27- DE UNOS PADRES A SUS HIJOS.

 

 

 

Los padres damos todo por los hijos. Desde antes de nacer, ya estáis en nuestra memoria, formando parte de nuestras ilusiones. Pasa el tiempo, vais creciendo y llega un momento en que voláis libremente, concluyendo entonces nuestra misión, pero nunca del todo: Permanecemos pendientes de vuestro caminar por la vida, alegrándonos con vosotros, sufriendo con vosotros.

 

Respetamos vuestra libertad y vuestra independencia, aunque lleguéis a usarla irresponsablemente contra vuestros propios padres, que os hemos dado la vida, la fe y la educación. Os ayudamos a saber estar cada uno en el lugar que ha elegido y a asumir las consecuencias de esta elección. Tenemos que pediros respeto y reconocimiento. Los tiempos pasados nunca vuelven y nosotros iniciamos una merecida nueva vida, más reposada, con más años y por tanto más mermados en nuestras  facultades; más sensibles a los problemas afectivos.

 

Han pasado los tiempos en que los hijos estaban atados de por vida a sus padres, debido a las escasas oportunidades que daba la vida. Ahora hay más libertad de elección, podéis con más facilidad ejercer vuestros derechos como ciudadanos, cumpliendo también vuestras obligaciones como tales. Hay, por tanto, más madurez en vosotros, o por lo menos debería haberla para poder afrontar la vida con todo su abanico de posibilidades que antes no existían; pero si no sois personas recias, maduras y con las ideas formadas, la misma vida os absorbería y no sabríais como reaccionar para salir a flote.

 

Aquí estamos nosotros para orientaros y ayudaros, pero no para suplir vuestros intentos, pues siempre hemos detestado los "proteccionismos" que tanto daño han hecho en la educación de los jóvenes, creando personas socialmente inútiles, con muchas dificultades para moverse en la vida, dependientes para todo, consumidores irracionales, incapaces de subsistir sin ser parásitos, a veces de personas ancianas con recursos muy limitados.

 

Seamos sensatos, vuestro esfuerzo por salir adelante, aunque sea cosechando al principio derrota tras derrota, tiene su premio, que no es poco: la satisfacción de sentirse creadores de vuestra propia identidad personal, profesional, familiar y social, que mostraréis orgullosos a vuestros hijos.

 

Nuestra felicidad es esa: veros luchadores, que las derrotas no os hagan retroceder, con tesón, con honradez, poniendo las metas altas. A veces gritareis pidiendo auxilio y encontraréis nuestra mano tendida, pero seréis vosotros quienes asidos a estas manos, os levantaréis con esfuerzo. Nuestra ayuda no será nunca una humillación para vosotros, más al contrario, será una guía, un estímulo para encontrar el camino, vuestro camino.

 

Algunos hijos tomáis actitudes que se apartan de cuarto mandamiento de la Ley de Dios: "honrar a vuestros padres", causando heridas muy difíciles de cicatrizar que producen tristeza y pena, sobre todo en personas cansadas por los años. Los que así actuáis, os olvidáis de lo mucho que habéis recibido sin pediros nada a cambio, bueno, hay una excepción, pedimos que no causéis más sufrimiento. Estáis en plena vitalidad, pero no por ello tenéis que despreciar a los que hemos mermado la nuestra con el desgaste de vuestra educación.

 

A estos hijos les decimos: recapacitad, sin prisa, los tiempos de Dios no son nuestros tiempos y todo llegará, pero recordad la parábola del Hijo Pródigo: el Padre siempre perdona y recibe en sus brazos al hijo que vuelve sinceramente arrepentido.

 

Honrad a vuestros padres, no les despreciéis, no les difaméis, no les quitéis el cariño de vuestros hermanos, comportaros con ellos como quisierais que vuestros hijos se portaran con vosotros. A veces el daño causado es imposible de reparar en esta vida, y en la otra Dios os pedirá cuentas de ello. 

 

"Quien honra a sus padres tendrá larga vida" no solo en esta, sino en la venidera. La vida es larga cuando está llena, y esta plenitud no se mide por el tiempo, sino por las obras llenas de virtudes y frutos; entonces se ha vivido mucho, aunque muera joven el cuerpo. Hay que tener siempre un gran corazón, aunque a algunos ese corazón les haya traicionado en momentos. Sabemos que los sentimientos traicionan si no los dominamos con nuestra voluntad de querer poner las cosas en orden, en el orden que Dios establece, aunque a veces no lo comprendamos, pero Dios sabe más, y siguiendo sus pasos, si no nos obstinamos en oponernos, al final llegamos a comprenderlo.

 

Estad unidos. La unidad entre hermanos -amor fraterno- sin influencias externas, del tipo que sean, sin que nadie pretenda imponerse a nadie, en igualdad y apoyo incondicional, es lo más valioso. "Hermano que apoya a hermano, es como ciudad amurallada". Teniendo en cuenta que somos una familia, "unida en el amor, comprensión y respeto entre nosotros y a los demás", pues otra cosa no sería una familia sino un "clan" familiar donde privan solamente intereses egoístas.

 

De todas maneras, es ley de vida y repito lo que os decía al principio: Nosotros hemos cumplido nuestra misión, ahora necesitamos paz. Rezamos a Dios todos los días por vosotros para que cumpláis la vuestra, vuestra misión, con vuestros hijos, teniendo la lección aprendida, educándolos en el respeto, el amor y la comprensión hacia vosotros, sus padres, que daréis todo por ellos, defendiéndolos contra los peligros externos que les puedan destruir, aunque ellos no lo entiendan en ese momento, lo entenderán más adelante. Llegará un momento que no podréis evitarles sufrimientos; no os preocupéis, sufrid con vuestros hijos, el dolor forma parte de nuestras vidas, el dolor es purificador, quien no sufre no llega a la madurez espiritual, necesaria para la madurez como persona. No seáis posesivos con vuestros hijos, no son propiedad vuestra porque, en ese caso, cuando les llegue el momento de decidir su destino no serían libres para hacerlo.

 

Tened en cuenta que la familia se fundamenta en el amor de unos padres que, como fruto de ese amor reciben y quieren a sus hijos, a todos por igual. Nunca antepongáis el amor filial al amor de esposos. La entrega de los esposos es para siempre, están unidos por el sacramento del matrimonio, es una elección libre entre personas con Dios como testigo. Los hijos los envía Dios como fruto de ese amor de esposos, se reciben con entusiasmo, se les quiere, se les educa y prepara para que elijan su destino en la vida, y se van de nuestro lado a formar otra familia, o a vivir una vocación de entrega a los demás, o.... por muchos y diversos caminos.  No os preocupéis porque tengamos que estar separados, distantes unos de otros, Dios nos quiere cumpliendo cada uno su misión en el lugar donde nos destina, y mal padre sería quien ponga obstáculos a ese destino. Estamos unidos por la oración al Dios que rige nuestro devenir, oración de unos padres por sus hijos, de unos hijos por sus padres. Tenemos que confiar, nos va en ello nuestra felicidad.