264- UN ENCUENTRO NADA CASUAL

 

 

Recorría lejanos lugares en busca de Dios, en todos los ambientes por donde decían que estaba, sin encontrarle. Cansado y perdida la esperanza, me senté bajo un árbol a la vera del camino.

 

Allí clamé a Dios:

 

- ¡Si estás en algún sitio, muéstramelo, quiero servirte a ti solo, las criaturas me han decepcionado, yo mismo soy una calamidad, no se donde buscarte ni como encontrarte, quizás me haya cruzado contigo sin reconocerte!... ¿Como eres?, ¿donde habitas?...

 

Desasosegado, sin saber que hacer, me pareció oír una respuesta a lo lejos, no sabía su procedencia, solo veía un caminante que se aproximaba.

 

- ¡Quien me habla! ¿Eres tú, a quien busco?

 

Con más claridad oí que la voz me decía:

 

- Aquí estoy, me trata bien porque sabe que le acompaño, le guío, soy su mejor amigo... Sin embargo tú no me haces caso, me ignoras, dices buscarme pero... buscas en otras partes.

 

Sorprendido miré a mí alrededor y solo veía al caminante que se acercaba, pero a nadie más. Estaba confuso, esa voz ¿de donde procedía?, ¿de aquel a quien tanto buscaba? Solo escuché silencio.

 

Al poco tiempo, ese silencio fue roto por un saludo, el caminante se había aproximado:

 

- ¡Hola!, ¿cansado?

 

- Llevo años caminando. - le dije - Busco a Dios si es que está en algún sitio, pero no le encuentro, y creo... es momento de descansar y reflexionar. ¿De donde vienes?

 

- No importa de donde vengo, importa donde voy y quien me compaña en este viaje.

 

¡Ah! - le respondí - Donde vas, puedo intuirlo por el camino que llevas, pero ¡no veo ninguna compañía!

 

El caminante, pensativo, parecía no haberme escuchado. Se sentó a mi lado sobre la fresca hierba, guardó silencio y al rato me pregunta:

 

- ¿Podrías decirme a quien has buscado y en que lugares?

 

¡Y que le importa a este!, pensaba para mis adentros, no deja de ser un desconocido, pero... ¡esas voces!... ¿Tendrá algo que ver este buen hombre?

 

Su aspecto era agradable, cara de buena persona, de mediana edad, más joven que yo, y... transmitía confianza, al menos mi corazón anhelaba abrirse un poco, y eso hice:

 

- Verás, todo comenzó en mi trabajo como asesor jurídico de empresas. Treinta años ayudando a unos a sobrevivir, a otros les hice ricos, a otros les libré de la ruina económica..., en fin, ambiente agradable, dinero, dinero, llegué a pensar que el dinero lo era todo, que... aunque no era lo mas importante, era lo único, mi propia mente bailaba a su ritmo porque con ello conseguía lo demás: éxito, amigos... una vida asentada...

 

Le miré, me seguía con interés y proseguí mi relato.

 

- Pero algo en mi interior no estaba de acuerdo, dudaba de que yo estuviese verdaderamente a gusto con esta vida, y no le faltaba razón. No había recibido instrucción religiosa, pero pensaba que alguien debería estar por encima de las cosas y de nosotros mismos. De otra forma este mundo sería una gran bola grupuscular en la que cada uno lucha por ganar posición, así hasta que desapareces, otro ocupa tu lugar y todo sigue igual. Cuando somos demasiados porque nuestro espacio vital se nos antoja pequeño, el mas fuerte hace desaparecer al mas débil y asunto solucionado.

 

- Y comenzaste a buscar a Dios - dijo el caminante.

 

- ¡Si!, pero no sabía quien era Dios, y sigo sin saberlo; no sabía donde buscarlo, y sigo sin saberlo; no sabía que quiere de mi, si es que quiere algo... mil preguntas, no sabía nada de nada.

 

- Dejé definitivamente mi trabajo y comencé a buscarle sin rumbo: distintas iglesias, grupos filosóficos, en la música, en el arte, en la naturaleza, en otras culturas, viajé mucho, hablé con muchos buenos pensadores, lideres religiosos, grupos ecologistas, con la gente... nadie me ha dado una respuesta convincente. Dios no aparece, no se da a conocer..., o no existe..., ¡somos un mundo a la deriva!...

 

Detuve el relato para serenarme un poco, porque, al fin y al cabo, todo me produce desasosiego. De pronto el caminante se incorpora y oigo su voz que me dice:

 

- El Dios que buscas esta enojado contigo. - Y prosigue:

 

- Aunque caminas por buena senda, has tomado el sentido opuesto. Difícilmente encontrarás a Dios si no remueves su corazón para que se apiade de ti y te ilumine.

 

- ¿Tan errado estoy?, - le contesto - Dime cual ha sido mi error y si estoy a tiempo de corregir el rumbo.

 

Se sentó de nuevo a mi lado, el caminante tenía aspecto sereno, hablaba pausadamente como si el tiempo no existiera, todo en él parecía imbuido de una certeza que yo, todo dudas, jamás había experimentado.

 

- Recorremos la vida, - comenzó a explicarme - siguiendo un círculo, pero el recorrido tiene dos sentidos totalmente distintos, aunque los dos acaban en el mismo sitio: el final de esta vida caduca y el paso a otra que nunca termina. Dios camina por esta senda junto con los humanos, el mismo Jesús nos acompaña desde que se hizo humano como nosotros, es un detalle del infinito amor que Dios nos tiene.

 

Yo, miraba fijamente al caminante y mis sentidos estaban expectantes, incrédulos, esperanzados..., todo al mismo tiempo.

 

- Él, camina en un sentido. Si tenemos la dicha de recorrer la senda en ese mismo sentido, desde que nacemos podríamos llevar a Dios de compañero..., se multiplica por cada uno de nosotros, nuestros padres nos lo presentan como ‘un amigo’, lo vamos descubriendo con nuestra tierna imaginación, lo vamos haciendo vida en nosotros, y cuando la misma vida nos despierta a este mundo, Él nos sigue acompañando, si no le dejamos nunca, pasa a ser nuestro apoyo, nuestro guía...

 

- La senda contraria -recorriendo el círculo en el otro sentido- nos lleva por el mundo, por sus deleites y aventuras, y siempre llega un momento que vemos nuestras carencias, vemos que la vida no responde plenamente a tus aspiraciones, intuimos a Dios y lo buscamos, o simplemente lo ignoramos, pues no lo conocemos, pasamos junto a el y no nos percatamos.

 

¿Estaré... perdiendo el tiempo, buscando sin saber que busco, caminando sin rumbo?...

 

- Tengo que reconocer, - le contesto después de una reflexión pausada que él respeta con su silencio - que... soy indigente en las cosas del espíritu, necesito de todo. ¿De las cosas de aquí? No necesito nada, apenas un poco de agua cuando arrecia la sed, algo de alimento para fortalecer mi debilidad, algo de abrigo cuando sopla el cierzo y la sombra de un árbol cuando el calor aprieta, como en este momento. Nada más; del mundo tengo lo que necesito, pero de las cosas del espíritu carezco de casi todo y... tengo una sed que no se calma con nada, cuanto mas bebo más necesidad tengo de beber.

 

- Bebes agua que no calma la sed, solo el agua viva que Jesús ofreció a la Samaritana colma nuestras ansias de eternidad... - No le dejé continuar:

 

- Pero... he recorrido un camino equivocado, nunca podré calmar esta necesidad. Mira, he clamado al Dios que aun no conozco, le he pedido ayuda y... una extraña voz, justamente cuando tú te aproximabas, reprochaba mi obstinación... ¿Quien eres?, ¡estoy confuso!, ¿tienes algo que ver con esa voz? - le dije agitado.

 

- Un simple caminante. - Me contesta. Guarda silencio.

 

Yo le acoso:

 

- Has acertado en el sentido de tu caminar, sin embargo yo voy en sentido contrario, ¿no es cierto?

 

- Cierto. - me responde - Pero no te preocupes, estamos en tiempo de merecer, para bien o para mal, de dar un golpe de timón, un giro a nuestro rumbo, tiempo de éxito y fracaso, de hacer valer nuestra sabiduría o nuestra necedad...

 

- Soy cristiano, - continua - por eso te he hablado de Jesús, nuestro Maestro y Salvador de una humanidad perdida en sus desviaciones. Estamos en tiempos de merecer sus dones, y nos pide limpieza de corazón para ver, para que se desprendan las escamas de los ojos de nuestra alma y lleguen a ver a Dios: “Bienaventurados los limpios de corazón porque ellos verán a Dios” (Mt 5,8)

 

- Pero esa voz, - le respondí - decía que yo ignoro al Dios que busco porque... busco en otra parte...

 

- Buscas que tu vida coincida con lo que dices querer ser, eres coherente y quieres ser fiel a la idea de servir al verdadero Dios de este mundo... Esa autenticidad tuya le agrada a Dios y... tiene prisa de que encuentres la Verdad, tiene prisa como Padre Bueno en darte sus dones, en derramarlos sobre ti..., reprocha tus desaciertos en la búsqueda, te pide calma y reflexión.

 

- Pero se nos podría mostrar con más claridad...

 

- Dios no anula al hombre con su deslumbrante e impactante presencia, por eso está en lo escondido, en nuestro corazón limpio, de esa forma Dios potencia nuestro ser, y nos responsabiliza en la tarea de ser sus mediadores ante los demás con nuestra propia vida. Dios saldrá a tu encuentro no en medio del huracán sino en la brisa suave. Jesús va suscitando personas, llamándolas para que saquen lo mejor de si mismas y le sigan.

 

- Creo que comprendo...

 

- La autenticidad brota del interior humano, de situarse abajo, no sobre un pedestal para que todos contemplen nuestra imagen –si nos contemplaran a nosotros seriamos ridículos-, brota de ser humildes y no guardarnos nada, como los niños, sin malicia, sin protagonismo, espejo que refleja lo que tiene delante, desenmascarando hipocresías. Hacerse como niños es llegar a la sencillez que descubre la bondad y la belleza, descubre a Dios que pasa delante de nosotros.

 

Yo le miraba absorto, es agradable sentir la vida con corazón limpio, pero ¿quien puede decir si mi corazón está limpio y se ha curado mi ceguera?

 

Le planteo estas dudas al caminante.

 

- Existen actitudes humanas que a Jesús le agradan especialmente: estar siempre disponible para hacer el bien, gratuitamente -la gratuidad-, sin protagonismos ni medallas, sin recompensas humanas, en lo oculto... “que tu mano izquierda no sepa lo que hace tu derecha”, dando luz, la luz de una vida sencilla y entregada... Porque Dios está en todo lo humano, humaniza el espíritu, hace ver al ciego y mantiene ciego al que dice ver (Jn 9, 39-41).

 

- No termino de comprender, las miserias humanas... ¿Dios se mezcla con nosotros?

 

- Si, y Jesús no pide héroes, pide lo obvio, lo espontáneo, lo que está al alcance de nuestras manos, de nuestros medios y de nuestro corazón..., no basta ser honrado, hay que ser bueno al estilo del Maestro, ...todo el que confiesa a Jesucristo manifestado en la carne, procede de Dios.” (1 Jn 4, 2). Nos empeñamos en ‘espiritualizar’ lo que es ‘carne’ cuando Jesús intenta nuestra recuperación desde la realidad carnal, desde nuestra sensibilidad, transformando nuestro corazón embotado en un corazón tierno, que late al unísono con el suyo. Por eso Dios se hizo humano, para meterse en nuestros corazones y habitar en ellos.

 

Creo que voy comprendiendo

 

- Ayuda al que encuentres en tu caminar, no des rodeos para evitar a nuestro prójimo –próximo-. Te aconsejo la lectura de Lc 10, 25-37. Has salido de un mundo que hace imposible cualquier concreción del ‘Reino de Dios’, pues vive en una reciprocidad competitiva que lleva a la aniquilación..., no debe ser así, tu vida se está llenando del Dios espíritu y carne como nosotros, que nos enseña como amar a nuestros hermanos y conformar el Reino de Dios celestial aquí en la tierra.

 

Una aureola de misterio rodeaba este encuentro, pero nuestra realidad corpórea clamaba algo, ofrecí al caminante un trozo de queso de cabra que aceptó complacido, bebimos agua de nuestras cantimploras y él me acercó unas avellanas recogidas en el camino, y alguna manzana verde.

 

- Avanza el día, - le digo - es una pena tener que continuar por nuestros diferentes caminos. Tu vas acompañado y con una meta en tu caminar...

 

Me miró fijamente...

 

- Si, - proseguí - ya sé quien es tu compañero de viaje, ya comprendo las palabras que he escuchado cuando te veía a lo lejos, comprendo los reproches que me hacían y..., pienso que... debo hacerte caso, cambiar el sentido de mi ruta, si me aceptáis en vuestra compañía al menos esta jornada... quizás tenga tiempo de ganarme la confianza de Dios... luego seguiría mi camino, el que Él me indique...

 

- De acuerdo, vamos.

 

Se levantó, dio un repaso al cordaje de las botas, recogió su mochila después de ordenar cuidadosamente el interior, la colocó a sus espaldas, se ciño la visera y bastón en mano me indicó la ruta. Yo, ajustados mis pertrechos, le seguí.

 

Caminábamos en silencio, sin mirar hacia atrás. Daban vueltas en mi mente las palabras del caminante, le observaba, estaba seguro que iba manteniendo un dialogo fluido con Dios a tenor de su expresión serena, no quería interrumpirle.

 

Yo deseaba aprender a tratar a Dios y no sabía como afrontar el encuentro inicial, era para mí una incógnita, un momento especialísimo que se había presentado ¡de sopetón! y no acertaba a encararlo... me había cogido sin papeles...

 

¿Como seria Jesús?, ese ser tan prodigioso, ¿me aceptaría entre los suyos? ¿perdonaría todas mis culpas, injusticias, desprecios hacia su persona, locuras, sensualidades, egoísmos, codicias, cobardías..., y tantas y tantas cosas?

 

- Mi corazón no está limpio, mis intenciones no son puras, necesito mucho refriego, mi indigencia es grande... - le digo, rompiendo nuestro silencio.

 

- Tú, en tu interior te reconoces pecador, te has reconocido en un mundo que no está en la verdad, sin embargo ahora estás en la verdad y ¡la verdad no necesita justificación!, es ella misma, porque la verdad es la humildad que hace vernos tal cual somos, que abre nuestro corazón a Dios sin guardarse nada. Te aconsejo leer la parábola del fariseo y el publicano (Lc 18, 10-14), mejor, te la leo.

 

Sacando una Biblia de su mochila, comenzó a leer:

 

- “Dos hombres subieron al Templo a orar:...”

 

Yo escuchaba con atención... La verdad está en la humildad y la verdad no necesita justificación, ahora comprendo estas frases, solo los que tienen intenciones torcidas intentan justificar sus acciones... ¡que doctrina más hermosa!: Dios siempre perdona, y...desde ahora, no busco a Dios, porque ya lo he encontrado, busco su perdón...

 

- Estamos llegando a mi destino, - dijo el caminante - mi ciudad, donde habita mi familia, los míos, donde trabajo, donde me siento uno más dando testimonio de mi fe. Ahí continúa mi viaje, cambio de indumentaria y renuevo la mochila. ¿Tu que plan tienes?

 

- Ninguno, - le contesto algo avergonzado de mi mismo-  no tengo donde ir...  Los míos no me aceptan, hace años que no sé nada de ellos... ahora creo que debo rehacer esta situación: separado de mi mujer, mis hijos no quieren saber de mi, mis amigos ¡que será de ellos!... un desastre.

 

- Todo eso se te ha perdonado, - me anima - es hora de enmendar en lo posible la culpa que hayas tenido en cada situación. Te has acercado a la Verdad de la vida, quieres abrazarla y...

 

- Necesito saber que Dios me ha perdonado, - le interrumpo.

 

- Vas a hablar con un sacerdote católico y él te imprimirá en nombre de Dios esa huella sacramental que te dejará el alma limpia, te dará fortaleza para afrontar los retos de tu camino...

 

- Seré otra persona...

 

- Así es, pero estar en la Verdad de Dios no te hace inmune a meter la pata de nuevo..., “el justo peca siete veces al día”, recuerda, tan débiles somos.

 

- Es cierto.

 

- Sin embargo, el injusto asienta sus glorias sobre el pecado, vive en él, tiene una gran viga en el ojo, que le impide ver, pero condena la paja del ojo del justo, está ciego y condena al que ve por el único delito de ver. Por eso tenemos que ser intransigentes con el pecado pero no con el pecador arrepentido, tenemos que perdonarle siempre, pues Dios nos perdonó primero, "...nadie te ha condenado..., yo tampoco, anda y en adelante no peques mas" dijo Jesús a la mujer acusada de adulterio (Jn 8, 2-11).

 

- Pero el mundo te arrastra, te aparta de Dios, te encadena...

 

- Intransigentes con el escándalo que induce al pecado "... ¡Ay de aquel hombre por quien viene el escándalo!..." (Mat 18, 7), sus innumerables corruptelas escupen inmundicia sobre los justos, corrompen a algunos pero acusan a todos de sus mismos vicios. Han llenado este mundo de detritus y hacen difícil al justo evitar ser salpicado. Se quieren apoderar de los bienes que Dios nos ha dado para transformarlos a su antojo, en su provecho, no se arrepienten del mal que hacen ni necesitan el perdón de Dios, pues no reconocen el pecado que sale de ellos mismos, solo son estrictos con los demás.

 

- ¿No piensan que están en la cuerda floja, que algún día se les pedirá cuenta de sus actos?

 

- Ellos no piensan mas que en sí mismos, están por encima de todo, pero les molestamos porque sacamos a flote la verdad, y ella misma les acusa..."Mas les valdría ajustarse al cuello una rueda de molino y echarse al mar", continúa Jesús. Arremeten con una falta tremenda de pudor contra nuestro pecado -porque somos humanos, débiles y pecadores- para quitarnos de en medio, pero la Nave de Pedro subsistirá, ellos no.

 

- Este encuentro contigo no ha sido una casualidad, - le dije al caminante dando un giro a la conversación, como temiendo... la despedida que se aproximaba... inexorablemente - estoy convencido, el mismo Dios cansado de mis pasos a ciegas, sin sentido ni rumbo, te ha puesto en mi camino. ¿Quien eres?, ¿como te llamas?

 

- Soy el que soy, no importa mi nombre, un simple caminante hacia el destino que Dios me tiene preparado.

 

- Bien, me conformo recordándote como un caminante, recordando este encuentro ‘nada casual’, Dios lo ha provocado... estoy seguro como tu estas seguro de que nos tiene preparado un buen final a nuestro caminar terrenal. ¿No es así?

 

- Es un misterio para nosotros el devenir después de esta vida terrena, pero de algo estamos seguros: nos acompañará en ese viaje lo que tengamos en nuestro corazón junto con las obras que hayan producido, de bondad y fraternidad o de malicia y desamor. Ellas nos juzgarán dignos o indignos de ir al abrazo de Dios. Es un misterio, pero no seamos irresponsables, no nos tiremos en aguas desconocidas sin, al menos, un neopreno y un chaleco salvavidas. Me explico:

 

- Paso a paso, escalón a escalón, cada paso un avance, cada jornada un poquito mas de intimidad con Dios, en algunas parecerá que retrocedemos, pero no es así, crecemos hacia dentro, no se nota pero si somos constantes llegarán frutos abundantes... Dios es el que hace fructificar nuestras acciones y deseos, nuestros esfuerzos y desvelos, en la vida familiar, social, en nuestro trabajo... Un día llegará nuestro último paso en la tierra y Dios nos encontrará felices y entregados en sus brazos. ¡Que va a hacer!: ¡recibirnos como un Padre!, aunque hayamos sido unos hijos rebeldes y desnaturalizados... porque en un rincón de nuestro corazón, encontrará, al menos, un poco que amor, y... quizás algo de ternura. 

 

- Gracias, quisiera quedarme... y seguir hablando, pero se que tu deseas otro final a este encuentro...

 

- Vuelve con los tuyos, cuéntales como la búsqueda te ha llevado a Jesús, perdónales y pídeles que te perdonen, comenzad una nueva vida en este mundo, que sea la antesala del definitivo encuentro con Dios. Allí, estoy seguro, nos volveremos a ver, y sabrás mi nombre y yo el tuyo.

 

- Adiós, caminante, rezaré por ti ahora que he aprendido a dirigirme a nuestro Dios y... espero tu oración por mi..., un hombre que ha vuelto a nacer...

 

Se fue alejando con una sonrisa afirmativa. Desde este momento necesitaré mucho que cumpla mi petición.

 

Mis ojos se han clareado. Busco el camino de retorno hacia... Se levanta la niebla allá a lo lejos, como dejando ver un camino largo... y muy hermoso.

 

 

 

Roberto Sola.  

 

Marzo de 2.010