31 - RESISTIR LOS IMPULSOS

 

No soy psicólogo y por lo tanto no domino el tema de los impulsos, pero noto en mí la necesidad de controlarlos, ya que me alteran de manera importante la estabilidad del avance en el caminar de una vida cara a Dios. Nunca conseguiré el dominio de mí mismo y por lo tanto, de mis impulsos, que me sacan de donde estoy y me llevan a otra parte: la concupiscencia, la imaginación, los estados de ansiedad, estrés o nerviosismo, la relajación en la lucha, la falta de pequeñas mortificaciones pasivas, el desorden,... todo ello me dificulta ser dueño de mí y de mis actos.

Tal vez no hay habilidad psicológica o voluntad más decisiva que la capacidad de resistir el impulso, por lo que ello supone de dominio de nuestras emociones. Resistir el impulso es el fundamento de cualquier tipo de autocontrol emocional, necesario en nuestra “vida interior”, puesto que toda emoción supone un deseo de actuar, y es evidente que no siempre ese deseo será bueno para nosotros.

Es posible unir el querer y el deber: Quiero esto porque es bueno, porque Jesús lo quiere, porque mi conciencia me dice que es lo que debo hacer en este momento. Así, además, se alcanza un grado de libertad mucho mayor, pues la felicidad no está en hacer lo que uno quiere, sino en querer lo que uno ha de hacer, que en definitiva, para un cristiano, es seguir el camino de Jesús. Este razonamiento sería correcto ante cualquier deseo que se nos presente, como un impulso para actuar: ¿esto quiere Dios de mí?, pues si es así, yo también lo quiero.

Pero los impulsos son reacciones muy primarias, hay que frenarlas y dejarlas reposar el tiempo suficiente para reflexionar sobre su conveniencia y si en ese momento es lo correcto, rezar, preguntárselo al Señor escondido en el sagrario...

La lucha está servida, si queremos avanzar, sin los inoportunos frenazos bruscos que supone ceder ante impulsos irreflexivos e inadecuados. La Gloria de Dios merece este sacrificio constante, sacrificio que no nos abandonará nunca, aunque se puede domar poco a poco, hasta convertir el brioso corcel en suave y manso. ¿Como?: Siendo prudentes. El cuerpo nos pide guerra en algunas situaciones concretas: sujetar las riendas, no nos arrepentiremos. En algunos casos, pensaremos ¡¡ufff!! ¡¡de la que me he librado!!... Hacer las cosas bien, pausadamente, disfrutando el momento, metidos en el Señor..., iremos adquiriendo sosiego, paz en la adversidad, nos haremos reflexivos, las pasiones se apaciguarán, nos incordiarán cada vez menos, Satanás se fijará menos en nosotros, disminuirá su poder sobre nosotros, porque cada vez le daremos menos bazas. No seamos imprudentes jugándonos una fortuna a un solo número de la ruleta por "un impulso".

Cuando estamos unidos a Dios y nos dejamos llevar por un impulso claramente contrario a su Voluntad, nos podemos encontrar inmersos en una situación de pecado a la que no queríamos haber llegado. Echar marcha atrás resulta más costoso que rechazar el impulso cuando nos viene y nuestro autocontrol lo rechaza. Nos comportamos como un niño que esconde a la vista de su padre algo con lo que se ha encaprichado, sabiendo que no es bueno. Podría recapacitar en ese momento, pero le es mucho más difícil que haber renunciado en el primer impulso. Luego volverá arrepentido pidiendo perdón, y vuelta a empezar. Dios perdona siempre, y lo que hacemos de niños, también lo hacemos de mayores, somos humanos, frágiles y con defectos. Así nos moriremos, pero eso si, sin abandonar en la lucha.