46 - ¿POR QUÉ CREO EN LA IGLESIA CATÓLICA?

 

Dios ha querido que naciera en un ambiente cristiano, mis padres me han educado en la fe católica, y acepto con agradecimiento estos dones recibidos: Dios me ha dado el ser, la fe y la libertad en unas circunstancias concretas, y mis padres la vida y una educación en la responsabilidad. Si hubiese nacido en un ambiente mahometano, probablemente sería mahometano, si en un ambiente ateo, Dios sabe en qué creería. Es de buenos hijos aceptar la fe de los mayores y profundizar en ella según vamos creciendo, para reafirmar esas creencias o corregir el rumbo si se descubre no estar en la Verdad.

Por lealtad a estos principios he actuado así, intentando ser dócil al camino que Dios me iba mostrando dentro Su Iglesia. Estoy convencido de ir por el buen camino y de estar en la Verdad.

"...lo que enseñaron los Apóstoles encierra todo lo necesario para que el Pueblo de Dios viva santamente y aumente su fe, y de esta forma la Iglesia, en su doctrina, en su vida y en su culto, perpetúa y transmite a todas las generaciones todo lo que ella es, todo lo que cree. Esta Tradición, que deriva de los Apóstoles, progresa en la Iglesia con la asistencia del Espíritu Santo: puesto que va creciendo en la comprensión de las cosas y de las palabras transmitidas, ya por la contemplación y el estudio de los creyentes, que las meditan en su corazón y, ya por la percepción íntima que experimentan de las cosas espirituales, ya por el anuncio de aquellos que con la sucesión del episcopado recibieron el carisma cierto de la verdad. Es decir, la Iglesia, en el decurso de los siglos, tiende constantemente a la plenitud de la verdad divina, hasta que en ella se cumplan las palabras de Dios." (Dei verbum, documento del Concilio Vaticano II)

Todos los creyentes somos Iglesia, y en ella estamos íntimamente unidos a Jesucristo; somos sus miembros unidos a la cabeza. San Pablo, cuando perseguía y encarcelaba a los cristianos de Damasco que formaban parte de la Iglesia incipiente, escuchó de Jesús "¿por qué me persigues?". Jesús se sentía perseguido con los suyos, y continúa íntimamente unido a su Iglesia, hasta el fin de los tiempos.

La Iglesia me acoge en su seno para vivir la fe, con paz, sabiendo que siempre tendré la buena doctrina que emana de su magisterio, y aunque en algunos aspectos no lo entienda o discrepe, sobre todo en cuestiones de moral, lo acepto, profundizo en ello, consulto y releo el Catecismo, hablo con personas de vida entregada a Dios,... pongo de mi parte el esfuerzo de no apartarme del camino, confiando en que el Papa, los obispos, los sacerdotes... los fieles, aunque son hombres que cometen errores, están asistidos por el Espíritu Santo. Practico siempre la crítica positiva, teniendo en cuenta que muchas cuestiones son de fe y nunca las entenderé con mi inteligencia humana.

No intento adaptar la doctrina de la Iglesia a mis necesidades personales, tomando lo que mejor me parece y pasando de lo que no me gusta, sería farisaico por mi parte. La Iglesia debe de estar viva en sus miembros, en mí.

Sé que el camino es duro, y a veces me cuesta mucho seguir adelante, pero intento adaptar la práctica de mi fe en Jesús a lo que la Iglesia me va diciendo en su magisterio. Esta es mi convicción y le doy gracias a Dios por el cuidado que tiene con mi Madre la Iglesia Santa y Católica que siempre ha sobrevivido a los avatares de los tiempos, las modas, los odios y las persecuciones.

  "Padre santo, guarda en tu nombre a los que me has dado, para que sean uno, como nosotros... No sólo ruego por ellos, sino también por los que creerán en Mí por las palabras de ellos, para que todos sean uno, como Tú, Padre, en Mí y Yo en Ti, que ellos también sean uno en nosotros para que el mundo crea que Tú me has enviado". Jn 17, 11; 20-21.

El fiel católico ha de tener siempre un corazón grande, debe saber servir generosamente a sus hermanos los demás católicos, y a quienes tienen la fe en Cristo sin pertenecer a la Iglesia, o profesan otras religiones, o ninguna, y mostrarse abierto y siempre dispuesto a convivir con todos. Hemos de amar a los hombres, sin distinción, para llevarlos a la plenitud de Cristo, que es santo, Cabeza de la Iglesia, y que santifica a muchos de sus miembros: Santidad por la práctica ejemplar de las virtudes humanas y las sobrenaturales. Santidad heroica, la de aquellos que "son de carne, pero no viven según la carne. Habitan en la tierra, pero su patria es el Cielo... Aman a los otros y los otros los persiguen. Se les calumnia y ellos bendicen. Se les injuria y ellos honran a sus detractores... Su actitud...,  es una manifestación del poder de Dios" (PIO XI)

La Iglesia es santa, pero sus miembros tenemos defectos, somos pecadores. Esta santidad radiante de la Iglesia queda velada en ocasiones por las miserias personales de los hombres que la componemos. Aunque, por otra parte, esas mismas deslealtades y flaquezas contribuyen a manifestar, por contraste -como las sombras de un cuadro realzan la luz y los colores- la presencia santificadora del Espíritu Santo, que la sostiene y limpia en medio de tantas debilidades. Prueba de ello es que aun en las épocas más oscurecidas por el materialismo, la sensualidad y el deseo de bienestar, hay hombres y mujeres fieles que en medio de sus quehaceres son la alegría de Dios en el mundo.

La Iglesia es Madre: su misión es la de "engendrar hijos, educarlos y regirlos, guiando con maternal cuidado la vida de los individuos y los pueblos" (San Cirilo). Ella -santa y madre de todos nosotros- nos proporciona los medios para adquirir la santidad. Tengamos nosotros la actitud de unos buenos hijos, no permitamos que se la trate como si fuera una sociedad humana, olvidando el misterio profundo que en Ella se encierra.