26- DIOS ALFARERO... ¿YO?, EL BARRO

 

Soy de barro, basto, quebradizo, sin hermosura... pero, mi Padre Dios quiere hacer conmigo "una obra de arte".

Yo me pregunto ¿no podía haber escogido un material mas noble?, oro, plata, piedras preciosas, maderas nobles... No, ha escogido el barro, "mi barro", lo mas vulgar; y "a mi", al mas cobarde, inútil y miedoso. Porque yo soy barro, de ese que se encuentra tirado en los barrizales, no soy para nada una "obra de arte", ni lo quiero ser, me da miedo y como he dicho "soy un cobarde"

Dios cuenta conmigo para esa labor (me ha pedido permiso, y yo, a regañadientes se lo he dado), con toda mi vida, con mis defectos, con mis virtudes (pequeñas y escasas), con mis caídas, con mis éxitos (no recuerdo ninguno). Me ha escogido de entre todo el barrizal "a mi". Me ha separado del resto de barro -con lo a gusto que yo estaba allí- y ahí empieza mi purificación, para hacer de mí un barro más fino y moldeable. ¡Que sufrimiento!; amasada tras amasada eliminando impurezas adheridas, apegos, malas costumbres, mi soberbia... Intenta mejorar mi fe, mi amor, mi entrega... Pero soy barro de mala calidad y ¡cuesta mejorar!.

Mi Dios con paciencia y con escasa colaboración por mi parte, a veces a contrapelo, consigue una pequeña mejoría. Pasa un tiempo y ¡no me conozco!. Efectivamente, algo he mejorado, me siento otra persona: más virtuosa, menos mundana, más entregada a los demás, menos egoísta... Estoy contento ¡gracias Señor!, todo ha terminado, que alivio.

No soy consciente de lo equivocado que estoy. Dios vuelve otra vez a amasar ¡mi barro!, ¡con más energía!, me dice que apenas acabamos de empezar, que falta mucho para el final; ¡y yo no puedo más!. Me amasa, me amasa y ¡que dolor!...

Pero algo me ocurre, parece que las manos de mi Dios alfarero son cada vez mas suaves, sus amasadas van pareciendo caricias, tengo la sensación de que soy yo quien se está suavizando, esa inicial resistencia, que ponía las cosas más difíciles y dolorosas, se está tornando en aceptación. Todo se vuelve más amable, como si mi Dios se hubiera metido dentro de mí, como si formara parte de mí, como si yo formara parte de Él, más intimidad, más amor.

Mi Dios quiere hacerme como El, y por eso necesita que mi barro sea puro, suave, moldeable, para hacerme a su imagen. ¡Que delicia!, amasa y amasa y aunque sea una masa informe, me he vuelto suave, homogénea, preparada para hacer de mi esa "obra de arte". Lo noto en la cara de satisfacción de mi Señor al contemplarme. No me arrepiento de haberle dicho que "si" cuando me llamó al principio de esta historia. Pero yo no debo fallar, tengo que poner todo de mi parte a fin de que el Artista pueda completar su obra: Intentaré serle fiel, obediente, no poner pegas ni dudar de su arte, ser constante y cumplir con reciedumbre mi cometido, no anhelar cosas que Él me ha quitado para purificarme y a las que yo he renunciado con gusto y confianza.

Siempre estaría dispuesto a que Dios considere "terminada la obra", y en ese caso, Dios podría admirar la pureza de esa "masa informe de barro" que soy yo. Pero deseo que continúe, aunque me cueste, aunque desfallezca, estoy dispuesto a llegar al final que Dios tiene previsto para mí y responderle como Él quiere, para, con mi sacrificio, cumplir el fin de la creación: la correspondencia al amor de Dios.

Efectivamente, Dios me pide más, y más, y yo me dejo moldear. Me da vueltas en el torno de alfarero (que mareo), me aplasta con sus manos (yo resisto), me humedece, me corta, voy cogiendo forma (yo aguanto, para que mi debilidad no me derrumbe), me mantengo erguido como El me coloca ¡uf!, la postura es difícil, requiere mucha fortaleza y no descuidarse lo más mínimo. Pero aquí estoy yo, que con mi Dios todo lo puedo. Él y yo, seguro que logramos esa maravillosa "obra de sus manos" con este barro tozudo: yo intento colocarme de una manera, pero El va y me coloca de otra ¡Él sabe mas!.

Mi "ego" me dice ¿por qué vas a ser una vasija si puedes ser un jarrón?. Mis bajos instintos me dicen ¡con lo bien que estábamos en el barrizal! ¿para que te complicas la vida?, vuelve, vuelve al barrizal, te echamos de menos tus antiguos "colegas", ¡aquellos días!. Yo me resisto a estas y otras insinuaciones. He emprendido un camino y tengo que llegar al final. Bastante duro es como para andar con titubeos. Cabeza erguida y adelante, pero le suplico a mi Dios: ¡no me dejes ahora! ¡ayúdame en mis dudas!. Él me mira y sonríe. ¡Todo va bien!, pienso yo.

Estoy tomando forma de vasija, ¡me gusta!, falta poco, rematar los bordes, un esfuerzo más y se acabó,  descansaré el resto de mis días. Efectivamente, mi Dios fue rematando con mucho arte la vasija y una vez finalizada se quedó contemplando complacido "su obra".

Pero yo otra vez me había equivocado, Dios miraba complacido su obra imaginándola mucho más bella de lo que era. Había que proseguir la labor. Yo comencé a sudar y me daban temblores, no me encontraba bien, ¡mi aspecto no era tan magnífico como para seguir embelleciéndome!, al fin y al cabo ¡era solo barro!. Pero nada convincente mi postura, conseguí de mi Dios un ¡ánimo, si tú quieres vas a ser la vasija mas bonita de la creación! ¿me das permiso para seguir?. Yo, tembloroso, le contesté con un movimiento afirmativo.

A veces pienso que en mi vida ya he pasado por bastantes pruebas que Dios compensará de alguna manera. Pero nunca es suficiente. Dios siempre quiere más. Reconozco que es por mi bien, pero siempre detrás de un problema viene otro mayor. Todo se enreda, no hay descanso. Eso lo hace más con las personas que responden, con las comprometidas, con las que se enfrentan a los problemas con aplomo y seriedad, con las que aceptan la voluntad de Dios tal como viene. "Dios prueba a las personas santas para aumentar su santidad", al igual que se templa al hierro para aumentar su resistencia. En definitiva, les pide más pruebas de su amor y entrega, colmándoles de su gracia.

La vasija estaba en bruto, faltaban los adornos antes de la cocción. Dios alfarero, con un punzón comenzó a practicar unas incisiones de dibujos simétricos por todo el contorno. Yo sentía un dolor agudo, como cuando a uno le arrancan cosas que sobran, íntimas, personales, necesarias a veces, pero de las que se puede prescindir para presentarnos ante Dios con el traje nupcial de la pureza: ese desapego de nosotros mismos que permite llenarnos de buenas obras practicadas con nuestros hermanos; ¡nuestros auténticos adornos!.

He resistido. Yo sé que Dios lo hace con todo el cariño hacia mí, pero hay que reconocer que ¡duele!. Y al final ¡que bonito!: cada obra de caridad, de amor, de sacrificio, de oración humilde, por los hijos, por la esposa o esposo, por los enfermos, por los pobres de Dios... deja una línea que no se borra, marcada artísticamente por la piel de la vasija. ¡Por fin!, esto tiene un aspecto inmejorable. Pero queda la última prueba, la prueba de "la fidelidad", para que todo lo logrado hasta ahora perdure para siempre; es el premio a la constancia, que mi Padre Dios me tiene reservado, y lo hace con las vasijas que llegamos hasta aquí: la cocción en el horno de alfarero. Es la prueba más dura, que hace Dios con las almas, en esta vida o en el "purgatorio"; es la fase de la esperanza, de la entrega definitiva, de la purificación, de hacerse "uno" con Dios y para siempre.

¿Todo ha acabado?. No, el Artista, complacido por el esfuerzo que pongo en seguir sus pasos, me hace una deliciosa caricia para completarme: con pinturas de infinitos colores me decora y compone en mí una obra de arte magnífica, la mas esplendorosa de toda la naturaleza; pinta flores, figuras, paisajes... todo con una maestría que solo Dios puede hacerme. ¿El resultado final?, inimaginable: una vasija feliz, como una estrella más en el firmamento celeste, junto a Santa María y toda la corte celestial. Mi perseverancia tiene su premio final: el Amor de Dios, ¡para siempre!, ¡para siempre!.