Jesús quiere fortalecernos y que libremente encontremos el verdadero Amor, puro, limpio y desvinculado del mundo de los sentidos.

158 - DICHOSO EL QUE CREE SIN HABER VISTO

“Dichosos los que creen sin haber visto”, palabras de Jesús resucitado ante la incredulidad de Tomás -Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo”-; porque no daba crédito a lo que oía, increíble para el razonar humano después del terrible drama, pero ‘vio y creyó’. Palabras de esperanza para los que creemos sin haber visto con los ojos de la carne porque vemos con los ojos del espíritu, con los ojos de la fe.

 

Jesús se le ocultaba a Tomás, se nos oculta a nosotros en la eucaristía, porque busca nuestra fe, nuestra confianza en medio de las dudas, quiere fortalecernos y que libremente encontremos el verdadero Amor, puro, limpio y desvinculado del mundo de los sentidos.

 

Dios nos lo pone difícil, porque el Amor supera todas las dificultades. Sin embargo, somos desconfiados y exigimos demasiado de este mundo perceptible, exigimos pruebas ‘que vean mis ojos, que escuchen mis oídos, que palpen mis manos’... y ¡no tenemos derecho a pedirle pruebas a Dios!, él nos da lo necesario para que podamos encontrarle con garantías de no ser engañados, y nos da la fe cuando observa nuestro combate en un mundo que nos arrastra y nos aleja de Él, nos da su Espíritu, nos llena de sus Dones.

 

Sentimos la fuerza de la fe que nos empuja, que nos hace capaces de llevar al mundo por las sendas del Espíritu de Dios. De esa manera nos hacemos mas humanos, pues somos cuerpo y espíritu en perfecta unión y sintonía, y no puede uno anular al otro, de ser así estaríamos cojos para comprender la realidad.

 

Seria un grave error basar nuestra existencia en todo aquello que nos llena, nos satisface, nos complace, nos deleita, donde Dios esta ‘escondido’ porque lo tenemos ‘arrinconado’. Notaríamos una sensación ‘falsa’ de felicidad, por ‘efímera’, felicidad de bajas miras, la felicidad del ‘conformista’, sucedáneo de la auténtica felicidad en Dios, que nos da en esta vida y para siempre en la venidera.

 

Jesús pide fe a todos los que acuden a él para ser curados, porque nosotros pedimos lo que creemos que es mejor y Dios nos da lo que sabe que es mejor: fe para creer lo que no vemos porque este mundo lo oculta, pues solo conoce lo que ve con sus ojos y a Dios no le conoce.