200 - JESÚS SE LLAMA ROBERTO...

Y… tiene infinidad de nombres. Él está en mí y yo en Él ¿Se podría decir que somos una misma persona? Desde el momento que yo pertenezco a la Iglesia y Jesús se identifica con su Iglesia, en cierto sentido es así: ‘somos una misma persona’ aunque no salgo de mi asombro tratando de imaginar como lo hace.

 

En la vía de Damasco, San Pablo comprendió que "...al perseguir a la Iglesia, perseguía a Cristo. Entonces, Pablo se convirtió, al mismo tiempo, a Cristo y a la Iglesia..." (Benedicto XVI). Y la Iglesia somos cada uno de nosotros, indignos de ser ‘el mismo Cristo’.

 

 

Deseo un corazón que vibre con tu presencia, Señor, porque desde que fui bautizado estás a mi lado, en mí. Mis ojos son los tuyos y aunque sean imperfectos y miopes Tú los has elegido así.

 

Quiero ser delicado y tierno contigo, portarme bien, cuidarte, conocerte más para hacer el bien con mis manos, que son las tuyas, como tú lo hacías; para no dirigir mis sentidos hacia lo que sé que te desagrada. Porque… soy tan ruin que paso la vida viviendo para mí, dejándome llevar por el mundo, como un perrillo olisqueando a las perrillas y... olvidándome de ti.

 

¡Pobre de mi!, ¡que insulsa vida! Tú me puedes subir a las cumbres del espíritu y mi aburguesamiento prefiere revolcarse en el barrizal. Tú me puedes purificar para ser digno de vivir una vida ‘inimaginable’ a tu lado, con todas las personas que han conquistado tu corazón, sin fin, vida que sacia sin saciar, donde la única ley es el amor…

 

 

¡Echa el freno Macareno!, me dice el colega.

 

¿Estas soñando?

 

No, los sueños se convierten en realidad, y de eso sabe mucho el corazón humano, más inteligente que nuestra mente absorbida por el relativismo.

 

Pienso en el dolor que sentimos con el mal ajeno, en los anhelos de felicidad que... casi siempre se ven defraudados, en la paz que nos da hacer felices a otros, cuando no respondemos a las injurias ni devolvemos mal por mal, al contrario, hacemos bien a quien nos hace daño y respondemos con una sonrisa a la calumnia, porque... es Jesús quien está en nosotros y actuamos como Él actúa, o al menos lo intentamos.

 

Cuando sentimos placer morboso del mal ajeno, no es Jesús quien actúa, no nos engañemos, Él no esta ahí, el mal solo proviene del maligno; donde está Jesús se respira un aire limpio...

 

Solo Él puede hacer ese milagro: estar físicamente con nosotros, en carne y huesos, sin ser una carga, sin tener que llevarlo "a burros" como decíamos de niños. No, está en un pequeño trocito de pan que consumimos con toda la fe y convencimiento de que ahí está la realidad de este mundo, está el mismo Dios, porque quiere estar, y si puede lo hace, y como todo lo puede así lo ha hecho para estar siempre con nosotros, como prometió; para ser cada uno de nosotros, unidos... por toda la eternidad.

 

No es un sueño. Los sueños pasan al despertar, y como pronto despertaremos, desaparecerán, entonces nuestra unión con Jesús se hará mas real, apasionantemente eterna porque el amor busca... permanecer para siempre.