186 - enfrentarme a la verdad sea cual sea

Una copa de Dom Pérignon sumerge al experto sumiller en todo un mundo de percepciones sensoriales. Un profano percibe que no es agua lo que toma, y poco mas.

 

No es de extrañar que el Nombre de Dios no diga nada a muchos.

 

Unos piensan que es un invento de personas débiles, incapaces de afrontar la vida. Para otros es una cadena que nos intentan engrilletar los curas, y comentan burlonamente ‘los jóvenes de ahora son más listos, no les convencen, sin embargo a nosotros nos engañaron’. Para otros es un ser misterioso, inasequible, que se interesa poco por nosotros, al que acudimos de vez en cuando, sobretodo si estamos con la soga al cuello o con un pie más allá. A otros les interesa siempre que puedan llevar la doble vida de satisfacer el cuerpo y tranquilizar el espíritu con falsos convencionalismos.

 

Sin embargo otros descubren el Amor y profundizan en él, pero su razonamiento tropieza con la verdad trascendente y oculta para muchos, verdad que asombra y... nos preguntamos sin obtener respuesta:

 

¡Como es que estando tan visible ante de mis ojos, no sea capaz de verla!

 

Yo busco de una forma racional y me ciega lo evidente para mis sentidos. Tengo la realidad enfrente de mí y... reconozco, entra temor hacia lo desconocido. Pero tenemos que ser valientes y asumir el riesgo de enfrentarnos a la verdad sea cual sea.

 

Descubro que Dios se vuelca, el asombro me deja empequeñecido, anonadado, doblegado mi orgullo. Es preciso hacerme pequeño, es la única manera de poder ver el ‘Rostro de Dios’, de llegar algún día a contemplar ese misterio oculto tras lo sencillo.

 

Esa es mi gran esperanza, porque la infancia espiritual está desnuda de todo lo mundano, como una criaturilla indefensa, nada tiene, todo lo necesita y enternece al mismo Dios que lo cubre con su amor y le hace mas fuerte y sabio que el mas poderoso de este mundo.

 

Es suficiente contemplar una hoja desprendida de un árbol para, como san Francisco, cantar los más bellos poemas al Creador. La verdad de esta vida tiene la simplicidad de Dios, no es compleja como todo lo humano, no necesita de muchas neuronas, de muchos procesos matemáticos con resultados a veces erróneos.

 

El amor solo necesita una mirada para ser perfecto.

 

El ser humano solo necesita un suspiro para ser sabio, un instante para ser eterno.

 

Solo con un latido de nuestro corazón enamorado nos unimos a Dios.

 

Solo un acto de fe en el Creador nos hace comprender todos los misterios y entrar en la intimidad de Dios... nuestras  puertas abiertas de par en par... rotas las ataduras mundanas... vacíos de todo apego... vacíos de nosotros mismos... entra con suavidad una brisa misteriosa... notamos que es Él... el dulce abandono... nos posee... toma nuestro timón, endereza el rumbo y... comienza una nueva aurora.