162 - MIS IMPERFECCIONES ME ACERCAN A DIOS
 

La actividad exterior, el movimiento de unos y otros que pasan -parece que van con prisa-, todo, me activa, me pone en movimiento, como por empatía, de manera inconsciente.

 

Sin embargo el silencio y la quietud exterior me inspiran, pero esa inspiración no dura mucho, pronto me contagio, y si no estoy alerta me apoltrona, me adormece, se van relajando mis potencias.

 

Parece como si la lámpara que guía mi caminar estuviese apagada, ¡tanto es el influjo que operan las cosas externas en mí! Soy muy mío, y creyendo hacer lo que me conviene, voy por donde me lleva la corriente, que a veces no me conviene. No hago el bien que debiera, como dice san Pablo. ¿Cobardía?, ¿simple flojera?

 

Me cuesta expresar mis convicciones, sobretodo de manera razonada. Si delante tengo alguien que me escucha, poco a poco puedo conseguirlo, pero si encuentro dificultades, me convierto en una ostra que cierra su caparazón herméticamente. No puedo evitarlo, y conste que intento no ser así de raro.

 

Nadie es perfecto, y mi carácter no es ni mucho menos el mejor, pero Dios cuenta con los tímidos, los introvertidos, los torpes, los cabezotas..., todos podemos luchar por mejorar, y no deja de ser una lucha meritoria si lo hacemos por Él, por ser mas agradables en su presencia, por serlo ante nuestros hermanos, los que tenemos a nuestra derecha y a nuestra izquierda.

 

Si fuéramos perfectos caeríamos en el terrible pecado de soberbia, como cayó el gran Luzbel, el ser mas deslumbrante y grato ante Dios. Si todo lo tienes, no hay entusiasmo, no hay motivación, no contagias a nadie, no puedes ayudar a nadie, no eres espejo para nadie.

 

Solo se ve uno arrastrado por quien lucha, venza o no venza. Si vence continúa adelante, si cae se levanta y recomienza, ese es nuestro espejo, donde nos miramos queriendo sentirnos identificados. Mis imperfecciones me acercan a Dios, contrito, avergonzado de ser tan inútil.