24- ¿A QUIEN VAMOS A ACUDIR?

 

Cuando los sucesos se precipitan, sin sentido, sin pies ni cabeza… Cuando todo sale al revés y no comprendemos nada... Cuando los acontecimientos toman unos caminos absurdos desde una visión humana, desde un punto de vista comprensible para nosotros... Cuando el mal parece que todo lo invade y las esperanzas desaparecen... Repetimos como Pedro: ¿A quien vamos a acudir, Señor?. Solo tú tienes palabras de vida eterna. ¿Que va a ser de nosotros sin Jesús?. También le hemos dicho que sí, como Pedro.

Señor, sin ti nada tiene sentido. Te hemos dicho que sí, renunciando a muchos otros caminos. Tú eres nuestro amigo, nuestra alegría, nuestro guía, el norte de nuestra libertad. ¿Qué vale la pena sin ti?. No quiero vivir en servidumbre al pecado, quiero vivir en libertad, por encima de lo mundano, romper definitivamente todas las cadenas que me atan a cosas sin importancia, a preocupaciones ridículas, a ambiciones mezquinas. Señor ¿a quien iremos?. Tu tienes palabras de vida eterna. Mi libertad, toda  para Ti.

Y cuando llega el momento que no veo el camino, no me salen las cosas, titubeo en mí caminar hacia la santidad, tengo caídas, días negros, flojeras, estrés, etc...

¡Jesús, Hijo de David, ten compasión de mí!.

Yo clamo como Bartimeo, el ciego de nacimiento, y el mundo de hoy me grita "cállate", no compensa complicarte la vida, sigue en tu ceguera... Hay que ser santo, gritar más fuerte, ¡hijo de David!... Jesús me hace esperar, como a la cananea, quiere que persevere, luego me llama y, después de mucho pedir, aunque los prudentes de este mundo me digan que me calle, oigo Su voz:

¿Qué quieres que te haga?

Está claro lo que quiero, Dios todo lo sabe, y mis necesidades (mi ceguera) son patentes, pero quiere que se lo pida, con fe inquebrantable. ¡Señor, que vea!, que vea otra vez, !Que otra cosa le voy a pedir¡ ¿riquezas, placeres, bienes terrenales...?

Anda, tu fe te ha salvado. Y al instante recobró la vista.

Desde entonces, Bartimeo le seguía por el camino alabando a Dios.

Si, ya veo. El Señor me ha hecho ver mi poquedad y Su inmensidad. El que no cabe en el mundo se ha metido en mi corazón, y yo no quisiera dejarle nunca más, luchando decididamente contra mis miserias.