Dios pasa como suave brisa, como un soplo de amor en nuestro corazón. Tomemos ese tren que lleva a la eternidad y... solo pasa una vez

121 - ¡SOMOS INMORTALES!
 

"No queremos el reino de los cielos, queremos el reino de la tierra", decía Nietzsche… ¿Para quien? Mientras exista la muerte, el reino de la tierra no tiene mucho interés. Eso lo digo yo.

Por esto, la inmortalidad aquí, es el objetivo mas obsesivamente buscado por muchas personas, por muchos científicos. No quieren percatarse de que nuestra vida aquí, "está pendiente de un hilo". Somos tremendamente vulnerables, nuestra salud pende... de un traspiés en el camino, de una pastilla tomada a tiempo, de un tubito que nos alimenta, de un impulso del corazón... de un continuo impulso de Dios que nos mantiene en vida terrenal hasta que estime oportuno dejarnos "dar el paso".

Es una necedad buscar la inmortalidad "aquí", es un desafío al Creador. ¿De verdad estamos convencidos que es lo mejor para nosotros? ¿Ser inmortales en este mundo en que vivimos? ¿Imaginamos como seria? Yo no quiero imaginarlo, seria lo más parecido a un infierno, no a la felicidad que Jesús nos prometió.

Si Él, siendo Dios, no ve solución a este mundo ¡como vamos a solucionarlo nosotros! Para ello nos hace pasar por la muerte corporal, termina de purificarnos -si aun somos recuperables para la vida divina-, arregla nuestra naturaleza humana, mejor dicho, la hace de nuevo con todas nuestras peculiaridades personales, como estaba en su mente desde un principio, y pone en funcionamiento un nuevo mundo... eterno.

"Vi un cielo nuevo y una tierra nueva, pues el primer cielo y la primera tierra desaparecieron, y el mar ya no existe." (Apocalipsis 21,1).

No hace falta tener una gran fe en Dios para aceptar la vida. La hemos aceptado y, ¿no vamos a aceptar su destino, el que día a día nos va desvelando el misterio divino?... Pasa como suave brisa, como un soplo de amor en nuestro corazón, pues nos eligió antes de la creación del mundo para que fuéramos santos y sin mancha ante Él, por el amor.

Seriamos ciegos si no nos percatáramos de este "derroche de amor" que con tantos signos se nos muestra en cada momento. Estaríamos locos si no aceptáramos esa realidad. El orgullo ciega, la humildad abre nuestra alma, nuestra inteligencia... porque "al final de la jornada, el que sabe, sabe, el que no, no sabe nada" este es el verdaderamente inteligente, el sabio.

Mi elección está clara, el tren pasa una sola vez, Dios me ha dado suficiente sentido común como para estar en guardia y preparado, con mis mejores galas, esperando su llegada.