22- HIJOS DE DIOS

 

“Padre nuestro que estás en el cielo….” Jesús, el Hijo de Dios, nos dice que llamemos Padre a su Padre Dios, nos hace hermanos suyos, hermanos de la Luz, hijos de la Luz, nos hace hermanos de todas las personas con quienes nos relacionamos, pues todos somos hijos de un mismo Padre… Dios, llegada la plenitud de los tiempos, envió al mundo a su Hijo Unigénito para que restableciera la paz, para que liberara al hombre del pecado y para que nos constituyera “Hijos de Dios”.

Yo, criatura insignificante y pecadora, ¿puedo llamar a Dios “Padre”?, ¿puedo dirigirme a Él como un hijo se dirige a su padre?... Jesús me dice que sí, que le imitemos en el amor al Padre, que tratemos a Dios Padre con la confianza de un hijo que procura serle fiel, que siempre nos perdona, y para que comprendamos la inmensidad de Su corazón nos relató la “parábola del Hijo Pródigo”, donde el Padre siempre espera al hijo que vuelve arrepentido, con los brazos abiertos, para colmarle de besos, para ponerle el anillo de la dignidad de un Hijo de Dios.

Esta realidad da a mi vida un giro radical: nada me puede atemorizar, ni yo mismo me atemorizo de mí por muy canalla que haya sido. Me serena saber que si hago la Voluntad de Dios, nada me va a pasar que Él no quiera, y todo lo que Dios quiere es lo mejor para mí. Siendo hijo de Dios, estaré sereno ante los acontecimientos de esta vida por duros que me parezcan, pues me abandono en sus brazos alegre y sosegadamente como un hijo que confía plenamente en la bondad de un Padre infinitamente bueno, sabio y a quien están sometidos todos los poderes de la creación…. Es increíble: Todos somos hijos de Dios y la vida de Dios corre por nuestras venas, está metida en nuestra alma en gracia.

Acepto confiadamente como buen hijo lo que Dios quiera, permita o desee de mí.

Mi oración es de veras la conversación de un hijo con su padre, que sabe que le entiende bien, que le escucha, que está atento a su hijo como nadie jamás lo ha estado nunca. Un hablar con Dios confiado, que me mueve con frecuencia a la oración de petición porque soy un hijos necesitado, una conversación con Dios que tiene por tema mi vida: "todo lo que palpita en mi cabeza y en mi corazón: alegrías, tristezas, esperanzas, sinsabores, éxitos, fracasos, y hasta los detalles más pequeños de la jornada…; porque he comprobado que todo lo mío, lo tuyo, lo de los demás, interesa a nuestro Padre del Cielo".

¡Hijo de Dios!. ¡Qué orgullo para un hijo!. Orgullo de Padre cuando mi comportamiento es digno de tal Padre (creo que he dicho una barbaridad. Nunca mi comportamiento puede ser digno de tal Padre, a no ser que Jesús y Santa María me aupen). ¡Filiación divina!: Un regalo de Dios Padre a las pobres criaturillas, una predilección por ellas, una complacencia en ellas, un amor infinito, una misericordia infinita, una fidelidad infinita. Nuestra seguridad, nuestro asidero, nuestra esperanza, nuestro amor verdadero de hijos indignos de tal Padre.

Tú eres mi hijo, yo te he engendrado hoy. Pídeme y te daré las naciones en herencia y extenderé tus dominios hasta los confines de la tierra. Estas palabras del Salmo II, que se refieren principalmente a Cristo, se dirigen también a cada uno de nosotros.

El aprecio y el respeto a los hombres y mujeres, nuestros hermanos y hermanas, generará en nosotros el mismo deseo que existe en el Corazón de Cristo; un deseo de cariño, de entrega incondicional, de amor, de felicidad y alegría inmensa, sin límites, que dure para siempre y no termine. Un deseo de trabajar firmemente para transformar este mundo en un mundo mejor, más justo, donde reine la verdadera fraternidad entre hermanos hijos de un mismo Dios y por tanto, herederos de la Gloria del Padre en el cielo, para siempre.