8- EL DON DEL PADRE: LA LIBERTAD

 

Dios nos creó libres, su poder infinito respeta nuestra voluntad. No nos ha creado como a los ángeles que no tienen libertad de elección. Dios es "impotente" ante nuestra decisión libérrima de decir: hago esto porque quiero, esto no, aquello también..., quisiera llegar a amarte, ó, no quiero saber nada de ti... Pero, como un Padre con un hijo pequeño, nos va enseñando el camino del bien; después, espera nuestra libre respuesta y sigue, nunca cesa, por descaminados que nos empeñemos en ir, con paciencia, con ternura...

Cada uno está haciendo su cielo o su infierno en un continuo elegir y aceptar libremente, pues la libertad no es solamente elegir, sino aceptar lo que no hemos elegido (aceptar como somos implica confiar en Dios que nos ha creado así, implica fe en Dios y amor, pues confiar en alguien ya es amarle).

La libertad es el don más preciado de la persona humana: poder intervenir en nuestro destino, para bien o para mal, aunque Dios en su infinita sabiduría nos haya creado predestinados a su gloria; pero no desea siervos forzados, prefiere hijos libres. Espera nuestra aceptación hasta el punto de haber supeditado nuestra redención al "fíat" de la Virgen. Dios no quiere salvarnos sin nosotros, cuenta con nuestra cooperación.

"Dios, que te creó sin ti, no te salvará sin ti" (S. Agustín).

"Al oír esa voz de Dios, amabilísima, que me estimula a la santidad, quiero responder libremente que sí, ¡fíat! -¡hágase en mí según tu palabra!-, el fruto de la mejor libertad: la de decidirse por Dios.

Por eso mi Padre me ama, porque doy mi vida para tomarla otra vez. Nadie me la arranca, sino que yo la doy de mi propia voluntad, y yo soy dueño de darla y dueño de recobrarla.

¿por qué me has dejado, Señor, este privilegio, con el que soy capaz de seguir tus pasos, pero también de ofenderte?, ¿qué esperas de mí, Señor, para que yo voluntariamente lo cumpla?" (S. Josemaría)

Es libre el que no tiene nada que perder, porque ya se ha desprendido de "todo", y tiene "todo" por ganar. La pobreza espiritual, la absoluta dependencia de Dios y de Su misericordia, es la condición para la libertad interior. Tenemos que esperarlo "todo" del don del Padre, un instante tras otro.

El gran secreto de toda fecundidad y crecimiento espiritual es aprender a dejar hacer a Dios: es decir "si" a aquellos aspectos de nuestra vida que a veces rechazamos interiormente, admitir nuestros defectos y los de los demás: el Espíritu Santo nunca obra sin la colaboración de nuestra libertad, y si no me acepto como soy y a los demás como son, impido que el Espíritu Santo actúe en mí haciéndome mejor: la verdad os hará libres.