187 - FE EN EL PROGRESO
 

"El restablecimiento del ‘paraíso’ perdido, ya no se espera de la fe sino del progreso técnico y científico, del que surgirá ‘el reino del hombre’. La esperanza se transforma de ese modo en ‘fe en el progreso’ asentada sobre dos columnas: la razón y la libertad, que parecen garantizar de por sí, en virtud de su bondad intrínseca, una nueva comunidad humana perfecta" (Benedicto XVI).

 

Es indudable que el progreso nos facilita bienestar material, fin último para muchos. Sin embargo, la sociedad del bienestar que crean las nuevas tecnologías no se convertirá en una sociedad más libre si estas tecnologías nos esclavizan en vez de estar a nuestro servicio, al servicio del ser humano íntegro, de sus valores, de su dignidad. El pincel está al servicio del pintor y la pluma del escritor, son herramientas que no pueden coartar el desarrollo personal y social de quienes las utilizan.

 

No podemos utilizar la ciencia ni la tecnología como instrumento de opresión, apoyándonos en el culto a la ciencia, ideología que limita nuestra libertad, exigiendo al hombre dejar de ser hombre para convertirse en un robot de producción, de consumo y de pensamiento único.

 

Si analizamos el devenir de la historia, nos damos cuenta que cuando la ciencia y la técnica eran rudimentarias, el hombre no era esclavo de la casualidad, del infortunio, del capricho de la naturaleza, era tan libre como lo es ahora. La propia realización en libertad es la esencia del ser humano, y este desarrollo se produce con independencia de vivir en un mayor o menor bienestar material.

 

Más aun, ese bienestar puede ser un obstáculo en vez de una ayuda. Nos convierte poco a poco, a nada que nos descuidemos, en consumidores de autosatisfacciones aparentemente ilimitadas, nos transformamos en egocéntricos celosos de nuestra ficticia libertad, nos hace insociables, solidarios solo con los que comparten nuestras ideas, enemigos del resto…, arruinamos el humanismo desinteresado y abierto a todos.

 

Somos corpóreos y espirituales. Si no anhelamos además del bien corporal -bienestar material- el bien del espíritu -que trasciende de lo material-, si no buscamos en Dios la respuesta a nuestro existir, terminaríamos dando palos de ciego en un mundo sin luz: la luz del espíritu creador y vivificador, bondad por esencia, que habita en nosotros, en la intimidad de nuestro ser.   

 

Mucha gente insatisfecha con este mundo materialista busca una respuesta en el enigma, el misterio, lo inexplicable; saca conclusiones temerarias sin base alguna que las sostenga, se vuelven supersticiosos y no viven, o su vida pende de absurdos. Por su falta de fe no saben salir del túnel en que están metidos, falta la tercera dimensión que nos eleva a Dios, y buscan sumidos en ese túnel, en sus paredes cavernarias que solo dan oscuridad. No encuentran la claridad de la luz exterior, la luz de Dios.

 

El progreso, en todas sus facetas, dignifica al ser humano, lo saca de la barbarie y lo adentra en la justicia social. Poder volar por las alturas no significa que estemos mas cerca de Dios, son dos progresos diferentes, el primero nos acerca a otros lugares y el segundo nos acerca a la Verdad. El progreso humano es auténtico progreso cuando a nuestros avances científicos, técnicos, sociales…, les acompaña un avance del espíritu que nos acerca a la Verdad, a la realidad de este mundo, a la plenitud del ser humano en Dios.