442 - DERRIBAR LA 'NOGALONA'

 

 

 

Era tarde avanzada en la aldea de mis antepasados, un pueblecito entre montañas y campos donde solo se escuchaban el trinar de golondrinas, el ‘cri… cri…’ de los grillos, la suave brisa atravesando frondosidades arbóreas, algún mugido lejano, o más cerca; el canto, también lejano, de un paisano que volvía con el atardecer, aperos en un hombro y macona de hierba y hortalizas sobre su espalda.

 

La mirada atenta, mirada de niño que todo lo escruta con ansiedad, se posaba sobre una higuera, majestuosa, y bajo la higuera los ancianos de la aldea sentados en unos troncos bien posicionados; apoyados en sus cayados,  inmóviles. ¿Qué estarían haciendo?... Estar, simplemente estar, pensaba para mí.

 

Pero no, tenían consejo con el Alcalde pedáneo. Les había convocado para dirimir cuestiones locales, la mayoría de poca monta, solo alguna revestían cierta importancia.

 

Y… estaban callados, nadie decía nada. Yo me senté en el borde del bebedero, un poco alejado del grupo, ¿qué harían así, en silencio, pensativos y sin mover un pelo? Al cabo, algo cambió de posición, uno de ellos -mi tío- levantaba la mano y se rascaba bajo la boina. Era el primero que iba a decir algo y parece que contestaba a otro que había hablado antes de llegar yo, tiempo atrás.

     

- Pues… -se tomaba un tiempo- creo que… -seguía pensando la idea- ese árbol -aquí hacía una pausa, una prolongada pausa- no conviene cortarlo -terminaba con rotundidad-.

 

Por fin hablan. Buena cuestión. Cortar un árbol es algo que conviene meditarlo a fondo.

 

- Da muy buenas nueces -concluyó mi tío-

 

Es un argumento incuestionable, suficiente. Pensaba desde mi posición de espectador. Nuevamente una larga pausa, todos recapacitaban si efectivamente era oportuno tumbar la vieja ‘nogalona’. Otro paisano tomó la palabra con el mismo gesto de rascarse por debajo de la boina.

 

- Entonces… -pausa- no podemos -otra pausa- ensanchar por ahí.

 

Se refería al camino que pretendían ensanchar, se había quedado estrecho y no se podían cruzar dos carros, con las consiguientes esperas. De esto me enteré después:

 

Ocurría que cuando subía un carro y bajaba otro, desde la distancia se escuchaban por el chirriar de los ejes de madera que giraban con las ruedas. El primero que encontraba un lugar para apartarse del camino dejaba de producir ese ruido, señal de que se había parado y el otro continuaba hasta cruzarse sin dificultad. Lógicamente, se paraba al lado del primero y charlaban, largo y tendido. Finalmente continuaban cada uno su camino, pausadamente al ritmo de la pareja de bueyes.

 

- Habrá que hablar con Pachu -comentó otro personaje dando un largo y profundo suspiro- para que ceda un poco más de pradera.

 

- No va a ceder -respondió muy seguro el Alcalde pedáneo después de rascarse la cabeza varias veces intentando encontrar alguna solución al asunto-

 

- Él también atropa nueces de la ‘nogalona’ -le respondió mi tío-, se sienta a mirarla…

 

-

 

Siguió el lento y pausado debate, pero mi impaciencia de rapaz inquieto se desató hacia otros lares.

 

Ninguna de mis experiencias infantiles había caído nunca en terreno baldío. Y esta me hizo pensar muchas veces que los aldeanos no llevaban reloj en sus muñecas, ni falta que les hacía. Solamente los domingos, mi tío solía lucir un reloj de bolsillo con larga cadena de plata en el bolsillo del chaleco. Primero miraba al sol, luego sacaba su reloj para comprobar la hora y en tono solemne comentaba:

 

- Esta máquina del abuelo Alberto sigue funcionando bien. –y después de una pausa, contemplando su ‘máquina’, herencia del abuelo, remataba la frase- Seguiré sin jubilarla.

 

Tampoco perdían el tiempo, no estaban para perderlo. Su ritmo biológico era el que la propia naturaleza de las cosas les había enseñado.

 

Miraban el fondo de las cuestiones y de las personas, no la superficie. Por desgracia hoy día no hay tiempo para ello, resolvemos cuestiones ‘en falso’, sin solucionarlas, o juzgamos a las personas por sus atributos externos, no por lo que son, no llegamos a tanto, no tenemos tiempo… Quizás habría que decir que a la inmensa mayoría no les interesa el fondo, solo la superficie, no se comprometen, al fin y al cabo la cuestión solo es quedar bien.

 

Juzgamos las apariencias, y eso ha llevado a nuestra civilización a vivir ante el espejo de uno mismo, a valorar más el envoltorio que el contenido, a juzgar las cosas y a las personas -y esto es grave- por superficialidades, por la primera impresión, sin meditarlo más a fondo. Y lo decimos en voz alta, y lo proclamamos públicamente, y sentamos cátedra en ello, en ‘una primera impresión’, cuando las cátedras se adquieren después de muchos años de desarrollar una investigación y formular una tesis minuciosa, no en un ‘instante de pose frívolo’.

 

Siendo esto así ¿qué rueda de molino deberíamos encajarnos en el cuello para echarnos a nadar?... Una liviana tirita de papel coloreado, en los debates sin fin de la pequeña pantalla sale muy favorecida. Esa es la elegida.

 

Los objetivos de nuestras sátiras son muy bien tratados y les agradecemos la carne fresca que nos aportan. ¿A quién puede hacer daño el inocente vivir de nuestras divertidas apreciaciones?

 

… No, a nadie, yo… solo pasaba por aquí.

 

Se nos pide un poquito más de seriedad, por supuesto, sin renunciar a la frivolidad que nos alegra la existencia y nos saca del tedioso aburrimiento. Se nos pide algo más de seriedad porque no somos como muñequitos recortados de papel que nos vamos colocando en la espalda de otro. No, somos algo más, tenemos algo más, vamos hacia algo más que divertirnos por el solo hecho de que este mundo es complicado y… no merece la pena ningún compromiso serio... además de feo, es aburrido.

 

- ¿Derribar la nogalona?... -queda mirando el magnífico árbol, se humedecen sus ojos, compañera silenciosa de toda una vida, Pachu ya no podría saborear sus regalos…

 

- ¡Qué vamos a hacer sin ella! -se lamenta.

 

Fueron unos momentos desgarradores para Pachu, nada seguiría igual si desaparece la nogalona…

         

- No. Ensanchad el camino hacia lo mío, pero no me la quitéis de ahí -dijo finalmente tras un largo y pausado recorrido por su mente de todo un mundo de sensaciones y vivencias que surgían al contemplar el magnífico árbol.

 

Nuestros mayores nos dan ejemplo. ¿Cómo se pueden tratar hoy día con tanta banalidad e indiferencia asuntos trascendentes para los humanos?, pensaba yo, años más tarde. Nuestra economía va mal, la proliferación de corruptos en lo público ha crecido desmesuradamente, lo auténtico es lo representado, lo verdadero es lo fingido... nuestra vida es ¿ficción? Lo que debería importarnos es no derribar el nogal…, nos va en ello mucho más que una vida ficticia.

 

Me imagino el siguiente consejo con el Alcalde pedáneo.

         

- Desviaremos el camino por lo suyo -certifica el Alcalde.

 

No se levantaba acta escrita sobre papel. Los acuerdos quedaban impresos en cada uno de los asistentes, eran simples, se ejecutaban sin pérdida de tiempo, al ritmo de las necesidades del pueblo que eran todos y cada uno.

         

- Vamos con el siguiente asunto…

 

¿Es compatible este proceder con el crispado debate de hoy día, a todos los niveles, no solo en cuestiones políticas, sino en cuestiones éticas que convierten al humano en un salvaje o, por el contrario, lo eleva y lo trasciende?