512 - CORAZONES ENDURECIDOS E INSENSIBLES

 

Jesús vino a este mundo para invitarnos a su reino, donde no hay sufrimiento ni dolor ni injusticias. Él no nos envía ni nunca nos ha enviado estos males, los hemos interiorizado nosotros, libremente, en nuestros corazones endurecidos e insensibles.

Muchas veces nos quejamos: ¿Señor, por qué me has enviado esto? Pero pronto nos sinceramos: Señor, ayúdame a arrancar de mí esto que me hace daño, a desatar esos nudos que no me dejan volar hacia ti y cuando despego me vuelven a arrojar sobre la tierra una y otra vez. Tú no me has atado a las cosas materiales, he sido yo con mis dudas y cobardías, mis obsesiones, rigideces mentales, intransigencias, mis codicias y apegos convulsos, mis frivolidades, irreflexiones, envidias, mis indiferencias e insensibilidades hacia los demás…

Así podríamos continuar expresando los frutos de nuestro egoísmo que ha transformado el mundo que habitamos, desfigurando el que ha salido de la mente creadora de Dios. Es, nos guste o no, nuestro mundo, al que queremos que el mismo Dios se adapte y conceda sus bendiciones y parabienes… Pero en nuestro interior sabemos que no es así. Ese no es el mundo que de verdad deseamos, es el mundo de nuestro “yo” aparente que nos ha endurecido e insensibilizado los corazones.

Llegará el final de nuestra vida terrenal y nos desengañaremos. Los que nos han precedido miran con estupor nuestra actitud irreflexiva y nos piden serenidad, nos piden un momento para liberar nuestra mente y permitir que acceda la Palabra a nuestros corazones endurecidos e insensibles, que persiguen algo que no desean, viviendo vidas que nos son ajenas, vidas sin sentido.

Nos piden que el “yo” auténtico aflore sobre el “yo” aparente, un yo que no existe pues está lleno de cosas, está fuera de nosotros y para ser hay que vaciarse, de manera que pueda entrar en nuestro interior el yo auténtico. Ahí somos libres, ahí estamos seguros, ahí conocemos a Dios. Y… nunca es tarde.