182 - ¿Por que nos hacemos sufrir unos a otros?

 

¿Por que nos hacemos daño físico, psicológico y moral, conscientes de ello y a veces intencionadamente? Este sufrimiento nos lo podemos causar nosotros mismos, sobretodo el psicológico y moral, el más doloroso y dañino, pero casi siempre es causado por nuestros congéneres.

 

No dejamos a Dios intervenir en nuestros asuntos porque nos consideramos mayores de edad, le suplimos sin querer admitir nuestra incapacidad para vivir en fraternidad buscando el bien común por delante del aparente bien personal. Así, nos afanamos en buscar seguridad, protección, felicidad, siempre engañosa, y lo hacemos a costa de otros, no nos importan los demás, ¡que cada cual se cuide a si mismo!, piensan la mayoría.

 

Y si nos dejamos arrastrar por el mal, nos regocijamos en nuestro bienestar cuando contemplamos el sufrimiento de otros, nos da un placer morboso, nos hacemos perversos, inhumanos...; violentamos la naturaleza, pues los animales matan para comer, es una necesidad fisiológica de supervivencia, sin embargo el ser humano imbuido por el mal hace daño por placer.

 

En el primer caso no existe maldad, en el segundo si; no es consciente del daño causado, nosotros si lo somos; no es un daño querido, en nuestro caso si.

 

 Somos capaces del mayor mal y, gracias a Dios, también del mayor bien. Él hace que todo cuanto ocurre, bueno o malo, sea para bien, por eso el mal abunda pero el bien sobreabunda. Los que sufren injustamente en su cuerpo y en su espíritu forman la ‘corona de gloria’ que sustituye a la ‘corona de espinas’ colocada por los malvados de hoy y de siempre sobre las sienes del Inocente.

 

‘Corona de gloria’ conquistada por el sufrimiento de muchos sin culpa alguna, que pagan nuestras desidias y torpezas. Con ella apagan el fuego del odio y la maldad, purificando las acciones perversas de una humanidad dominada por el maligno, completando la derrota del mal definitivamente obtenida en la Cruz.

 

Pero todo requiere tiempo, pues somos obstinados en nuestras violencias y perversiones. La civilización del amor llegará, está llegando, el bien ahogará al mal y se instalará entre nosotros, en un mundo nuevo. Hasta entonces seguiremos sufriendo la codicia y la maldad de muchos, que tienen sus días contados hasta que Dios diga "basta" y se diluyan las hienas desapareciendo para siempre en su destino eterno.

 

Hasta entonces, habrán causado mucho daño, habrán corrompido a muchos, habrán seguido con sus asechanzas, con sus leyes injustas, con su relativismo absurdo e interesado, con sus desprecios al débil, al necesitado, al hombre de fe, con sus burlas, su avaricia, su afán de triunfo, notoriedad y dominio sobre los demás..., pero eso se acabará para ellos, desdichados que no han conocido la bondad de Dios derramada sobre el mundo e instalada en todos los corazones que le dieron cobijo.

 

Porque no buscan la eternidad, sus fines son pasajeros, gloria fugaz, engreídos en su verdad, y como decía Gandhi “Primero te ignoran, luego se burlan, después pelean contigo, después ganas”. Pero esa paz llega tarde para muchos...

 

Solo existe un camino, el de las bienaventuranzas; la justicia que emana de la verdad, de la fraternidad, del amor entre los humanos hijos de un mismo Padre. Fuera de este camino se instala el odio, la envidia, el hedonismo, la falsedad o, dicho de otra manera: materialismo, relativismo moral, esclavitud del dios dinero, deshumanización, infelicidad, tristeza de vivir en un mundo sin esperanza.

 

¿Por que nos hacemos sufrir unos a otros?

            

Porque nuestras pasiones en desorden nos arrastran, no dominamos el rencor ni la envidia y no sabemos acudir a la ayuda de quien puede ayudarnos, por orgullo y falta de fe.

 

Por nuestro escepticismo, pues somos incapaces de concebir el mundo como fue creado, solo vemos nuestro mezquino y raquítico mundo.

 

Porque no nos importa el bien de todos, solo nuestro ridículo bienestar sin futuro.

 

Porque somos incapaces de llevar a la práctica que todos hemos sido creados iguales ante Dios, con la misma dignidad. Todos, el rico y el pobre, el que nos cae bien y el que nos cae mal, el íntimo y el desconocido...

 

Porque no admitimos que la felicidad de los demás es nuestra felicidad, no hay otra.

 

Porque estamos atados por nuestra comodidad, nuestro placer, nuestras obsesiones mientras no tengamos la firme voluntad de romper cadenas.

 

Porque la entrega desinteresada a los demás no es como nosotros queremos, es como ellos necesitan.

 

Porque en palabras de san Pablo "no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero y detesto". Le pasaba al gran Pablo ¿que no nos pasará a nosotros?

 

¿Por que nos hacemos sufrir unos a otros?

 

Porque nuestra sensibilidad solo tiene una dirección: nosotros mismos.

 

Nos idolatramos tanto como pequeña es nuestra fe en el Creador, y así no le dejamos extender su justicia y su amor de Padre por el mundo, porque Él respeta siempre nuestra libertad, aunque estemos tremendamente equivocados.

 

Todo esto provoca situaciones en si mismas injustas, inhumanas y a veces crueles: ¡si yo estoy jodido, que se jodan los demás! Cuando ese ‘estar jodido’ siempre es tremendamente subjetivo. ¡Si yo no puedo beneficiarme de este asunto, no permitiré que se beneficie nadie!, ¡si no es para mí no es para nadie! ¡Los demás me importan un bledo, y sus asuntos me resbalan, yo a lo mío!...; así podríamos seguir indefinidamente con frases impropias del ser mas inteligente de la creación.

 

Se confunde fraternidad con camaradería, la del ¡aupa tío, que grande eres!, y a veces con cortesía hipócrita, la del camaleón,  que no tiene nada que ver con la que emana de nuestro buen sentir.   

 

¿Por que nos hacemos sufrir unos a otros?

 

Porque estamos llenos de dependencias, no somos libres, y como decía san Francisco defendiendo su ‘no dependencia’, “Si poseyéramos bienes nos serían indispensables armas y leyes para defenderlos”. Nosotros nada poseemos pues todo lo hemos recibido para ser sus administradores, nada nos pertenece, desnudos hemos venido a esta vida y nada nos llevaremos a la venidera. Sin embargo dictamos leyes proteccionistas y defensivas, estas últimas bien dotadas de armamento, para defender lo que no es nuestro, muchas veces en contra de la Ley Natural, de la naturaleza, que no sigue nuestras leyes, sigue las suyas, las que Dios ha creado.

 

 Además, nos hacemos dependientes de las cosas que tarde o temprano nos serán arrebatadas, hasta el extremo de hacer un mal uso de lo que no poseemos en detrimento de otros más necesitados que nosotros. Es la guerra del acaparamiento sin sentido, de la pelea sin final, de la avaricia humana vestida de legalidad, del sufrimiento humano institucionalizado para lavar nuestras conciencias con actos públicos de ayudas al tercer mundo. Sobran bienes en este mundo para vivir con dignidad pero también sobra avaricia humana.

 

No quiero con esto decir que los bienes materiales sean malos, en absoluto, cubren nuestras necesidades y por eso los ha creado Dios. Pero los convertimos en fines absolutos de deseo y..., la guerra entre sus voraces e insaciables pretendientes está asegurada. Es tal el afán de poseer que el ser humano tiene en aras de una incierta seguridad para si y para los suyos, y yo diría que para conservar un patriarcado generoso con los sumisos, acaparador de halagos sin fin, que en algunas de las grandes religiones se considera la riqueza como una bendición de Dios, como un premio en esta vida y en la otra, y a la pobreza como una maldición divina.

 

Desconfiamos de la Providencia Divina, que cuida de los pajarillos y viste a las flores del campo como Salomón jamás fue vestido, que hace llover sobre buenos y malos..., que ha creado un mundo para todos sin distinción y nos ha enseñado a mejorar y compartir ese mundo fraternalmente. Pero... todo podría ser maravillosamente sencillo si no tuviésemos sobre nuestro cuello la espada de los pecados capitales: soberbia, avaricia, lujuria, ira, gula, envidia, pereza..., y muchos mas, que ‘haberlos haylos y en abundancia’.

 

¿Por que nos hacemos sufrir unos a otros?

 

¡Tanto sufrimiento estéril! ¡No!, no es estéril, solo es para aquellos que lo reciben con rechazo y ese sufrir amargo va endureciendo más y más su corazón de piedra.

 

El sufrimiento es purificación si lo recibimos muy unidos a Jesús. Él se hizo esclavo de nuestros males para vencer al propio mal. Él sufre por nuestra actitud obstinada y nosotros sufrimos con el, con decisión y paso firme, sabiendo que estamos en la senda buena, la senda de la humildad, de la generosidad, de la castidad, de la mansedumbre, de la templanza, la caridad con obras... que son amores, no las palabras vacías. Esta senda, en contraposición a la de los pecados capitales, es nuestro tesoro, es la senda de la alegría, del amor.

 

Es la senda del cristiano de a pie: derramar bálsamo sobre las heridas provocadas por el sufrimiento injusto que nos procuramos unos a otros, ser alfombra donde todos pisan blando, pacíficos en medio de la guerra, ser... imitadores de Jesús. No es una senda fácil, pero es la senda segura para lograr la felicidad.