21- EL TENTADOR

 

 

¿El demonio? ¿Ya existe ese personaje?, si es quien dicen, es muy divertido, nos alegra esta corta vida...

 

¿Que si existe?, ¡ya lo creo!, yo lo sufro en mi propia carne y no es tan divertido: Hiere una y otra vez, donde más duele, donde sabe que hace daño, en el sitio adecuado a sus malvados planes y en el momento oportuno. Sabe muy bien nuestras debilidades, no desaprovecha una flojera inesperada ni un traspié a destiempo para tentar, y si nuestra fortaleza nos mantiene erguidos y firmes, utiliza el engaño y la zancadilla, la inquietud y la ineficacia, sobretodo en aquellas personas que con empeño intentamos seguir los caminos de Dios. Su baza más eficaz es nuestra imaginación; nos susurra tentadoramente placeres, ambiciones, adulaciones, oportunidades a aprovechar, derechos a ejercer en la comodidad, en el capricho: ¿por qué no te lo vas a dar?, !ya te sacrificas bastante!, una canita al aire ¡¡¡ tienes derecho !!!; y de forma muy sutil, nuestro "ego", la soberbia: "demuestra que eres mejor, más inteligente, más hábil"; cuando uno empieza a aflojar, te tranquiliza, ¡no pasa nada! ¿esta minucia te incomoda?. Así nos va desarmando y estamos perdidos si dialogamos con la tentación, siempre encuentra razonamientos persuasivos y nuestra imaginación se los cree.

 

“No nos dejes caer en la tentación y líbranos del mal”. Notamos nuestra debilidad y de lo que seriamos capaces sin la ayuda del Señor. En estos casos, cuando notamos los primeros escarceos, hay que acudir a Santa María y "aferrarnos" a Jesús: hacernos fuertes y huir rápidamente. Al tentador no hay que darle bazas, estaríamos perdidos, pues no pierde el tiempo, no se precipita, espera la oportunidad y nunca la desperdicia.

 

Su objetivo prioritario -por delante de las caídas eventuales, que no dejan de ser pequeñas batallas que se ganan o se pierden- es extender el descreimiento en Dios, sustituyéndolo por otros dioses mundanos (el placer, el dinero, el poder...), utilizando para ello las pasiones de la carne, que activa a su antojo, con los frutos de la siembra que hace y ha hecho a lo largo de los siglos: corrupción, materialismo, odios, perversiones, y maldades de todo tipo. Qué fácil es caer en sus seducciones y qué difícil volver si no rectificamos con prontitud. El camino del infierno es ya un infierno. Las pasiones no nos concederán descanso.

 

Cuentan de una persona que cansada de luchar en esta vida contra las asechanzas del maligno, y queriendo asegurarse la felicidad en la otra vida y la tranquilidad en esta, decidió negociar con el demonio ambas cosas.

 

Comprendo, señor Satanás su empeño en mi condenación y su hostigamiento diario en cosas menudas y menos menudas a fin de lograr tal objetivo. Quisiera resolver este asunto de una manera razonable, habida cuenta de que a usted le vendría bien más sosiego y a mi menos puñeterías. Le propongo una solución democrática: muéstreme una imagen del infierno y otra del cielo. Yo por mi parte tomo el tiempo de esta vida para reflexionar donde ir y usted respeta mi elección.

 

Dicho y hecho, Satán, hábil político, confeccionó con cuidado ambas imágenes y se las mostró: Infierno: campos de golf, relax, playas, diablillos encantadores, fiestas, buena comida y bebida... Cielo: angelitos muy angelicales, cantando y volando de nube en nube.

 

Esta persona pasó una vida tranquila, sin que el demonio la incordiara para nada. Al finalizar el tiempo de reflexión, se fue a la otra vida: ¿Que has decidido? le pregunta Satán. Me ha parecido más atractivo el infierno. Contesta.

 

Los demonios llenos de júbilo se lo llevan, y una vez dentro el panorama cambia radicalmente: trabajos forzados, látigo... los demonios amables se habían convertido en monstruos despiadados...  

 

¡¡¡Esto no era así, me has engañado!!!. protesta airado, a lo que es respondido por Satanás: Habíamos acordado una solución democrática, yo he hecho mi campaña, tú has tenido tu día de reflexión y ahora YA HAS VOTADO.

 

 

Parece que el mundo actual no quiere ver este problema: la existencia del demonio, del mal, de los “astutos ataques del diablo” que habla San Pablo en la Carta a los Efesios. Se quiere eliminar de la conciencia la existencia de este personaje a fin de justificar la actitud del “todo vale” del permisivismo y de “a vivir que son dos días”. Es una de sus victorias: pasar desapercibido.

 

Pero el poder del maligno sobre las  personas no es ilimitado. Acecha como fiera a su presa, más la muerte que procura no es letal, Jesús nos ha redimido y rescatado: podemos retomar nuestro camino después de una caída mediante la contrición, que además de perdonarnos la culpa, nos da fuerzas y gracias abundantes para seguir adelante. "El milagro del perdón de Dios supera al de la propia creación" (San Agustín).

 

Podemos estar tranquilos: el maligno ha sido "definitivamente vencido". No tiene poder sobre nosotros si no le dejamos, y "Dios extiende su manto de amor en nuestra ayuda contra las tentaciones". Tenemos que mantener una constante lucha, cortando esos pequeños hilos que nos atan muy sutilmente: pequeñas complacencias, concesiones a la pereza, al capricho, a la sensualidad... esas miradas de reojo, ese coqueteo, ese sentimiento de vanidad, de autocomplacencia... Son cosas muy sutiles pero que forman una tela de araña en la que nos enredamos sin darnos cuenta y aunque rompamos hilos, la araña (el demonio) teje más hilos muy finos pero pegajosos, y nunca nos libramos de ellos.

 

Dios nos pide pureza de corazón, cortar todo apego, por pequeño que sea, sin pensar que un hilito no es nada. Es una lucha diaria en las pequeñas cosas que merman nuestra voluntad de amar a Dios. Pureza de corazón, pureza de intenciones, sinceridad con nosotros mismos, realistas con los poderes y tácticas del enemigo y fortaleza en la lucha, sin bajar la guardia. Nada nos separa de Dios si la voluntad no lo permite.

 

“Bienaventurado el varón que soporta la tentación, porque, probado, recibirá la corona de la vida, que Dios prometió a los que le aman”Sant 1, 12-