9- EL DESEO

 

Se ha oído decir "el deseo es el principio organizador de nuestras vidas". El deseo es el modelo de la ideología de la desvinculación. Las manifestaciones más generalizadas de la desvinculación, son el pasotismo y la indiferencia, llegando por este camino a la violencia de la intolerancia, al individualismo egoísta y radical, al "hago de mí lo que quiero, pues solo se vive una vez".

Este pensamiento choca frontalmente con la libertad interior de un cristiano, que se dona a sí mismo por amor a Jesucristo encarnado en nuestro prójimo, en los que viven a nuestro lado.

La vida fácil, la vida muelle, ablanda nuestras virtudes (si es que existían en nosotros), arrastra hacia el deseo sin limitaciones, y ese deseo se convierte en nuestro guía, en nuestra "norma de conducta", que deja de ser "la conciencia". Los apetitos de todo tipo se transforman en deseos, que en definitiva parten de uno solo: el deseo de felicidad, inherente a toda persona humana.

Y aquí está el meollo de la cuestión: Si yo vivo para mí mismo, desvinculado de toda atadura, con la única ley del deseo, de mi deseo, creo estar consiguiendo mi felicidad. Pero algo falla, no es así, esta vida no me sacia, deseo más. Vivir mi existencia desvinculado de los demás no logra mi satisfacción. No me puedo llenar de mi mismo, necesito llenarme de "algo más".

Ese algo más ha sido claramente vivido y expresado por Jesucristo: la donación de uno mismo a los demás, el deseo de la felicidad, no la de uno mismo, sino la de los demás, y por ende, la propia, en definitiva la caridad, el amor a imagen de Dios que nos ha creado por amor, y no a una ni cinco personas, sino a miles de millones en todo un desbordarse de sí mismo por amor a todos los hombres y mujeres. Por contraste, el camino del egoísmo y el no comprometerse (la desvinculación) lleva a la intolerancia y la violencia, y esto es el fruto egoísta de la búsqueda de uno mismo. Sin embargo, el camino de la donación a los demás, del compromiso, del salirnos de nuestro "yo", lleva al amor, al camino del Amor a Dios en nuestro prójimo, al Amor que nunca se marchita, al Amor eterno.

Los católicos estamos soportando una ola de "laicismo" agresivo que invade Europa. Estamos viviendo una época de paganismo similar a la que vivieron los primeros cristianos, que chocaban con el ambiente, y eso era incomodo para los políticos y la clase dirigente. Su ejemplo era un insulto al materialismo dominante e interesado en la alienación de la plebe. 

Si hoy en día un ministro se declara gay, con su forma de pensar, de todos conocida, no ocurre nada. Está usando libremente de su libertad. Pero si se declara católico y defiende las posturas de la Iglesia Católica, se produce un terremoto político. Se le acusa de retrogrado, integrista, sectario, antifeminista radical y se le defenestra de la política.

La religión católica estorba a muchos políticos que viven al margen de la moral, se declaran progresistas y agnósticos, e imponen a la sociedad esa forma de vida atea. Niegan a Dios el culto que se le debe como Creador y Redentor, lo reducen a una cuestión personal que no debe trascender a la sociedad. Niegan el pecado en cuanto ofensa al Creador y trasgresión a las leyes divinas, transformándolo en aquello que ofende a los hombres, pues el hombre pasa a ser el centro y la naturaleza el dios al que se rinde culto. La moral es una cadena que se imponía el hombre en épocas ya superadas.

Son tiempos de lucha. Los católicos no debemos esconder nuestra condición, más al contrario, si nos quieren reducir al ostracismo, nosotros salimos a la palestra, no ocultamos nuestra fe.

Quieren quitarme a mi Dios para imponerme otro: el dinero. Evitar que manifieste públicamente mi fe, rindiendo el culto debido a Dios; quieren evitar que eduque a mis hijos en mi fe enseñándoles el agnosticismo en las escuelas públicas, con lo que borran esta fe en aras de la modernidad y el progreso. Y lo que es más grave: corrompen las conciencias de incipientes vocaciones a una mayor entrega a Dios mediante el manejo de los medios de comunicación y la difusión de sensualidad, materialismo y corrupción como forma "inteligente" de vida moderna, de la gente que "triunfa". Son los "ídolos" de hoy.

Tenemos que estar activos, exigir que se nos respete, a nosotros y a los nuestros, como nosotros respetamos sus ideas. Que respeten nuestra fe, nuestras costumbres de siempre, transmitidas de padres a hijos, que forman parte de nuestra cultura, aunque no les guste.