154 - EL DESPERTAR DE UN SUEÑO
 

Esta vida es un sueño, un mal sueño,  con un despertar alucinante que... durante el sueño parece inalcanzable, pero ¿quién sabe?, yo no me considero soñador porque crea poder alcanzar un elevado objetivo, mas bien ese es mi destino, lo de ahora como he dicho, es un sueño. Y no exagero, me apoyo en la promesa del mismo Dios que nos habla por boca de Isaías (65,17-18):

 

“Así dice el Señor:

Mirad: yo voy a crear

un cielo nuevo y una tierra nueva:

de lo pasado no habrá recuerdo

ni vendrá pensamiento,

sino que habrá gozo y alegría perpetua

por lo que voy a crear…”

 

San Juan insiste en el Apocalipsis (21, 1):

 

“Vi un cielo nuevo y una tierra nueva,

pues el primer cielo y la primera tierra desaparecieron,

y el mar ya no existe.”

 

Todos soñamos con tener una casa bonita, en disfrutar de paz y felicidad con los nuestros; dedicamos a ello gran parte de nuestro tiempo y esfuerzo, y si lo conseguimos nos gustaría que durase eternamente. Pero somos escépticos, faltos de fe, con frecuencia decimos '¡que día mas bonito!, ya vendrá alguien y nos lo estropeará'…, no estamos convencidos de conseguir nuestros anhelos, nuestros sueños.

 

Sin embargo, propongo dedicar parte de nuestro empeño de búsqueda del bien, en ir mas allá: intentar conseguir ese anhelo aquí y en la vida de después que se nos ha prometido, en la que el mundo actual habrá pasado, se habrá borrado, no dejará recuerdo ni nostalgias ni secuela alguna porque lo nuevo superará en todos los sentidos a lo pasado. ¿No merece la pena dedicar un poco de tiempo a preparar esa nueva situación para cuando llegue, no sea que nos encuentre con un papel sin cumplimentar o el pie cambiado?

 

En función de nuestra fe, dedicaríamos mas o menos tiempo, teniendo en cuenta que la esperanza en la felicidad de allí es tan interesante o más que la de aquí. Es un empeño ilusionante por lo atractivo que se nos presenta, porque el tiempo de aquí pasa y se termina pero el de allí no, porque no existe, nada pasa, todo es presente.

 

Continúa Isaias:

 

“…voy a transformar a Jerusalén en alegría,

y a su pueblo en gozo;

me alegraré de Jerusalén

y me gozaré de mi pueblo,

y ya no se oirán en ella gemidos ni llantos;

ya no habrá allí niños malogrados

ni adultos que no colmen sus años,

pues será joven el que muera a los cien años,

y el que no los alcance se tendrá por maldito.

Construirán casas y las habitarán,

plantarán viñas y comerán sus frutos…”

 

En ese nuevo mundo que Dios creará después de este, en mi imaginación veo felicidad, disfrutando con todo lo que aquí disfrutamos… plantando una flor, jugando con los nietos, contemplando una puesta de sol, paseando por la montaña..., una felicidad en toda su pureza, sin preocupaciones ni carencias físicas psíquicas o espirituales. Nuestro cuerpo acompañará a nuestra alma, pues así hemos sido creados para la eternidad, pero en una perfección que el tiempo no deteriora, sin pasado, sin futuro, en presente continuo de gozo y felicidad. Maravilloso misterio.