178 - EL DESEO SEXUAL EN EL AMOR

La sexualidad es una expresión corporal del amor que Dios nos tiene, de la capacidad de amar con todo nuestro ser: con el cuerpo, el corazón, la mente, con el alma. Es una correspondencia a la fidelidad de Dios a sus criaturas, pues a todos quiere por igual y es fiel a cada uno, es fiel a nuestra respuesta personal al amor.

 

Dios se nos entrega a cada uno y nos ha creado con esa misma capacidad de entrega entre mujer y hombre, con todo nuestro ser, en la fidelidad, en la unión para siempre, en el amor esponsal a imagen del Amor divino.

 

Cuando el amor con toda su inmensa expresividad lo convertimos en ‘solo sexo’, desvirtuamos el sentido creacional de Dios, caemos en el influjo del mal, que recorta  y limita las cosas a su antojo. De aquí que un don tan preciado como el sexo convertido en simple objeto de deseo, en juego erótico, desconectando la sexualidad del afecto, convierte la relación en algo de usar y tirar, en una instrumentalización del otro, sobre todo de la mujer. Hay gran diferencia entre el deseo sexual con amor auténtico, una relación persona a persona, que integra lo físico, psicológico y espiritual, y el deseo sin amor, que es un intercambio de genitales, cuerpo a cuerpo.

 

Es una regresión a la vida animal -animal inteligente-, despreciando los designios de Dios con el ser humano, elegido entre toda la creación para transmitirle su propia identidad divina, estableciendo una relación paterno-filial en la que la fidelidad en el amor cobra el sentido de la fidelidad de Dios, esencia de nuestro existir.

 

“La identidad sexual - escribe Aquilino Polaino - está sometida a la directriz por la que opte la identidad personal, al elegir para sí una determinada trayectoria biográfica.” Estas directrices varían constantemente a lo largo de una vida y siempre nuestra opción debe ir encaminada hacia la verdadera Ley Natural, huyendo de desviaciones, concupiscencias y promiscuidades que ha sembrado y siembra el Maligno en nuestro preciado mundo.

 

El amor busca el bien, lo bueno, no la satisfacción propia, lo apetecido, que aunque se le llame amor solo es una falsificación del amor. Vivir la sexualidad conforme a su verdad íntegra, en el matrimonio, según el plan de Dios impreso en la naturaleza humana es lo propio de la dignidad de la persona, y sus dificultades con la ayuda divina no son ni mucho menos insuperables.

 

La sexualidad vivida con coherencia no es un ideal poco realista, es el arte de la donación entre esposos que enriquecen su comunicación y participación en una vida común ‘para siempre’, comprometida, con planes de futuro, de permanencia, de vida nueva.

 

“La sexualidad - comenta Enrique Rojas - tiene su lenguaje. Conocer el cuerpo de la otra persona, sus posturas, saber cómo se estimula, es un trato digno, aunque dependa de una anatomía. El dogmatismo más frecuente que se da en Occidente es que el hombre, buscando sexo aparenta amor, y la mujer, buscando amor ofrece sexo. Son relaciones sexuales sin conocer al otro, a la vuelta de la esquina, cuando una de las cosas más bonitas del deseo es conocer al otro, adentrarse en su ciudadela.”

   

La sexualidad es el acto mas auténticamente humano, pues expresa la profundidad del verdadero amor de cuerpo y espíritu en unión perfecta, es decir, del ser humano en una entrega mutua y desinteresada. Se crea una íntima comunidad de amor que da vida a los esposos y se expande generando vida.

 

Que hermoso es el cuerpo de quien nos ha entregado su vida por amor, no hay canon de belleza comparable, por mucho que el mundo intente deslumbrar con sus maniquís modelos del lucimiento estéril. Es nuestro propio cuerpo, pues los dos se han fundido en uno para abrirse como un fruto maduro en amor sin límite, en ayuda mutua, en hijos para la Gloria de Dios ya que el amor humano es generoso al igual que en Amor del Padre: el bien de la vida no se guarda, se dona, se comparte, se disfruta…

 

“Una nueva era - nos dice Benedicto XVI - en la que el amor no sea ambicioso ni egoísta, sino puro, fiel y sinceramente libre, abierto a los otros, respetuoso de su dignidad, un amor que promueva su bien e irradie gozo y belleza”.