419 - A DIOS SOLO SE LE CONOCE EN EL SILENCIO

 

 

 

 

Sin un lenguaje rico en palabras, el humano no habría pasado de ‘homo erectus’, un simio caminando erguido a dos patas. Hemos puesto nombre a todo lo creado, incluso a las ideas, a las intenciones, actitudes, a mucho de lo intangible. Hemos intentado darle a las cosas un significado preciso y con esa herramienta de intercambio entre humanos ha venido el progreso en todos los saberes y las ciencias.

 

Sin embargo, para el mundo de lo inconmensurable, de lo inabarcable, no existen palabras que lo definan. A Dios solo se le conoce en el silencio.

 

Jesús nos ha dicho que Dios es Padre, utilizando nuestro lenguaje, porque para ello se hizo humano como nosotros. Y ha dicho que el Padre y Él son una misma persona, apelando a nuestra capacidad de conocer en el silencio la inmensidad de lo divino, más fuerte que la certeza de encontrarnos en nuestro mundo material. Los ojos de la carne captan imágenes, los del alma descubren realidades. Las imágenes subsisten mientras estén en la retina de nuestro ojo o en las neuronas de nuestro cerebro, sin embargo sentimos con toda su intensidad la realidad de la acción de Dios en nosotros.

 

Vivimos plenamente inmersos en este mundo con el corazón expandido hacia la infinitud que todo lo llena. Contemplamos el universo en una noche estrellada sabiendo que apenas es nada frente a la inmensidad de Dios, anonadados por esa grandiosidad que hace sentirnos tan… pequeños, meditando en el silencio las palabras de Jesús que continúa diciendo en nuestro lenguaje “yo estoy en el Padre y el Padre en mi”, pero seguimos empeñados en querer conocer a Dios encorsetado, y pensamos: ‘es padre y madre’… ¡que inteligencia la nuestra!