130 - UN DEBER DE CORTESÍA Y CARIÑO

 

 

Busco a Dios en mi camino, no quiero andar despistado, y le saludo cuando paso por aquellos lugares donde sé que está, física y espiritualmente. En los sagrarios, en las personas que son su viva encarnación: los pobres, los despreciados de la sociedad, los que sufren, los limpios de corazón, los que le aman con amor desinteresado y puro, amor con obras de fruto aromático: el aroma de Jesús.

Ahí está, esperando al menos mi saludo, y el de otros muchos, por cortesía, por cariño, por... todo lo que humanamente se puede desear.

Es una injusticia histórica que los hombres y mujeres habitantes de este mundo, ignoremos su presencia entre nosotros, porque ¡ya no necesitamos a Dios!, dicen algunos. Es un engreimiento hipócrita pensar que nuestro corazón late por voluntad propia. Late al ritmo del corazón de Dios, que late a nuestro lado, aunque le ignoremos.

Nos regala toda una vida para conocerle y por eso yo le busco allí donde se que está, y le pido que me abra los ojos para percibir un destello de su luz, un pequeño reflejo en una gota de agua… y quedar extasiado contemplando tanta belleza oculta a nuestro entendimiento, porque ¿Puede un mosquito comprender el complejo universo? Si viéramos a Dios tal como es, volveríamos a la nada de nuestra poquedad.

Dios se desvela a sí mismo poco a poco, de forma no perceptible a los soberbios, aumentaría su soberbia desmesuradamente. Se desvela a los humildes, a los limpios de corazón, y habita con ellos, alivia sus sufrimientos, les trae paz… Da y recibe amor, por noble reciprocidad, pues solo el alma sencilla es capaz de percibir esa delicadeza divina…