434 - CLIENTELISMO, ADICCIÓN, ESCLAVITUD

 

 

 

Tres palabras que suponen una temible y rechazable escalada para muchos, una inclinada y deslizante cuesta abajo para algunos. En un mercado libre que respeta las normas éticas, quien rompe estas reglas precipita las relaciones humanas en una peligrosa y deslizante pendiente hacia el abismo de la dependencia más atroz, sin escrúpulos; hacia la esclavitud de nuestros tiempos, no abolicionistas, aunque las constituciones de todos los estados proclamen el abolicionismo rotulado en viejos pergaminos.

 

Hablo del mercado libre para consumo de artículos de primera necesidad, en el que se incluyen las personas -la trata- o sus órganos, o instrumentos para matar -armas, drogas, corrupciones- o, simplemente, la utilización de seres humanos para enriquecimiento propio -el secuestro, la explotación, la extorsión- o para el vicio y la crueldad -sometimiento de voluntades, perversión, esclavitud sexual…-. Una larga e interminable lista.

 

Es escalofriante experimentar como nuestra libertad es tan vulnerable a gente sin alma que, cumplen una acción bien pagada sin importarles las consecuencias de esa acción para otros… muchas veces inocentes. Mafias que forman una cruel trama de la que solo ven -o solo quieren ver- una parte, no les importa el final.

 

Las relaciones humanas están basadas en vínculos libres y exentos de manipulación interesada. El cliente -persona que habitualmente acude a servicios profesionales que le son necesarios- se convierte en dependiente o adicto cuando es manipulado, y aunque se crea libre, esa libertad está siendo minada en lo profundo: se asumen ideas sin contrastar como verdaderas y justas…, que van cambiando nuestros valores y viciando nuestras costumbres y hábitos. El sendero escarpado y difícil que evitábamos siempre, se va tornando fácil, placentero, apetecible, y nuestra curiosidad o nuestra necesidad hacen el resto.

 

Ese camino nos traiciona, y nos damos cuenta de ello cuando se vuelve resbaladizo, cuesta abajo, y si no despertamos somos arrastrados más y más hacia la sumisión, la pérdida de autocontrol…, el sometimiento, la esclavitud dentro de la más ruin e inhumana corrupción.

 

La corrupción crece porque es contagiosa, intencionadamente contagiosa, y quien contagia a otros lo hace sintiéndose ‘un triunfador en la vida’, un ‘crack’ al que tienes obligación de secundar en todas sus ideas corruptas, al que amas o te enfrentas, sabiendo que en ambos casos siempre pierdes. Los enemigos son destruidos por un mundo de falsedades. Los adictos son arrancados del mundo real hacia el esclavismo de un mundo perverso.

 

El triunfador satisfecho, con mirada falsa y desafiante, esboza entonces una media sonrisa que te hace sentir impotente “o lo tomas o lo dejas, pero aquí nunca olvidamos”, “la fidelidad se paga, la traición también se paga”. Usa una moneda viscosa que nunca se despega de ti, para asfixiarte o para reducirte al tamaño de una hormiga.

 

Y ellos han triunfado, no se sienten culpables, nosotros sí. Eso nos pierde en su mundo. Nuestro mundo, el que hemos dejado y al que desearíamos volver, el mundo real, para ellos está en el suyo, es su campo de acción donde extienden sus dominios, falseando toda ética, toda moral, toda ley justa, usando para ello la corrupción, la inmoralidad y las leyes injustas con apariencia de progresistas.

 

Juegan con ventaja y bajo el ropaje de una refinada capacidad de convicción, crean una aureola que nos nubla y fácilmente nos convierten en ingenuos ‘cómplices’ para el engaño, el encubrimiento, y las promesas imposibles. Embaucadores de personas que descubren la vida con los ojos muy abiertos, necesitados, ilusionados, incautos… La trama está servida.

 

¡No reaccionamos! Cuando nos caemos del guindo el daño está hecho y ellos ‘se han volatilizado’ con sus trofeos. Han vuelto a triunfar extendiendo aun más sus redes. La trama se tupe más y más. Los brindis copa en alto se multiplican… Nos encontramos inmersos donde nadie quiere estar, nadie quiere vivir en un mundo donde unos se imponen y aplastan a otros. Si pudiéramos, desapareceríamos de él y buscaríamos como locos otro más amable.

 

Porque somos eslabones de muchas cadenas: cadenas que esclavizan y someten al débil bajo las botas del fuerte, encadenados a ‘su verdad’… o cadenas de libertad que nos atan al amor en la verdad que libera, pues solo avanzamos hacia el autentico amor cuando somos libres para amar, purificándolo de engaños y embustes, de falsas promesas, de codicias inhumanas, de perversiones inconfesables.

 

¡Reaccionamos!... Pero muchas cadenas lo impiden porque nos atan a la ambición humana, y no sabemos cómo soltarnos de ellas. Nuestros eslabones se han endurecido, nos mantienen atados y, más o menos conscientes, mantenemos atados a otros.

 

Pero la vida es sabia…, seguro que algún eslabón tendremos en otras cadenas. Quizás uno de ellos esté engarzado en el amor…, en el verdadero amor… Se nota porque es liviano, de carne como un corazón enamorado, capaz de ablandar lo más recio y obstinadamente endurecido. Quizás se pueda engarzar con ese eslabón encadenado y que encadena sin piedad… Quizás su contacto le haga reflexionar, se reblandezca y libere al que oprime…, después, dando la vuelta se libere a sí mismo… Quizás logre que disminuya esa vida de apariencia y ficción para dejar sitio a la verdaderamente real, la auténtica para la que hemos sido creados.

 

¡Hay que luchar! Y cuando se lucha se vence, aunque dejemos la vida en ello; una vida que no queremos, que no forma parte de nuestro ser auténtico, que parece la única posible para nosotros, pero no...

 

Otra vida es posible en este mundo y en el venidero, sin cadenas que esclavizan, ligera como la brisa, engarzada en el auténtico amor, externo a nosotros, a nuestros egoísmos que morirán desvanecidos ante la belleza de un corazón vivo y palpitante destinado a la eternidad.