516 - EL TRABAJO BIEN HECHO NO TIENE POR QUÉ SER EL PERFECTO

 

Es, más bien, el trabajo hecho con el corazón y los sentidos, aunque los resultados no lleguen a la perfección. Es el hecho por amor, no es el trabajo de las abejas, técnicamente perfecto siguiendo un automatismo genético.

Nuestro trabajo es un acto creador de Dios hecho con nuestras manos, por y para nuestros hermanos los hombres y mujeres, como Jesús nos enseñó: con amor y entrega total. No importan los resultados, que solo ve Dios. Nosotros sembramos, regamos, abonamos... Él hace crecer y recoge el fruto de lo sembrado. Si hemos sembrado amor, Dios recogerá amor y nos devolverá amor multiplicado infinitamente.

Nuestra sencilla labor de todos los días, que no busca el éxito ni el quedar bien ni la propia vanagloria, hecho desde la verdad con corazón sincero adquiere un valor inusitado, tenemos el poder de hacer de lo sencillo y cotidiano algo sublime.

Dios no vino a este mundo deslumbrando a todos en la magnificencia de los palacios y lujos; vivió en lo sencillo del trabajo de Nazaret y ahí está Él, pues ahí está lo verdaderamente humano y divino de nuestra existencia.

Cuando no es así, caemos en la trampa de la posesión, en tener cosas que nos arrastran a la más absoluta soledad si ponemos en ellas nuestros afanes.

Desnudos hemos llegado a esta vida y desnudos nos iremos de ella, si solo poseemos cosas.... hacia una soledad triste y eterna. Si, por el contrario,  vamos cargados de frutos de amor, viviremos un amor eterno.