527 - EL DESTINO DE NUESTRO CUERPO

 

Jesús nos mostró el destino de nuestro cuerpo: la resurrección, el resurgir del polvo, de nuestras cenizas.

El alma anhelante espera la llegada de su inseparable compañero de andanzas, de aventuras, de caídas y triunfos, de locuras humanas y divinas. Desea recordar viejos tiempos pasados en otro mundo, entrañables, a pesar de la escasez de medios, de las debilidades... Todo ha desaparecido.

Todos los anhelos de entonces se cumplen ahora en un todo presente. No existe el tiempo que retrasa las cosas: ni las torna al pasado ni son deseadas por futuras. No, nuestras anteriores ilusiones imposibles se viven con plenitud.

Jesús resucitado nos ha abierto la puerta. Él no resucitó solo en espíritu, se nos mostró tal cual es, tal cual deseaba ser, tomando para ello un cuerpo de María y elevándolo a su destino eterno de incorrupción y plenitud. Todo lo hizo para que entendiéramos y creyéramos.

Nuestros antepasados lo están viviendo, lo están haciendo realidad.

Como la ninfa que deja atrás los restos de lo que fue una oruga y vuela hacia lo alto, nuestro cuerpo renovado y vuelto a la vida volará al encuentro con el alma, y vivirán sus primeras experiencias sin la rémora de la falta de conocimiento, con plenitud sin ataduras, sin leyes físicas que ponen límites...

Y vivirán para siempre con el mismo corazón enamorado que tenían, que palpita ante lo que hemos amado y anhelado con todas nuestras fuerzas en este primer mundo que ya habrá desaparecido. Solo quedará de él la bondad de nuestros actos enraizada en nuestro ser infinito y eterno.