511 - EL ARTISTA ESTÁ EN SU OBRA, EN CADA UNA DE LAS PARTÍCULAS QUE LA FORMAN

 

A veces nos comportamos como si fuéramos una diminuta partícula de pigmento en un cuadro, deleitada en su ser, en su existir, en su colorido único y admirado por todos, en el centro del cosmos, infinito cosmos que llega hasta el profundo y desconocido lienzo, origen misterioso de cuanto existe para ella.

Fin de la historia de esa pequeña e insignificante partícula de pigmento…, no da para más. Y no deja lugar a la existencia de otras partículas con distintos colores diferentes al suyo, ni de aceites aglutinantes de pigmentos, ni del pincel que en definitiva es quien allí la ha colocado. Ni mucho menos hay lugar para la composición que forma junto con todos ellos sobre el lienzo, ni se percata del arte, ni del artista que ha pintado el cuadro.

Una pequeña mota de pigmento por sí sola no hace el cuadro. Necesita de todas las demás, cada una con su tono, tamaño, con su propia textura, con sus peculiaridades…, y si esta mota solo se mira a sí misma, no ve a las demás, no ve el cuadro, ni siquiera sabe que existe algo fuera de ella.

No es capaz de subir el primer peldaño para luego poder acceder al segundo, desde el que pueda contemplar la obra de arte completa, después al tercer peldaño, allí puede conocer al artista... Una mota de pigmento jamás podrá ser el artista si no sube todos los peldaños y, además, si no logra que el Gran Maestro le conceda ese don.

Tan pequeña es y para ella tan inmenso su propio mundo, que si dejara de ser, su ausencia pasaría desapercibida para todos, aunque para ella todo se derrumbaría en un dramático cataclismo. Una mota de pigmento no puede eternizarse por sí sola con su ridículo "ego". Su vida será efímera como el pasar de la brisa.

Pues no sabe que el artista está en su obra, en cada uno de sus pigmentos, la custodia, la guarda, por eso cuando buscamos lo trascendente de este mundo no hace falta ir muy lejos, solamente es necesario subir algún peldaño…, hasta ver a Dios que está aquí, con nosotros, que nos ha hecho sus hijos, Él, que es un magnífico Padre.

Un velo cubre esta realidad y si salimos de nuestro “ego” y lo descorremos, la luz entra con todos su colores. La realidad es la misma pero cambia totalmente por la presencia de Dios en las cosas más cotidianas de este mundo, inmerso en nuestros afanes con todo su poder… Luz de infinitos colores, suaves pinceladas, contornos y formas en armonía y... aire puro que llena nuestros pulmones.

De otro modo, nos quedaremos con el misterio de nuestra vida sin desvelar, porque no vemos el cuadro e ignoramos su existencia.