380- HACIA LA ETERNA JUVENTUD

 

 

El más elocuente signo de los tiempos es el envejecimiento..., señal inequívoca de que nos aproximamos a la eterna juventud. Alguno esbozará una sonrisa socarrona de incredulidad. Más aun, pensará que me acabo de caer de un guindo.

 

Pero no es así, y nuestra perfección será tanto más deslumbrante cuanto más nos adentremos en esos misterios que “ni ojo vio ni oído oyó ni mente humana imaginó…”; misterios que el Espíritu derrama en nosotros con signos evidentes para mentes y corazones despiertos...

 

Escuchamos su voz en los mundos visible e invisible, y percibimos la acción de Dios en este 'primer mundo': crecimiento en lo profundo de nuestra alma y deterioro en lo físico..., signo evidente de nuestro caminar hacia la eterna perfección.

 

Puesto que hemos renacido en el espíritu, renaceremos en lo material para alcanzar unidos la prometida ‘eterna juventud de cuerpo y espíritu’.

 

Todo se ordena hacia Dios en nuestras acciones de bondad, porque en ese momento estamos dejando actuar al Espíritu en nosotros, sensibles a sus signos, dejándonos abrazar en ellos, en los misterios que ocultan.