163 - CONTEMPLANDO EL MUNDO
 

Admiro a las personas de vida consagrada que se entregan en cuerpo y alma a Dios, con todas sus potencias, anhelos e intenciones en alabarle, rezando por los que no rezan, amando por los que no aman... Tengo una envidia positiva de ellas y me estimulan a llevar a Dios a mi ambiente, pasearle por lugares donde a veces no se le quiere, hablándole de cada persona, pidiéndole pequeños empujones para unos y para otros, pidiéndole que yo sepa ser para ellos Él mismo, Jesús, estando en su ambiente, "en el mundo pero sin ser mundano" como decía san Josemaría; en definitiva, dando el tono de un seguidor de Cristo.

 

Mi monasterio es el mundo, mi clausura el ambiente en que vivo, mi celda es el sagrario de mi parroquia. Así podré llevar el espíritu de Jesús a la problemática del mundo que me rodea, muchas veces ausente de Dios, intentando resolver conflictos irresolubles para el egoísmo humano.

 

Solo Dios lo puede todo y, o vamos de su mano, o nos pasaremos la vida enzarzados en disputas y contiendas que nos amargan, nos vuelven mezquinos y maquinadores, nos enrocan en nuestra posición y terminamos con un pensamiento único: nuestro propio bienestar ‘el tiempo que dure esta vida, porque después de la muerte, ni se sabe ni me importa, lo que sea llegará, lo mas probable es que me reencarne en una planta’. Gracias a Dios, la realidad va por otro lado y nos la ha explicado Él en persona, Jesucristo, con pelos y señales; y sigue insistiendo en ello a través de su Iglesia que somos nosotros.

 

Yendo de su mano, las cosas se tornan distintas, totalmente de otra manera, nada de lo que ocurra es inoportuno, nada es para mal, aunque no lo comprendamos, todo suceso lleva una carga de misterio en la que está Dios, que todo lo puede, porque ‘yo solo’ no puedo nada, Él me mantiene en la vida y todo lo puedo en Él.

 

Así, apoyados en el Creador, este mundo sería una sinfonía maravillosa en la que la naturaleza somos las notas, vocales o instrumentales, los armónicos, notas directas, notas reflejadas en la concha acústica, en los reflectores, reverberadores…, una sinfonía compuesta por Dios. La naturaleza vibra al ritmo de la batuta del Compositor, recreando una melodía insuperable.

 

Pero algo distorsiona, nosotros tenemos el privilegio de poder elegir ser un sonido u otro, dar el tono perfecto o desentonar, y… muchos no damos el tono, y causamos que algo en la naturaleza tampoco dé el tono que le corresponde.

 

Nos hemos dañado a nosotros mismos y hemos dañado a la naturaleza con nuestras maldades, distorsionando la verdad, corrompiendo el mundo, en definitiva, legalizando la injusticia… Pero sabemos que la injusticia histórica contra muchas personas no puede ser la última palabra. La resurrección de la carne restablecerá esta justicia que el hombre no puede lograr en el mundo. "Dios sabe crear la justicia de un modo que nosotros no somos capaces de concebir y que, sin embargo, podemos intuir en la fe". (Benedicto XVI)

 

Nuestro sonido, apenas perceptible, apagado por los gritos de otros, puede apaciguar a estos voceros cuando se percaten de la suave melodía surgida del Espíritu de Dios que llevamos dentro, dulce y amable, serena y con una paz que emana de contemplar los dones de Dios en medio de los fragores mundanos, paz que nos llena de esperanza, pues aunque aparentemente vayamos abocados a la nada, no todo está perdido: el mal ha sido vencido, se ha operado nuestra salvación y la tenemos al alcance de la mano en Jesús.