418 - LANCE ARMSTRONG, UN SIGNO DE NUESTROS TIEMPOS

 

 

 

 

La mentira es una gran estafa para la inmensa mayoría que luchamos por vivir en la verdad. El engaño, la ocultación, la simulación, están en la corrupción política y empresarial, en muchos profesionales del derecho, en muchas malas prácticas de la economía, de la información y hasta en actividades cotidianas. El relativismo generalizado alienta a gentes con pocos escrúpulos a utilizar cualquier método por innoble e inhumano que sea con tal de lograr un fin: ganarle la partida al contrario.

 

Ser líder, aunque uno no tenga aptitudes para ello, ser el mejor aun haciendo trampas, el más listo, el más hábil…, estar por encima de la mediocridad. ¿Por qué?... Placer, dinero, poder… ¡que más se puede querer!

 

La nobleza originaria del instinto animal que mata para comer, que protege a los suyos, que disputa por unos pastos, por un manantial, por aparearse en la manada…, se ha sustituido por la lucha en imponer ideas, en dominar, en acaparar bienes necesarios para todos por igual, en humillar al contrario, desprestigiarle, vencerle siempre, hasta llegar a sentir un placer morboso eliminándolo, hundiéndolo más en el barro, que no levante cabeza, y si vuelve a revivir se le pisa otra vez…

 

La necesidad básica de la supervivencia se sustituye por una alocada búsqueda de placer y bienestar egoístamente excluyente. El triunfo es la meta y para eso vale todo.

 

De no ser así, ¿cómo se explica la necesidad de la falsedad o el ocultismo? Está incluso bien visto no decir la verdad objetiva, sustituyéndola por la ‘políticamente correcta’ que no deja de ser la mentira por el bien de una idea, el engaño y la ocultación para obtener un fin partidista, las ‘medias verdades’ mas falsas que la mentira.

 

La verdad nos hace ver más allá. La mentira nos ciega y nos arrastra al sinsentido.

 

La humanidad ha recorrido reiteradamente ese camino sin final y va siendo hora de volver a los orígenes, de salir del individualismo codicioso e insolidario para convencernos que triunfa uno cuando triunfamos todos. No triunfa el que genera perdedores, sino el que provoca el afloramiento de lo mejor de cada uno en una competición donde llegar primero o segundo o… vigésimo quinto, no es lo más importante, uno pueda llegar el último, pero llega a la meta, ese es el éxito.

 

Podemos perder una competición, pero jugando bien y con nobleza. Ese es el éxito.

 

Dar sin engaño, lo que uno en verdad lleva dentro, en un mundo de igualdad y respeto, es un estimulo a la reciprocidad donde todos daremos lo mejor que tenemos: una pequeña moneda o un gran capital; aportando una genialidad innovadora para el progreso de nuestro mundo o apretando un simple tornillo.

 

Si Lance Armstrong nos hubiera transmitido su tesón disputando sin trampas, quizás nunca habría salido en las portadas de los medios de comunicación, pero habría triunfado y hecho triunfar a muchos por haber aprendido a dar sin obsesionarse en vencer.