6- ¿NO SE VASTA EL MUNDO POR SÍ SOLO? ¿NECESITA DE DIOS?

 

Somos mayores de edad para hacernos dueños de nuestro destino. El ser humano se ha hecho maduro, hasta estos momentos ha ido de la mano de Dios, como un niño pequeño, pero ha llegado la hora de caminar por si mismo.  

Este hecho se ha dado varias veces en la historia y ¿por qué el hombre recurre a Dios después de una experiencia vital sin Dios?. Las experiencias amargas se han sucedido a lo largo de la historia y éstas se trasladan al ámbito personal de forma igualmente dramática. La vuelta del "hijo pródigo" está presente en nuestras vidas.

Necesitamos del espíritu. Solo lo material no satisface, ya que es efímero y superficial, no llega a lo profundo del ser y no permanece. El gozo y placer que se siente con una buena comida en un buen restaurante, por mucho que se esté disfrutando no es comparable a trincarse un bocadillo de chorizo en la cima de un monte después de una buena ascensión. No todo depende de la calidad de la comida, tiene que ir acompañado de algo más. La predisposición psicológica, el estado anímico, la ilusión del momento, el empeño y esfuerzo, la satisfacción espiritual,... relativizan totalmente los actos humanos. No todo es cuantificable ni objetivo, hay una tremenda dosis psicológica y de motivación espiritual en nuestro actuar. El espíritu es más sensible que la carne. Todo es relativo, lo absoluto solo existe en Dios.

Voy a relatar un diálogo de enamorado: Hoy te quiero regalar una "flor" y me viene a la cabeza siempre el mismo pensamiento. ¿Que podría hacer que colmara tu corazón por completo? ¿algo espiritual? ¿que nunca se marchite?. Una "flor" no deja de ser marchita. He pensado: "me tienes a mi, y aunque mi cuerpo vaya perdiendo la lozanía de la juventud, mi alma nunca se marchita. Y mi amor a ti siempre estará en lo más profundo de mi alma".

Anhelo de eternidad, de que las cosas buenas no se marchiten, que perduren siempre. Es un sentimiento intrínseco en el ser humano, grabado en nuestra alma de forma imborrable, a pesar de los aconteceres de la vida.

Cuando los hombres y mujeres se erigen en señores del mundo, prescindiendo de Dios, el devenir de la historia pasada y el momento actual, nos hacen ver la sociedad que somos capaces de crear. Una sociedad "sin alma", pues no nos darnos cuenta que nuestra alma perfectísima, está dentro de un cuerpo corruptible e imperfecto, con tendencias e inclinaciones que nos arrastran al mal si nuestra voluntad no logra dominarlas.

El alma es una parte del hombre y sin el cuerpo poco es; el alma ansía el cuerpo, pues han sido creados el uno para el otro y la muerte del cuerpo no estaba prevista en un principio, es consecuencia del pecado de Adán.

El hombre-animal, sometido a todas las pasiones, desprecia al alma y prescinde de ella viviendo una vida puramente material donde sus afanes son: tener, poder, placer...; es decir, consumismo, poder sobre los demás, ser más que los demás, darse una vida placentera, eliminar el sufrimiento, admirarse a si mismo; en definitiva, todos los pecados capitales. Nuestra conciencia casi nunca nos permite llegar a este extremo, por muy deformada que esté. No se puede cerrar el alma en una caja hermética, por eso el dominio de las pasiones sobre nuestro cuerpo es parcial y la perversión total es muy difícil.

Cuando una persona no pone al mismo nivel el cuidado de su cuerpo y el de su alma (materia y espíritu) y descuida su formación espiritual, se va mundanizando y haciéndose cada vez más insensible a las cosas del espíritu hasta el punto de convertirse en un animal inteligente que trata de vivir en el máximo bienestar corporal y psicológico, pisoteando y considerando ridículas las cosas espirituales.

Es muy difícil salir de esta situación si Dios no interviene en su alma, directamente o a través de otra persona  o circunstancia providencial. Si hay reacción, puede haber esperanza de cambio hacia el bien del alma.

"No temáis a los que matan el cuerpo, y no pueden matar el alma, temed mas bien al que puede arrojar alma y cuerpo al infierno" nos dice Jesús.

A modo de imagen:

Supongamos que en nuestro ser hay un recipiente que contiene dos líquidos: agua y aceite, no se mezclan, el agua siempre está en el fondo y el aceite en superficie.

Supongamos que el agua simboliza la "cantidad de vida mundana" que hay en nosotros y el aceite la "cantidad de vida espiritual".

A más cantidad de un liquido, menos cantidad del otro, más espirituales menos mundanos, y viceversa. Si añadimos agua, el aceite rebosa y se pierde, es decir, cuantos más apegos terrenales menos vida interior.

Es muy fácil alejarse de Dios, no hay mas que añadir agua. Sin embargo es muy difícil cortar los finos hilos de nuestros apegos mundanos para acercarse más a Dios, pues el agua por mucho aceite que echemos, no se derrama, hay que sacarla antes.

La persona espiritual lucha permanentemente para ir cortando esos hilos sutiles que le atan a la tierra, mientras que del hombre y mujer mundano van desapareciendo los hilos que le unen con Dios.

Por mucho que se vierta aceite no disminuye la cantidad de agua, y eso le pasa a los hipócritas que son fieles cumplidores ( se muestran amables, colaboradores, reciben formación espiritual, se afanan en actividades de ayuda a los demás, etc. ) pero que no renuncian ni hacen nada por despegar sus ataduras mundanas. Vierten abundante aceite, pero este se pierde todo si no se disminuye el agua.

Esta es la victoria en la lucha diaria de unas personas y el fracaso en la vida de otras. Solo Dios sabe.

Podemos sacar en conclusión lo difícil que le es al ser humano salir adelante cuando prescinde de Dios, porque solo le quedan las cosas de este mundo, y esas son bastante imperfectas. Todos necesitamos de Dios, de la tercera dimensión que da profundidad a la realidad, de otra manera tendríamos una visión "plana" de las cosas, estaríamos permanentemente "pegados" al suelo, es como si toda nuestra vida transcurriera en un túnel, sin poder ver el exterior.

Aunque para muchos, esto que he expuesto no es un razonamiento "concluyente", para mí, es muy posible, y ante la duda me inclino por su veracidad: Me juego mucho, mi  presente y mi futuro.