181 - EL MAS ALLÁ
 

Nadie ha bajado del Cielo salvo el mismo Dios nacido de mujer, humano como nosotros, Jesucristo. Porque... ¿quien podría explicar lo inexplicable a nuestro entendimiento, lo que no cabe en inteligencia humana? Él ha venido a indicarnos el camino y nos ha pedido fe, por ello lo hemos matado como a un vil embaucador.

 

El misterio de la vida futura solo es asumible por la fe, por la fe en una promesa de eternidad, de felicidad plena, del amor mas puro nunca imaginado... todo para los revestidos con el traje nupcial, invitados a las bodas de Dios con la humanidad entera representada por su Iglesia Santa.

 

¿Como vamos a asumir el más allá si no asumimos el más acá, el presente, apagando la luz para no ver, acallando las voces interiores para no oír y enmascarando las ideas a nuestro gusto para ocultar la verdad?

 

El más allá esta ahí, y todos los que han dado el paso ya lo conocen. Nosotros estamos a punto de conocerlo y... ¿tenemos hechos los deberes? ¿hemos sacado el billete para subir al autobús que solo pasa una vez?

 

El mas allá existe, y tiene que estar muy bien, prueba de ello es que nadie vuelve. Quizás algunos estén deseando volver y no puedan, los que aquí han matado el tiempo, tiempo para merecer, que se acabó. Otros están felices por ese instante en el que abrieron su corazón dejando entrar todo el inmenso caudal de gracia divina. Desde entonces ¿quien se acuerda de esta vida sin Dios?

 

Las barreras se han caído, nuestra desnudez ha quedado patente, ¿para que volver a lo perdido para siempre, a lo irrecuperable? Si no hemos sido ambiciosos, no hemos anhelado el bien superior, nos hemos adherido al envoltorio y hemos despreciado la verdad emergente de su interior, que todo lo invade, que hace única esta vida y la otra, una sola realidad, pues único es el amor que nos crea, que nos llena y recrea con solo una mirada nuestra... de ternura.

 

El más allá desaparece, no existe, es el más acá eterno, único, para siempre, el cielo en la tierra nueva como novia ya desposada en una felicidad sin limite, sin fin, la abraza con un abrazo eterno, le dona toda su gloria, su belleza, su fuerza, su poder, su amor para siempre correspondido. Es el paraíso perdido y nuevamente hallado en Jesucristo, en su promesa, en su victoria definitiva sobre el mal.