216 - DIOS NOS ENTREGÓ EL DON DEL AMOR
 

Los que solo creen en el amor, aunque no crean en Dios, están mucho mas cerca de Él que la inmensa mayoría de creyentes, porque... a pesar de sus frustraciones necesitan amar y sentirse amados. Aman a todos, aman la naturaleza y no odian a nadie. Perciben los efluvios divinos aunque no sepan de donde vienen.

 

Son sensibles a lo más íntimo de Dios: el Amor que fructificó en la creación de un mundo material y espiritual del que formamos parte importante, pues a nosotros entregó Dios el Don del Amor y a nadie más, para 'vivir una vida de perfección como hijos suyos'.

 

Pero por desgracia para nosotros, descubrimos el odio, lo extendimos por el mundo y olvidándonos de quien nos engendró en el ser... se nos olvidó amar.

 

El Don de Dios es el Amor, el odio no existe en Él, solo en Satán que fue y es nuestro maestro en ese mal arte. El mismo Dios, Jesús, vino a enseñarnos lo que en oscuros milenios habíamos olvidado, "amaros unos a otros como yo os he amado".

 

Somos torpes para aprender y Jesús vino a darnos una ‘clase práctica’, amando incluso a los que le colgaban de un madero para darle muerte, amando a todos sin distinción, porque la Ira de Dios solo se muestra contra el mal, nunca contra el malvado. Hasta el final amó a Judas, el traidor, y le dolió profundamente su traición. Por Amor vivió en la tierra, por Amor murió y por Amor resucitó y subió a los cielos a preparar nuestra morada definitiva.

 

Pero seguimos odiando, pasamos con mucha facilidad del amor al desamor. Nos falta fe en quien nos ha dado todo, solo tenemos fe en nosotros mismos que no sabemos amar ni nos dejamos enseñar, y nos engañamos llamando amor a lo que no es, creando nuestro mundo de espaldas a la verdad.

 

De ahí el asombro de Jesús por nuestra falta de confianza en quien nos muestra la Verdad con claridad meridiana: "Y se asombraba por su incredulidad." (Mar. 6, 6) Dios mismo se asombra de nuestra incredulidad.

 

Porque... teniendo delante un maravilloso panorama, solo vemos un mundo plano, triste, sin amor, sin color ni relieve, y, para colmo de desgracia, sin comprender lo que vemos... pues la nuestra es una realidad desdibujada, un sucedáneo hecho a medida de nuestros intereses, prescindiendo de los demás excepto cuando sacamos beneficio de ello, y eso es... un mundo injusto, incomprensible para un corazón con algo de sensibilidad.

 

Estamos ajenos a la realidad de esta vida porque no nos interesa el gran misterio que encierra, porque queremos ver y entender solo con nuestros ojos carnales y nuestra mente racionalista. Un misterio de amor nos ha sido desvelado y... seguimos escépticos.

 

Jesús, además de subir a los Cielos, se ha quedado con nosotros para siempre, oculto en un trocito de pan insípido y ¿cuantos van con fe a recibirlo en su alma? ¿Cuantos van a hacerle compañía para que no se sienta tan solo, para... corresponderle de alguna manera, para descubrir al menos una pequeña brisa de su amor?

 

Dios no está arrepentido de su Creación, ni de la poca inteligencia que dio a los humanos, pero ha caído en lo que todos los padres hacemos: sentir compasión por sus hijos, y sufrir con nuestro destino..., porque le cuesta renunciar para siempre a los que han muerto al espíritu.