204 - las leyes de nuestra existencia
 

“El mundo fue creado para proporcionar un espacio a la alianza con que Dios se vincula al ser humano. Es la materialización de la idea y del pensamiento primigenio que Dios llevaba dentro de si y que se convierte en un espacio histórico entre Dios y su criatura.” (Benedicto XVI)

 

Dios ha creado este maravilloso marco que contemplan nuestros ojos y pisan nuestros pies, por donde corretean nuestros hijos, donde podemos amar con libertad todo lo que el corazón desee, disfrutar de los bienes de este mundo y… es justo elevar la vista y el corazón en agradecimiento a Dios.

 

Porque somos libres para el amor o el desamor, para la correspondencia o el olvido, en el que Dios cuenta o no cuenta, según queramos seguir sus caminos o los nuestros. Un buen padre siempre está pendiente de las correrías de su hijo, aunque 'pase de el', como si no existiera. Solo en momentos dramáticos le pide ayuda, y aunque sea un hijo interesado y desagradecido… Él, nuestro Padre Dios, nos ayuda siempre…, nos ayuda a crecer, día a día, fuertes y hacia arriba, como un magnífico roble…, porque si nos dormimos… ¿se puede enderezar un viejo roble retorcido?

 

Nosotros no podemos, y Dios guarda silencio, pero es un silencio aparente porque no somos capaces de ver el verdadero desvelo de Dios por los hombres y su acción en nosotros. Solos no podemos enderezar nuestra vida, “…para los hombres esto es imposible, pero para Dios todo es posible” (Mat. 19, 26)

 

Debemos ser inteligentes. Saber captar las leyes de este mundo, puesto a nuestro servicio. Ahí está la clave del éxito. El hombre fija leyes, establece normas, códigos de conducta..., escritos y rubricados. ¿No es pues razonable que este mundo creado tenga sus leyes?

 

La naturaleza nos habla del Artista que la ha diseñado, que le ha puesto un ritmo, una armonía, una lógica aplastante. Para mas ayuda, el mismo Dios se nos revela: Ley Natural y Ley Divina. Él mismo, Jesucristo, ha venido a convivir con nosotros, a sacarnos de la situación de oscuridad en que vivíamos, a darnos ejemplo de ¡como vivir esta vida! y hablarnos del Reino del Padre y del Camino para llegar a Él.

 

¿Hay algo que no podamos lograr en nuestra existencia? Nada, todo es posible, diáfano, limpio, todo es luz, solo los ciegos de entendimiento y los ciegos al espíritu son incapaces de ver.

 

La ‘Ley Natural’, no escrita pero implícita para todo ser inteligente y observador. Y ¡el gran misterio!: la relación directa de Dios Padre con sus hijos, aunque le digamos ¡déjame en paz! y no queramos escuchar. Dios nos ha hablado siempre, con toda la suavidad y el cariño de un Padre que respeta nuestras libres decisiones, hasta las más aberrantes. Está en los textos de las Sagradas Escrituras que desde años inmemoriales han escrito hombres inspirados por Dios, con el estilo humano de cada época. Está en los escritos de los Doctores de la Iglesia, de los Santos, en las Encíclicas y en el Magisterio común, todo recopilado en nuestro Catecismo. En conjunto es muy revelador, tremendamente clarificador del por qué de nuestra vida terrena y lo que Dios más desea.

 

Podemos crecer como un magnífico roble que busca el cielo, que busca a Dios, derecho, sin devaneos en cosas mundanas. Así, la esperanza del cristiano se torna inmensa y nos arrastra hacia la caridad, hacia el amor, y Dios derrocha sus dones, no según nuestras cualidades o nuestros méritos, sino según nuestra esperanza. “De Dios obtenemos tanto como esperamos” (San Juan de la Cruz). Ó, podemos crecer ¡para abajo!, buscando… nada, ocultándonos de la fantástica realidad que tenemos ante nuestros ojos.

 

Ojos de la cara y del corazón, ojos del alma y de nuestra inteligencia. Ojos para ver, ¿para que os quiero sino?