60 - LA CULTURA DE LA VIDA

 

 

La vida surge como fruto del amor.

 

Por Amor Dios crea el mundo, al ser humano, se hace la redención. Por Amor Jesús ha venido a vivir con nosotros, en nuestros corazones, en nuestros sagrarios.

 

El amor desborda hacia los demás. El amor da vida y la mantiene, es fecundo, hace feliz al ser amado, no tiene límites, pues posee la capacidad del Amor de Dios que abarca a todos, sin distinción. La "cultura de la vida" es resultado del amor humano verdadero, a imitación del Amor que Dios nos tiene, rebosante de vida, vida que nos transforma totalmente.

 

La vida es un don muy preciado, viene de Dios que ha pensado en cada uno de nosotros desde la eternidad, se ha complacido en amarnos a cada uno como somos, como Él ha querido que seamos, con nuestras imperfecciones y bondades. Nos ha hecho libres para elegirle y amarle, siendo procreadores con Él en la Creación, o por contra, para ir por otros caminos, sin Dios, en un falso ejercicio de nuestra libertad.

 

Cuando damos vida, colaboramos a que muchas personas que están en la mente de Dios, vean la luz. Si negamos la vida, nunca amanecerá para ellos, negamos la existencia a personas a las que Dios quiere, les negamos la felicidad, la vida eterna. Hay que ser generosos, merece la pena nuestra colaboración a la vida, no a la muerte de seres -como nosotros- destinados a la felicidad en Dios. Nuestros padres han sido generosos y han colaborado con su donación a que existamos, dándonos la vida. De nosotros depende ahora llegar a buen puerto con ella, triunfar, no como lo entiende el mundo, sino, como nos ha dicho Jesús y nos lo recuerda Su Iglesia.

 

 

La falta de amor engendra muerte

 

Si una persona, en vez de amar a los demás, porque Dios así nos ha creado -con un corazón como el suyo-, se ama solo a si misma, termina en la frustración más absoluta, pues invierte el sentido del amor y cae con facilidad en la "cultura de la muerte". Esta "cultura de la muerte", comienza por despreciar al más débil, al que nos estorba, descargando en él todas sus frustraciones: al no nacido, al nacido a disgusto, al nacido sin la perfección que el orgullo le hace sentir de sí mismo. La "cultura de la muerte" progresa en esa persona, y continúa despreciando a los demás, a los inmigrantes, a los subordinados, a los inferiores - que llegan a ser todos-, a los vecinos, a los de otra lengua, a los de otra raza, a todo el mundo. Solo él importa, solo se importa a sí mismo. Son justificables todo tipo de guerras, de opresiones, de muertes miserables... Líbrenos Dios de estos personajes.

 

 

La vida es un don que brota de nuestra generosidad

 

Debemos ser agradecidos y salir -si es que estamos ahí- de esa "cultura de la muerte" en la que se actúa como el avestruz, que cierra los ojos ente el peligro, sin querer ver la realidad, las consecuencias de nuestra actitud. La vida supone sacrificio que nos purifica y ennoblece, no debemos plantearla de forma proteccionista y egoístamente subjetiva, contra todo lo que no nos gusta o nos molesta. No debemos envolverla en un caparazón ajeno al mundo que nos rodea. Si se nos ha donado una vida, no podemos romper la cadena, debemos ser generosos y donarla a nuestros hijos, a los demás.

 

De nosotros depende que la "cultura de la vida" se instaure en este mundo, porque estamos viendo las consecuencias de los odios, los egoísmos, las guerras..., tenemos que cambiar el mundo, y para ello no valen soluciones a medias:

 

- ¿Como se puede prevenir el aborto si no se enseña a amar la vida naciente, prestando todo el apoyo necesario?

 

- ¿Cono se puede prevenir el sida si no se enseña el uso correcto de nuestro cuerpo, destinado a amar junto con el alma, y no solo destinado al placer?

 

- ¿Como se pueden evitar las emigraciones masivas si no se presta la ayuda necesaria para vivir con dignidad en los países de origen?

 

 

Valentía ante la “cultura de la muerte”

 

La "cultura de la muerte" está muy enraizada en la política occidental, donde se aprueban leyes basadas en un crecimiento económico y técnico, en el bien egoísta de un grupo, y no basadas en el bien común, en el bien material y espiritual de todos. Se olvida que todos somos hermanos y el destino eterno del ser humano. La decisión de una mayoría manipulada y a veces poco informada, no justifica que esa decisión esté en la verdad. Se elimina a un no nacido como si no existiera, y se aprueban proyectos de investigación dirigidos contra el hombre para justificarlo, a sabiendas de que lo biológico no se puede separar de lo humano -que es un ser unitario con cuerpo y alma, y el cuerpo no se debe tratar como un “objeto”-, por lo tanto, sabiendo que un embrión es una persona humana en desarrollo.

 

El bien del hombre está identificado con el reino de Cristo, pues está en su querer creador: la felicidad eterna por el Amor de todo un Dios. Por tanto, la naturaleza creada avanza y actúa para el bien humano, no para su destrucción. Su uso correcto abierto a la vida, la aceptación de sus leyes, el rechazo a lo que la razón nos dice que va “contra natura” y nuestro trabajo profesional encaminado a mejorar el mundo creado, son aportaciones que Dios espera de nosotros.

 

En este sentido, el aborto atenta contra el derecho a la vida desde la concepción hasta la muerte, por lo cual, es malo para el ser humano, y la Iglesia, asistida por el mismo Dios Espíritu Santo, lo condena.

 

Muchos se plantean, a este respecto una cuestión: “¿Por qué la Iglesia les niega a los jóvenes el uso de los anticonceptivos y de los preservativos? De esta manera, la Iglesia no les ayuda, más bien los abandona a un embarazo no deseado o a contraer el sida”.

 

La respuesta es compleja, y al mismo tiempo clara:

 

¿Qué tipo de hijos quisieras traer a la vida? ¿Aquellos que, en la revolución sexual, sin una comprensión de la verdad del sexo y el placer, llevaran los instrumentos anticonceptivos en el bolsillo...? Y si pudiéramos elegir a nuestros propios padres, ¿qué tipo de madre y de padre buscaríamos? ¿Aquellos que plantearan la vida no como un don sino como una satisfacción personal y egoísta?

 

 

Hay que reflexionar: ¿hacia donde vamos?

 

Es necesaria una reflexión profunda, con humildad y honradez. La fe y la razón llevan a la cultura de la vida, por esto, debe surgir en cada uno de nosotros una conversión, abandonando ciegas, egoístas e irreflexivas ideas que hacen un daño terrible en nuestra alma, y a la humanidad.

 

“La "cultura de la muerte" muestra que el desajuste no es espontáneo. Es fruto de una mentalidad que se ha ido creando, como efecto de una deseducación sistemática, tendiente a sepultar los valores evangélicos y morales. Esta "cultura", la mentalidad anti-vida, muestra que hay una nueva manera de ver la situación que obedece a una profunda distorsión. No nos hallamos solamente frente a dramas personales inmensos de personas acosadas por los acontecimientos o presiones, o abandonadas, sino que esta situación adquiere nuevas proporciones de alcance social y que obedecen a proyectos políticos, sociales y económicos que, en su conjunto, conforman una cultura marcada por la deshumanización”. (Cardenal Alfonso López Trujillo)

 

¿Cómo ha podido operarse tan desconcertante cambio en la mentalidad humana, de modo que la alegría en la acogida de la vida nueva se transforme en desconfianza, en temor, hasta la decisión de eliminar al concebido como si fuera un injusto agresor? Esta y otras muchas preguntas nos tendríamos que hacer ante posturas llenas de cinismo que abundan en la sociedad actual. Quizás la salvación del mundo occidental esté en los países llamados del tercer mundo. La ciencia y la tecnología nos han llevado al empobrecimiento humano, a una cultura egoísta que ataca directamente a la vida que no interesa para sus fines: el no nacido, el pobre, el deficiente, el enfermo, el anciano, el desheredado de este mundo..., y precisamente son ellos los que atesoran una reserva de valores que se están perdiendo, porque tampoco interesan.

 

 

El camino de la esperanza

 

Juan Pablo II nos insiste: “el cambio cultural en el que vivimos, nos exige a todos el valor de asumir un nuevo estilo de vida que se manifieste en poner como fundamento de las decisiones concretas la justa escala de valores: la primacía del ser sobre el tener, de las personas sobre las cosas... implica también pasar de la indiferencia al interés por el otro y del rechazo a su acogida…. En la movilización por una cultura de la vida nadie se debe sentir excluido: todos tienen un papel importante que desempeñar -la familia, los profesores y educadores y los intelectuales-"

 

La causa de la vida no discrimina, ni segrega, ni hace acepción de personas; no está contra nadie sino a favor de todos, especialmente de los más débiles, indefensos, marginados y pobres.

 

"Bienaventurados los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos", los de corazón limpio, desprendidos, que nada necesitan aunque nada material posean. La muerte les es familiar, es su compañera inseparable, no la temen, porque poseen la vida, la verdadera Vida; aman la vida, no la destruyen, y porque no se obsesionan por vivirla "a tope", simplemente, la viven en plenitud.

 

 

Hipocresía

 

La “cultura de la muerte”, sin embargo,  pone obstáculos a la vida que fluye de las manos de Dios, como un torrente, les parece un despilfarro. Su egoísmo les lleva a no preocuparse de los demás, Dios les estorba, este mundo es solo para ellos, como si fueran inmortales. Piensan que eso lo solucionará la ciencia en poco tiempo, algunos se hacen congelar antes de que les venga la muerte para cuando llegue ese momento triunfal de la ciencia -vencer a la muerte- y de la humanidad -la muerte de Dios-. Están cambiando los valores eternos por unos ridículos planteamientos de personas ciegas ante la realidad, cegadas por lo banal. Pertenecen a la cultura de la muerte porque todo lo suyo es corrupto, efímero, superficial, despreciativo hacia valores humanos tradicionales, hacia la religiosidad, y no solo mueren ellos a la vida, sino que arrastran a otros muchos, negándosela, impidiendo que puedan vivirla con dignidad o suprimiéndola si les estorba. El mal hace estragos en esta sociedad llamada del bienestar.

 

 

Hacia un mundo solidario

 

Solidaridad; "el tiempo apremia", como dice San Pablo, necesitamos avanzar hacia un mundo solidario, por el bien de la humanidad, entre personas habitantes de nuestra única patria “la Tierra”, entre creencias, culturas y costumbres enriquecedoras, desterrando lo malo que pueda existir, desterrando fanatismos -y fanatismos religiosos- que engendran violencia, reconociendo nuestra dignidad como seres humanos con los mismos derechos, iguales ante Dios y ante los hombres, respetando las diferencias, las distintas opiniones. Necesitamos políticas que eviten los dramas humanos, haciendo crecer el espíritu, la cultura, el humanismo, que ayuden al débil, al necesitado, al pobre, al enfermo, al anciano…, a llevar una vida digna.

 

Tenemos los medios humanos -inmejorables-, los medios técnicos, los medios científicos, la capacidad de organización y de trabajo, la ayuda de Dios. Así, el entendimiento entre distintas maneras de ver la vida, es posible desde el respeto, la comprensión y el dialogo constructivo.