Paradojas del destino, creía conocerme a mí pero no me conocía, conocía a otro que no era yo, era la imagen que me había formado de mi mismo

139 - DÍAS DE REFLEXIÓN
 

Revisando viejas notas, descubro una que transcribo con interés:

“He pasado unos días de reflexión alejado del ruido mundano y, ¡sorpresa! Había ido a conocer a Dios y me descubrí a mi mismo, un auténtico desconocido hasta ese momento. Me encontré, y… me reservo la sensación que me causó este encuentro. A Dios ya le conocía -es un decir-, aunque no le hacía mucho caso, mas bien, era un estorbo en mi vida, eso creía yo. Sé que tengo que dar un paso y que otros muchos le seguirán. Este primero va a ser difícil y trascendente, pero he orientado bien la brújula, no tengo miedo… se me ha ido el miedo ahora que empiezo a conocerme -un vago insolente-, llega la hora de ponerme fino, aunque sea a palos…”

Paradojas del destino, creía conocerme a mí pero no me conocía, conocía a otro que no era yo, era la imagen que me había formado de mi mismo; sin embargo, buscaba a Dios y Él nunca había dejado de hablarme, en mi lenguaje, en el que entendía a pesar de mi torpeza y falta de interés. Pero me hacía el despistado, 'eso no va para mí, va para otro', le decía sin darme cuenta que ese 'otro' era yo, el yo que empezaba a conocer.

Prestaba mis oídos a ‘veleidades’ por… no complicarme la vida, pero lógicamente se fue complicando y tengo que reconocer que me trató con dureza. Yo seguía aferrado a mis ‘utopias’ hasta que empecé a conocerme y a descubrir que mi ‘huida’ no tenía sentido.

Entonces sobrevino la serenidad que inconscientemente ansiaba, la serenidad que permite reaccionar y escuchar a Dios atentamente. Fue como un nuevo descubrimiento: Él estaba dentro de mí y yo me afanaba para que estuviera confortable, como Marta de Betania, luego me puse a escucharle con todos mis sentidos, como su hermana María.