30 - CORRUPTOS

 

 

Satanás tiene activos seguidores dispuestos a quitarnos nuestra fe y sustituirla por la suya, que es "nada", porque no tienen fe en nada, solo en sí mismos, en su ciencia sin Dios, en su "laicismo". No han tenido la "gracia divina" de la fe en Dios Creador, y por eso nos desprecian a los creyentes, pues no somos mundanos como ellos. Nos consideran un estorbo para sus fines sectarios de politiquilla barata y corrupta, porque con nuestra conducta les hacemos ver sus ruindades, sus actos mezquinos.

 

Dicen que la religión es una irracionalidad fruto de mentes débiles e ignorantes; se extrañan que todavía exista esa forma de pensar propia de culturas pasadas y superadas por caducas. Es fácil criticar a quienes siguen a una persona que dijo que “hay que poner la otra mejilla”. No ven con los ojos ni sienten con el corazón, y por eso no se hacen acreedores del don de la fe: se conforman con las migajas que caen al suelo y desprecian los manjares suculentos del Banquete Celestial.

 

Necesitan despertar, como San Pablo, derribados de su soberbia, pero carecen de una voluntad como la del Apóstol: “apasionada en busca y defensa de la verdad”. Ellos no tienen voluntad para las cosas del espíritu, son mundanos, de visión plana, sin fe y sin esperanza, por eso viven a merced de cosas corruptas y pasajeras, de sus pasiones y caprichos, de su descamino que solo lleva al abismo, al reino de las tinieblas. Buscan "signos" que les haga convencerse de su equívoco, y los tienen a patadas, delante de sus ojos, pero no los ven, están ciegos porque les interesa no ver, “no sea que vean y se conviertan y Dios les salve”.

 

Nosotros más o menos conscientemente, seguimos sus pasos cuando nos disculpamos con argumentos como: “es que los tiempos han cambiado”, “es que ahora se hace así”, “hay que ser progresista”, “antes había menos libertad”, “hay que estar a la moda”..., etc. No nos damos cuenta, pero el mundo nos ciega con sus fuegos artificiales que no dejan de ser efímeros y pasajeros. El tiempo pasa, la vida es corta y si no nos asimos fuertemente a los fundamentos de nuestra fe, nos iremos como agua que se precipita en una cascada imparable, acompañando a tantos otros que por desgracia nunca verán a Dios. El fruto del pecado es la muerte; la Vida eterna la da Dios a quien considera justo, a quien se ha movido por el amor a la verdad y no por el egoísmo y el apego al propio juicio. No importa que esta búsqueda de la verdad sea infructuosa, Dios valora la sinceridad de nuestra vida y desprecia la hipocresía.

 

Al final de los tiempos, nuestras acciones nos juzgarán, las buenas para gloria de Dios y las malas para condenación eterna. No será necesario un Dios justiciero: nosotros seremos nuestros jueces, pues llegará el momento en que toda nuestra vida se presentará ante nosotros con meridiana claridad: nuestras obras, nuestras intenciones, nuestros pensamientos, nuestros deseos más ocultos, nuestras cobardías, nuestras luchas con victoria o derrota, nuestro amor de Dios... Nosotros nos juzgaremos con toda objetividad en un juicio justo, y nuestro destino nos llevará al lugar buscado, ansiado y anhelado por nuestra alma en la vida terrenal, que ojala sea el prometido por Jesús a los hombres y mujeres que le aman y confiaron en su promesa.