378- NECESITO UN TÚ DIALOGANTE

 

 

 

A veces busco la soledad, sentirme solo conmigo mismo en medio de una naturaleza envolvente, invasora de mi yo… ¿de verdad lo necesito? ¿No será una equivocada tendencia a huir de los demás?

 

Otras veces busco sosiego, relajación, paz en medio de este mundo conflictivo y estresante… Esto es otra cosa, más que un derecho es una necesidad para recuperar energía.

 

El yo humano necesita un tú dialogante (dialógico, como designa mi amigo José Luis). No estamos solos en el mundo, el mismo Dios son tres personas e infinitos hijos (en el modo humano de entender) unidos en un mismo latido de vida. No somos seres autosuficientes, somos seres sociables porque así hemos sido creados y así lo es nuestro Creador.

 

Vino a nosotros para unirnos en nuestra dispersión como el pastor reúne a sus ovejas, y mostrarnos al Padre. Solo buscaba la soledad en sus encuentros íntimos con Él, para hablarle de cada uno de nosotros e ir conformando así el ‘Pueblo de Dios’.

 

Por eso, en esta naturaleza invasora de mi ‘yo’ que me aísla, puedo encontrar el ‘tu’ dialogante que necesito. En esa maravillosa puesta de sol, en este mundo que resurge y florece todas las primaveras…, encuentro una respuesta de Dios a mis anhelos de belleza y armonía, de paz, de lucha por seguir sus pasos unido a mis hermanos, hasta alcanzarle para fundirnos en Él, eternamente.

 

Quien no busca la soledad pero se busca a sí mismo, la encuentra como compañera indeseada… Aunque piense estar en compañía de un ‘tu’, es un ‘tu’ mudo para nosotros porque ni nos escucha ni le escuchamos, no hay diálogo. La soledad de quien se busca a sí mismo es estéril, sin esperanza, situada en un profundo y permanente sopor, añorante de un despertar a la nada, a la oscuridad absoluta.

 

Necesitamos un ‘tu’ dialogante, aquel que crea en nosotros expectativas, nos habla y obtiene respuestas, nos saca del inmovilismo, abre nuestros sentidos y nuestra inteligencia hacia un ‘todo’ que enciende el corazón, contagiado por los pálpitos del corazón de Dios.

 

Desaparece el ‘yo’ egoísta, rodeado de sí mismo; desaparece invadido por un ‘tu’ inmenso y a la vez pequeño en cada uno de nosotros…, gota de agua transformada en océano de verdaderas y auténticas realidades...