387-LA BOLSA DE VALORES Y EL DERECHO DE PERNADA

 

 

 

 

Tanto los que juegan en bolsa como los que utilizan sus servicios de buscar capital para sus empresas tenemos un derecho irrenunciable a usar nuestra libertad de elección como creamos conveniente, pero también tenemos deberes: no limitar los derechos de los demás. Cualquier compromiso humano conlleva seriedad, es decir, comprometerse seriamente, si no, no hay estabilidad ni confianza en nuestras relaciones.

 

No entiendo de mercados ni de valores pero, sinceramente, prefiero no entender, porque siempre he creído que el valor es una cualidad objetiva de las cosas. El precio que uno le pone a esas cosas, sin embargo, va en función de intereses, casi siempre egoístas y mezquinos.

 

Un contrato no debe ser algo que se rompe de buenas a primeras por simple conveniencia o cambio de parecer arbitrario, infundado casi siempre. Decir hoy ‘apoyo esta iniciativa con mi dinero’ y mañana ‘retiro mi confianza’, ‘paso mi apoyo a otro’… amparado en una ley que nadie sabe quien promulga, la ley ciega del mercado, es por lo menos ‘inhumano’.

 

Una iniciativa que busca apoyo en el mercado, se pone en manos de la avaricia descerebrada e inhumana que rige sus movimientos especulativos. No existe el compromiso, la lealtad, el esfuerzo solidario…, y si eliminamos esos valores en nuestras relaciones, nos encontramos con que el mercado es un irresponsable que hace lo que quiere con lo más sagrado, con todos los derechos y sin deberes, incluido el derecho de pernada. Y digo derecho de pernada porque han eliminado de estos derechos todos los límites éticos y morales.

 

Nuestro bienestar está en manos de personas que juegan con el sudor de nuestro esfuerzo, con el rendimiento de nuestro trabajo, por el solo objetivo de obtener rendimiento sin esfuerzo, no como una contraprestación del trabajo. Es como el muérdago que parasita al manzano y no deja madurar sus frutos.

 

 De la misma manera, jugar con el dinero acaparándolo buscando la pura rentabilidad, es como acaparar el oxigeno del aire que respiramos para darlo caprichosamente al mejor postor. Porque el ser humano ha convertido el dinero, antigua moneda de cambio, en artículo de primera necesidad como el oxigeno, y jugar con él de esta manera es a todas luces de carroñeros que esperan agazapados la debilidad del contrario para comérselo.