415 - LA REVOLUCIÓN DE JESÚS

 

 

 

 

¿Jesús revolucionario?, si, pero a diferencia de los demás revolucionarios que causaron abundante derramamiento de sangre, él solo derramó la suya propia para saciar nuestra sed.

 

Por eso, cuando le recibimos en la Eucaristía nuestra alma crece a rebosar, Dios se funde con cada uno de nosotros como dos ceras se funden cuando las acaricia el fuego. Esa es su revolución: levantarnos de este mundo que hemos vuelto imperfecto y corrupto y llevarnos de la mano para transformarlo en un mundo mejor, con nosotros, con cada uno de nosotros, en nuestro lugar de siempre, acompañando a los nuestros.

 

Una revolución que le ha costado la vida, pero él la toma y la da cuando quiere y a quien quiere, en una unión que nunca antes se había dado entre Creador y criatura… Porque se le ha roto el alma contemplando a los humanos caer irremisiblemente en nuestras locuras existenciales, indiferentes a la verdad eterna; por eso ha bajado a nuestro lado, ha tomado sobre sus hombros nuestras perversiones, nos ha liberado de grilletes, ataduras y mordazas, restituyéndonos la capacidad de poder ‘volar libres’ de nuevo.

 

¿Cómo lo ha hecho?

 

Reinstaurando la justicia perdida, pero sin imponerla, con su ejemplo de vida entre nosotros y su palabra, cargada de la realidad que él bien conoce porque ha salido de sus  manos.