213 - EL DESEO (2)
 

‘El deseo es el principio organizador de nuestras vidas’, frase tomada de mi escrito ‘El deseo’. Nuestra vida se organiza en torno al deseo de felicidad ‘aquí’, de buscar el bien ‘aquí’, o el deseo de felicidad ‘eterna’, es decir, ‘aquí y allí’. Es mas vital dirigir nuestros deseos hacia la búsqueda de la felicidad ‘completa’, ‘aquí y allí’, la que no está sometida a los límites de este mundo, porque es para siempre.

 

El deseo de felicidad se acaba en esta corta vida y se transforma en felicidad completa, cuando nuestra felicidad ‘aquí’ se prolonga sin límites liberada de todo mal. Pero se puede transformar en infelicidad cuando se acaba la de ‘aquí’ y no hemos previsto su continuidad…, una trágica falta de previsión.

 

El alma se siente confusa por el continuo desencanto que genera la ‘ley del deseo terrenal’, que no satisface, pues solo se aproxima a una felicidad efímera, necesitando para ello ingentes dosis de imaginación, mucha desvinculación de lo humanamente verdadero, mucha inversión en ‘paraisos terrenales’, en ‘correcciones de anatomías no acordes con nuestros cánones’, mucho empeño por ocultar ‘nuestra personalidad’, sustituyéndola por ‘nuestra imagen’, mucha…

 

...ansiedad por lograr lo que ‘nunca llega’, por conseguir lo que ‘nunca conseguimos’… parece que si, pero no… es un si 'engañoso', tiene trampa.

 

El deseo largamente perseguido y nunca conseguido crea desencanto en nuestra alma, desinfla la voluntad, nos encierra en la indiferencia, el pasotismo, la intolerancia, el relativismo y el individualismo. Hemos entrado en un círculo sin salida.

 

Solo quedan dos opciones: seguir hasta el final vinculados a la vida terrenal o romper nuestra ‘desvinculacion’. Seguir en la ‘ideologia de la desvinculación’ o desvincularse de ella y vincularse a una ideología superior, que abra el círculo terrenal y nos lance hacia un infinito de misterio.

 

No es un ‘ciego lanzarse al vacío’, no, el gran misterio que rodea nuestra vida ha sido desvelado, la aventura ha pasado de ser ‘temeraria irrealidad’ a ‘gozosa realidad’, pues el misterio del espíritu de Dios se hizo visible y ¡Oh sorpresa!, es como nosotros, nuestra imagen verdadera. Mejor dicho, somos su imagen, imagen de un Ser excelso, no solo carnal sino espiritual, divino, superior en todo, superior a todo y hacedor de todo bien…, además, tierno y humano como nosotros… ni en los sueños mas felices ocurren estas realidades.

 

Los cristianos ambicionamos el bien supremo, dice San Pablo, y lo tenemos a nuestro alcance si nos despegamos de lo mundano y, sin prescindir del mundo, mas aun, apoyándonos en él, desde nuestro maravilloso marco terrenal, acogemos el Espíritu de Dios en nuestro corazón de carne, nos transformamos en ‘donacion, servicio y amor’ para los demás, como Jesús nos enseñó y desea que le imitemos en este ‘mandamiento nuevo del Amor’.

 

Nuestra voluntad verá cumplido un deseo que nunca ha muerto en nosotros, por muy desvinculados que hayamos estado de los demás: el deseo de corresponder al Amor Eterno, creador de todo cuanto existe, de lo que vemos y de lo que no vemos, de lo que tenemos y lo que deseamos porque la fe nos dice que está ahí.

 

Ese Amor nos espera con los brazos abiertos a la vuelta de la esquina -estamos llegando-, espera que vayamos cargados de frutos de nuestra paz interior, de desprendimiento de uno mismo, servicio desinteresado, de nuestro sufrir con y por personas que sufren, de deseos de bien, sin envidia, sin rencor…, deseos de justicia y solidaridad…

 

¡Obras son amores!, la carga que llevamos tiene que pesar. Pero… ¡paradoja! cuanto más pesa más ligera se hace, porque Él la lleva, en silencio, a nuestro lado… y yo, notando su cercanía, le suplico:

 

 

Señor:

Extingue en mi todos los deseos terrenales

y enciende el fuego de tu amor purificador

en llamaradas que se eleven hacia lo mas alto

para iluminar tu rostro y contemplarte

y... desearte solo a ti.