...miedo al ruido, miedo a no poder escuchar a Dios y perderle cuando lo tenemos tan cerca...

159 - ¡TENGO MIEDO!

¡Tengo miedo! No puedo evitar esta sensación ante una situación que no domino, por desconocida o por muy conocida. Me invade la inseguridad, me amordaza, ata mi capacidad de respuesta, anula mis defensas y me paraliza o, irreflexivamente, en actitud defensiva, me convierto en temerario y osado.

 

Miedo a que se repitan situaciones que me han producido y me producen un tremendo rechazo, intelectual e instintivo. Miedo a afrontar circunstancias difíciles, a no saber reconducirlas, miedo a... la irracionalidad.

 

Jesús no sentía miedo, era firme ante las tentaciones y en toda circunstancia, aunque sentía pavor y angustia en Getsemaní, dolor terrible, físico y moral en muchos momentos de su vida terrenal, y sobretodo en su pasión y muerte. Pedro sintió miedo cuando caminaba sobre las aguas, su fe no estaba aun templada en la fortaleza...

 

Dicen que el miedo es un temor a perder algo que amamos, algo que nos motiva y da sentido a nuestro existir. Es una falta de fe y confianza en la ayuda de Dios, tenemos miedo de perderle por nuestros pecados y desprecios, no confiamos en su ayuda para vencer al mal, en el fondo solo confiamos en nosotros mismos y... vienen los miedos.

 

Yo diría que también -como en el caso de Pedro- es un impulso instintivo de autodefensa ante el peligro desconocido, hay menos tiempo para la reflexión, luego es mas inconsciente, es ‘instinto de conservación’. La fe de Pedro iba creciendo, pero su temeridad era poco reflexiva porque, caminar sobre una  galerna hace temblar a cualquiera.

 

En realidad, vivimos en la irrealidad. Nuestros miedos, obsesiones, temores, dudas, supersticiones..., son una respuesta a nuestra falta de fe en el Creador. La irrealidad nos supera, nos desconcierta, nos hace dudar, nos hace temer algo que es fruto de nuestra imaginación y no existe como tal… Por eso Jesús vino a ponernos en la realidad de este mundo, aunque no estemos por la labor, aunque prefiramos seguir en nuestras irrealidades, de las que saldremos como quien despierta de un sueño: de sopetón.

 

“¡No tengáis miedo! ¡Abrid las puertas a Cristo!” nos decía Juan Pablo II en el instante de ser elegido Papa. Nos animaba a quitar ese miedo al cambio radical que supone seguir a Cristo, experimentar su ‘Verdad’ sin miedo a renunciar a otras cosas nobles. También Benedicto XVI nos quita temores: “¡No tengan miedo a Cristo, él no quita nada y lo da todo!”, quien se da a Él, recibe “el ciento por uno en esta vida y la Vida Eterna”. El mismo Jesús dice a Pablo: “¡No tengas miedo, sigue hablando y no calles!” (Hechos 18, 9). “Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28, 20). 

 

Con este bagaje de esperanza no hay que perder ni un instante de tiempo, los miedos desaparecen para siempre, aunque la travesía por este estruendoso mundo sea dura. El cuerpo se libera de ataduras, la mente se limpia de temores, el alma en silencio… escucha…, oye el susurro de un Dios Encarnado, amigo y compañero de viaje… En el silencio se escucha el Espíritu de Dios que nos habla al corazón, extiende su paz sobre nuestro ser agobiado y… desaparece todo temor.

 

“¡No tengas miedo al desierto aunque te parezca excesivamente silencioso!” -Jaume Boada i Rafí O.P.-

 

¿Miedo?, miedo al ruido, miedo a no poder escuchar a Dios y perderle cuando lo tenemos tan cerca... Miedo a no saber cuidarlo en nuestra alma, porque... queremos compartirlo con un mundo enloquecido en vez de buscar la paz en el silencio, donde solo a Él se le oye, donde no existe el temor, donde nos sorprenderemos a nosotros mismos exclamando ¿yo miedo? ¡A qué!