183 - MILAGROS
 

¿Milagros?, haylos, a todas horas, en todos los sitios. El sol sale y se esconde todos los días, nos hemos acostumbrado a tal maravilla y nos parece normal, pero es un hecho fantástico que escapa a toda sabiduría humana. ¿Que pasaría si solo ocurriese una vez a instancias de una persona que, increpando al cielo, solicitara la aparición de un astro más inmenso para nosotros que la luna y todo el firmamento?

 

Sería un hecho inexplicable por ser único. Si uno que ha nacido ciego de pronto recobrara la visión sin intervención de la ciencia ni motivo alguno que lo explicara, sería un milagro. Pero si esto ocurriera a menudo de forma también inexplicable, sería normal, como un árbol que de pronto se seca, la naturaleza es así, no hace falta comprenderla para admitirla. De todas formas, si ese árbol se seca porque Jesús le dice “que nadie coma nunca más fruto de ti...”, eso es un milagro, los árboles no obedecen de esa manera a la voz humana.

 

Para los racionalistas todo esto es inexplicable ‘hasta cierto punto’. En el mundo del espíritu -mundo que no existe para ellos- los milagros son infinitamente mayores que en el mundo material, visible. Una persona que pasa la vida sin percatarse de las necesidades de su vecino hasta que un buen día recapacita y decide desde entonces ayudarle en todo lo que pueda, ¿no es un milagro? Es un caso excepcional, inexplicable sin una intervención del Espíritu Bueno.

 

Los que tenemos fe sabemos que para Dios es tan fácil hacer que una hormiga camine con sus patitas sincronizadamente como hacer que un monte comience a andar también sincronizadamente. Vemos muy a menudo lo primero, pero lo segundo no. Si a partir de ahora los montes caminaran, con el tiempo nos acostumbraríamos y nuestros científicos comenzarían a investigar sus mecanismos de automoción.

 

Somos limitados y mezquinos, no queremos reconocer nuestra pequeñez, buscamos ‘señales’ para creer en algo más que en nosotros mismos, ‘milagros’ que nos dejen atónitos cuando todos los días tenemos infinitos que se producen delante de nosotros, y no por repetidos dejan de ser milagros inexplicables. Nos sobran por todas partes pero somos como niños que tienen todos los juguetes y quieren ‘otro distinto’.

 

 

     

 

 

Todas las primaveras producen el tremendo milagro de una naturaleza que se despereza de su letargo y brota incontenible en flores y frutos que inundan el aire de agradable aroma. Mayor milagro es el brote que se produce en miles de corazones jóvenes que acuden desde lugares lejanos al llamamiento de un anciano Papa para escuchar palabras de vida, vida casta en matrimonio o en celibato, con espíritu muy diferente al que el mundo predica, impone y tolera.

 

¿Para que queremos más milagros? ¿No estamos sobrecargados? Yo diría que estamos aletargados, necesitamos una nueva primavera que produzca en nuestra alma el gran milagro de la conversión al misterio de Dios, que lleguemos a admirarnos por las innumerables muestras del gran Amor que da origen a nuestra existencia.

 

Si lográramos siquiera quedar admirados por un tierno brote que se abre... en una planta silvestre..., en nuestro corazón, de verdad, habríamos comenzado a creer en los milagros.