190 - CUERPO CARNAL, ESPÍRITU PURO

Dios no necesita de notarios, de documentos escritos y firmados para comprometerse con nosotros, no se desdice, ‘lo prometido es deuda’, ‘la nobleza obliga’. De igual manera espera que así sea nuestra relación con Él. Es espíritu puro, los humanos somos espíritu y corporeidad, tenemos realidades espirituales mucho más perfectas que las realidades tangibles sometidas a mudas y cambios, al aparente capricho de una naturaleza violenta. El Creador espera que nuestro espíritu imagen del suyo eleve nuestro cuerpo, todo nuestro ser, hacia lo eterno e inmutable.

 

"Misericordia quiero, y no sacrificios", actos internos que brotan de lo mas noble y profundo de nuestra alma, no actos externos a veces aparentes para contentar a la galería, para satisfacción propia. El espíritu nos eleva, nos arrastra al bien con mucha mas fuerza que la carne. La carne tira para abajo, es agresiva, quiere dominar, baja nuestras miras a ras de suelo, incapaz de ver lo espiritual con sus ojos carnales, lo ignora aunque no pueda prescindir de el, porque carne y espíritu están destinados a convivir en una humanidad íntegra, con la fuerza del ejemplo que nos dio Jesús en su vida terrenal.

 

Es preciso aprender a mirar con los ojos de la carne y ver con los del corazón, solo hace falta un poco de fe en este Dios todo poder, todo bondad, que actúa en nuestra alma. Él nos imprime la agudeza visual necesaria para ver lo que de otra forma no podemos.

 

La inteligencia analiza las formas, colores, movimientos, relaciona unas con otras, extrae consecuencias prácticas..., el corazón ve la acción del artista en su obra, el amor que se dona en ellas, nuestra torpe respuesta, nuestro intento de corresponder a tan desproporcionada acción: una burda talla de madera que pretende representar a la Trinidad Santísima..., arranca a Dios una sonrisa..., de amor, comprensión y cariño porque... ‘somos como niños y eso es lo que a Él le agrada’.

 

Ningún juez condenaría un cambio de opinión, al que tenemos derecho, fruto de nuestras imperfecciones que hacen las cosas opinables, aleatorias; nos desdecimos, es normal. No es así el espíritu de Dios que forma parte de nuestro ser, es perfecto, inmutable, eterno, no es hoy una cosa y mañana otra. Esta es nuestra seguridad, un sí a Dios compromete para siempre, aunque Él comprende nuestras debilidades, comprende que el ‘para siempre’ se nos hace muy cuesta arriba.

 

¿Donde quiero ir a parar? A algo muy simple: la vida espiritual fortalece nuestras convicciones y hasta tal punto nos apoyamos en ellas que adquirimos una seguridad incomprensible para otros y difícil de explicar. La fe y confianza en Dios es sorprendente, da alas, fortalece la voluntad, nos da paz, ilusión, alegría, felicidad...

 

Sabemos que nuestro sometimiento a lo mundano, pasajero y cambiante, es proporcional al dominio de lo corpóreo sobre nuestro ser. La materia es corruptible y actúa como lo que es, el espíritu da vida a la materia. Espíritu y materia por separado nada tienen que hacer en este mundo, juntos tienen todo por delante cuando cada uno está donde debe, es decir, cuando cuidamos y perfeccionamos nuestro espíritu por lo menos tanto como lo hacemos con nuestro cuerpo.

 

Aquí quiero llegar, nuestro espíritu iluminado por el Espíritu de Dios está en la verdad, la que el mundo busca pero no encuentra, y si la encuentra no le da crédito; la verdad infalible, inherente a Dios que es espíritu y no se contradice. Él la pone en nuestro corazón, pero la manoseamos, la degradamos con torpes interpretaciones que de ella hace el mundo, sesgadas e interesadas…

 

Porque… la verdad no conviene a los poderosos sumidos en sus placeres mundanos que rechazan el espíritu de verdad, pues pretenden convertir al ser humano en ‘instintivo animal inteligente’, más bien astuto cual depredador en un mundo que hemos hecho inhumano, muy alejado de su verdadera naturaleza.

 

Este mundo nos atrapa. Cuando la luz de la fe dice que tenemos una eternidad para gozar ¿por qué tanto empeño en no esperar, en gozar aquí? Queremos ver todo, experimentar todo, conocer todo, nos entra ansiedad... Actuamos como si no tuviéramos fe, como si no existiera lo que no entra por nuestros sentidos y comprende nuestra corta inteligencia, como si lo que no hacemos aquí ya no pudiéramos hacerlo nunca, como si nuestra vida se redujera solo a esta, la de aquí, con todos sus padecimientos y amarguras, como si este mundo fuera un fatal destino sin respuestas.

 

Amordazamos nuestro espíritu que claramente nos dice otra verdad, pero parece que esa verdad no mueve nuestros músculos ni nuestra mente; solo lo inmediato, palpable y visible nos mueve, y sabiendo lo efímero que es, nuestro margen de error se torna inmenso, la probabilidad de equivocarnos, total.

 

Pero… atardece, nuestro cuerpo se deteriora, nuestra mente se torna olvidadiza y crea realidades donde no hay, las neuronas se nos van sin opciones de retorno, nuestras ilusiones se reducen y… nuestra fuerza espiritual se mantiene intacta, con el poderío que le hemos dado, o… arrinconada, olvidada. Tal como se encuentre el alma, aquellos que sean dignos la verán revestida con un cuerpo y una mente glorificados en Dios para toda la eternidad. El alma se mantendrá para siempre en la verdad o en el error, en el Amor o en el desamor; destino de una humanidad libre para hacer el bien, esclava de la carne cuando está ausente el espíritu, portadora de una realidad perceptible a la inteligencia humana, para un alma y un cuerpo eternamente inseparables.

 

"Es necesario que nosotros hagamos las obras del que me ha enviado mientras es de día, porque llega la noche cuando nadie puede trabajar"  (Jn 9,4) En esta corta vida, hacemos las obras según el Espíritu de Dios o fracasamos en nuestro intento de conseguir la eterna felicidad prometida.

 

Si no dejamos actuar en nosotros el Espíritu de Verdad con fe en su influjo benefactor, despreciaremos la Luz y permaneceremos atados a la oscuridad creyendo ver con nuestros ojos carnales lo que solo se ve con la luz de la fe. Si nos dejamos llevar por lo que el mundo estima, perderemos el espíritu y con ello la estima de Dios. Pronto nos daremos cuenta -antes de lo que pensamos- que hemos menospreciado el tiempo, que hemos matado el tesoro del tiempo que teníamos para descubrir nuestra capacidad infinita de amar a quien ha sido un don generoso y vital para nosotros.     

 

Señor, se que estás aquí

que me ves, que me oyes

que me escuchas, que me quieres como un buen Padre,

dándome los palos que merezco y las caricias que no merezco

 

Pero estoy ciego para verte y sordo para escucharte

y… perdona mi atrevimiento

quisiera ver con tus ojos de enamorado

oír con tus oídos las suaves melodías de un mundo que no pasa

 

El tuyo, el mundo que nos ofreces con todo el amor y cariño

y que nosotros torpemente despreciamos

porque solo vemos con nuestros ojos carnales,

solo sabemos oír ruidos estridentes sin melodía

 

solo sabemos… matar el corto tiempo que nos das

corto por tus ansias de querernos y de sentirte querido

pero… no sabemos corresponderte

recibimos y no sabemos dar, no sabemos de Amor.