397 - ACOMPAÑAMIENTO

 

 

 

 

En nuestras relaciones con los demás ocurre que con frecuencia se quiere modelar a las personas a nuestra manera en lugar de amarlas como son, intentamos proyectar sobre ellas nuestro yo, en una relación de dominio: autoridad-súbdito. Se corre el lógico riesgo de un rechazo, de una ruptura: ¡no me ayudas como necesito!, ¡me impones tus ciegos e insensibles deseos!...

 

Es instintivo el deseo de ‘cambiar al otro’ y no debe ser así, más bien al contrario: ir a la realidad concreta, única e intransferible de cada uno de nosotros... La cuestión es: ¿cómo acoger al otro como él es, con mis debilidades y las suyas, con mis estados de ánimo frente a los suyos, en mis circunstancias y en las suyas?... Asunto complejo.

 

Por esto es importante contar con una tercera persona: el Espíritu, que ha puesto en contacto al acompañante y al acompañado a fin de que fluya entre ellos la ayuda mutua, que supone un crecimiento, una maduración de ambos…, un salir de uno mismo, capacidad de escucha, acogida del otro…

 

Amar a las personas en su depresión se convierte en la mejor manera de ayudarlas a salir de ella. Así, sin apenas percibirlo, también vamos cambiando nosotros hacia una actitud más real, positiva y humana.

 

En lo que a mí concierne, soy un acompañante soso y mi presencia no es que valga mucho, pues como un árbol, parece que solo se estar. ¡Si al menos diera buena sombra o sabrosos frutos!…, pero me temo que mi sombra es escasa y mis frutos no pasan de agridulce.

 

Pero el Espíritu, la tercera persona interviniente, se convierte en nuestro aliado. Actúa en el corazón de cada uno, nos va llevando al estilo de amar propio del Espíritu de Dios… Es la obra creadora de la Trinidad que actúa en cada uno de nosotros, es Jesús que con su ejemplo nos muestra el camino del amor que nos acoge en sus brazos y quiere ser acogido por nosotros.

 

Y lo hace transformando el acompañamiento que procuramos en una eficaz acogida mutua.