33 - LA SENDA EMPINADA

 

 

Olga Bejano -joven con parálisis total en todo el cuerpo, salvo el cerebro, vista y oído- expresaba sus sentimientos al ver la dificultad y el esfuerzo de los escaladores en montañas del Himalaya. Sentía lo duro que también era para ella el día a día; cada día era como "escalar una montaña". Terminaba agotada por el esfuerzo que le suponía comunicarse con las personas que la cuidaban, el intentar crear ambiente positivo a su alrededor, superar los obstáculos, colaborar en la medida de sus posibilidades, y un largo etc.

 

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La vida se nos presenta a todos con muchas incógnitas. Cada día es una más y no exenta de dificultades. Podríamos decir, como Olga, que "todos tenemos nuestra montaña que subir", nuestra "senda empinada", sin la extrema dificultad de la suya, pero con subidas que no podremos suavizar por mucho empeño que pongamos.

 

La jornada comienza con el cuerpo descansado y la mente fresca. Pronto vienen las actividades previstas y se suman las imprevistas. Unas y otras se resuelven con prontitud y eficazmente o se retuercen y nos alteran las previsiones. Con dosis de imaginación, se sale como se puede y continuamos el día. Así hasta el final de la jornada, donde a duras penas llegamos cuando el monte es difícil de subir.

 

Así un día, y otro, y otro..., una vida entera, hasta que Dios diga. Y si las dificultades son muy duras, como las de Olga, el día se hace todavía mucho más difícil. ¿Tiene todo esto sentido?, Nuestra rutinaria montaña de cada día, sabiendo que unas serán muy difíciles y otras más fáciles, pero todas con dificultad. ¿Merece la pena el esfuerzo?. Subir un día un monte, aun siendo difícil puede resultar incluso una diversión, pero ¿todos los días?.

 

Entra en tu interior y no salgas hasta que encuentres a Dios. Él te dará el sentido que buscas a lo cotidiano -rutinario y costoso- de la vida. Entonces, los dos juntos -Dios y tú-, comenzareis a recorrer ese día a día, y a subir la montaña de cada jornada. Todo se suaviza. Las dificultades surgen cuando pretendemos recorrer el camino solo, con nuestro orgullo, nuestras pasiones, nuestros caprichos, nuestras comodidades, nuestras mezquindades y vanidades, pensando que no tenemos necesidad de Dios porque todo lo podemos. Nos perdemos en el bosque por falta de orientación y ese día la montaña se hará mucho más difícil, porque, queramos o no queramos, hay que subirla. No depende de nosotros lo empinado de la cuesta que Dios nos pone delante, pero esa cuesta la superaremos con más o menos facilidad en función de nuestra disposición a aceptarla tal y como es.

 

Si pretendemos renunciar al esfuerzo -hoy me tiro en el sofá todo el día-, nuestra conciencia nos recriminará esa dejadez, nuestros asuntos se irán resolviendo "a la manera de otros" y al final de la jornada tendremos que escalar un monte más duro aun. No tiene vuelta de hoja, estamos atrapados por el propio devenir de nuestra vida.

 

Pero, ¡feliz oportunidad!, poder vivirla, aunque nos cueste, aunque suponga un esfuerzo continuado y sin fin -hasta cuando Dios nos llame-, todo es cuestión de voluntad y entrenamiento. Si comenzamos la jornada elevando nuestro pensamiento a Dios, ofreciéndole el día y teniendo un rato de intimidad con Él, comenzamos bien. Es como hacer la aproximación a la montaña caminando por un maravilloso bosque en el frescor de la mañana. Luego comenzará el trajín, y con él, las dificultades. Nuestro Dios nos guía, y si ponemos en sus manos todas las actividades profesionales, sociales, familiares, etc. de la jornada, y no confiamos exclusivamente en nuestra capacidad personal, estaremos en mejor disposición para ser eficaces, ayudar a los demás y solventar con garbo y profesionalidad esos asuntos cotidianos que nos ocupan.

 

Es cuestión de dejarnos guiar con la convicción de que sin ayuda nada podemos, y esta ayuda viene de lo más alto, de lo más sublime, de Dios, que procura en todo momento el bien de sus criaturas. No nos pone obstáculos caprichosamente, Él sabe bien lo que nos conviene y como un padre a un niño pequeño le evita las golosinas y le educa en la fortaleza, así nuestro Padre nos lleva por la senda correcta en medio de las dificultades. ¡Confianza!, Las cuestas difíciles se suben paso a paso sin perder el camino, sin desviarnos porque nos parezca más cómoda otra senda distinta de la que nuestra conciencia nos señala.

 

Y ¿cómo se consigue esa depurada técnica de los montañeros en sus ascensiones?, con ejercicios diarios de humildad, serenidad, orden, disposición para ayudar a los demás, confianza y apoyo en Dios... en suma, adquirir las virtudes cristianas que nos ayuden en esta tarea de hacer las cosas diarias, muchas veces triviales, agradando a Dios y huyendo de actuar exclusivamente por agradar a los demás, por caer bien. De esa manera, saldremos fuera de nosotros mismos, de nuestras cosas, a veces mezquinas y egoístas, y nos colocaremos a otro nivel, al nivel de los Hijos de Dios, desnudos de los apegos humanos, con la fuerza de Dios, pues la necesitamos para no caer sumergidos en la absorbente dinámica que lleva este mundo, que prescinde de Dios, pues no lo ve con los ojos sensuales de la carne y tiene el corazón a ras de suelo.

 

¿Que se disfruta de la vida en mitad de las dificultades?, estamos seguros, pues si luchamos bien, aunque nos desplomemos a veces, tenemos la garantía de que llegaremos a la cumbre, y allí nos espera nuestro Señor y nuestra Madre y con ellos entraremos en la Gloria, para siempre.