

Caminando a su paso, no al mío siempre acelerado e irreflexivo.

Renuncio al constante bombardeo de la imaginación.

Huyo de lo que la excita.

Me relajo ante los impulsos descontrolados y a recomenzar.

Elevo mis inclinaciones naturales con la lectura y la meditación.

Considero el mundo real con un sentido integrador.

Paso de la irracionalidad ilustrada y transgresora de unos, a la razón humana, inteligente y fecunda de otros.

Evito el entrenamiento blandengue y sin voluntad, por engañoso.

Hoy seré otro, seguro y confiado en cada paso que doy.

El mundo lo llevo dentro, no decaigo por cuestiones externas a mí.

Fantasmas, inseguridades, desánimos, depresiones, etc., aparecen por la fantasía descontrolada.

Saco de mí las falsas imágenes, los recuerdos inútiles, un estado de ánimo sobrevenido, un falso presentimiento, un falso anhelo, una noticia deprimente, la ansiedad por algo que me altera irremisiblemente.

Vuelvo a la fortaleza de mi seguridad interior sin demora: dominarme, volcarme, darme...

Con orden y alegría.

A los míos, a mi entorno, en mi trabajo.

Sin complejos, con unidad de vida, sin pensar en mí, sin evasiones.

Ligeros de ‘cosas’.

Escuchando, con la imaginación ‘enjaulada’.

Buscando a Dios en todas las cosas pequeñas y grandes.

Visibles e invisibles...

Se abre un nuevo mundo en este día intenso.

En el que dejamos nuestra alma al descubierto.

Desnuda.

Tal cual es.

Con solo una mirada de la persona a quien amamos.